Hay una serie documental que, más allá de la actualidad, analiza como pocas el alma del imperio que nos ha tocado vivir. Vemos Estados Unidos a través de los ojos de una familia “blanca”, cristiana, presbi-luterana, de Springfield de 30.720 habitantes. No se tiene constancia de que ningún inmigrante haitiano se haya comido una mascota condimentada con kétchup y mostaza. Sus vecinos son el perfecto ejemplo de los americanos medios de la alta clase baja-media, de la América abisal. Son tan yanquis como el béisbol, John Wayne o la manteca de cacahuete.

Homer Simpson, un obrero grasiento, vago y nada instruido, es el padre de una familia que ha visto por la tele cómo su gobierno ha ido a la guerra cada poco tiempo. Ha depuesto gobiernos para sustituirlos por otros afines, siempre al servicio del poderoso caballero don Dinero y los “prohombres” que lo controlan. Montgomery Burns, casi el dueño de Springfield, es un depredador sin escrúpulos; si por él fuera, la esclavitud sería legal. Burns es una parodia superada ampliamente por la realidad, sólo tenemos que echar un vistazo a la biografía de Jean Paul Getty.

Estados Unidos aparece radiografiado como un país irresponsable, egoísta, obeso y consumista. El país de los sueños quebrados adora el dinero por encima de cualquier dios, y hay muchos, tantos como iglesias y predicadores del apocalipsis. Este es el país del salvaje capitalismo, del sálvese quien pueda, del “enséñame la pasta”. Un tipo apunta con una escopeta gritando “alto, propiedad privada”. Es el país de la ropa grande, de la comida grande, de los coches grandes, de las casas grandes. El país de intocables de ojos claros, que van por el mundo creyéndose inimputables y repiten: “¡soy ciudadano americano!”.

También es el país de la ciencia y la innovación, la vanguardia mundial, la potencia cultural a la que seguimos de oriente a occidente. Para conseguirlo se necesita mucha vida inteligente, y la hay, ciudadanos sensibles, solidarios y comprometidos con la humanidad, como Liza Simpson la niña que se hace preguntas. Pero comparte pueblo con Cletus Spuckler, el paleto pobre que habita en el imaginario colectivo fruto de la Gran Depresión, creada por los inventores del Monopoly. Son los pobres del país más opulento, convencidos de que a mayor número de ricos, menor número de pobres.

Donald Trump, experto tahúr, fabricante de barajas marcadas, ha timado a estos incautos, les ofrece cambiarles el pan de maíz por pavo con salsa de arándanos y muchos, muchos guisantes. Hay Cletus de todas las etnias y culturas, los hay negros, hispanos, asiáticos… Son los de dame pan y dime tonto. Aferrados a su chusco enmohecido, atacan a los que aún no lo tienen ¡Fuera inmigrantes! Se puede comprar barato a la mitad de los pobres para que acaben con la otra mitad. No sé qué abunda más en América, Lizas, Homers o Cletus, aunque teniendo en cuenta los resultados electorales, me hago una idea. Faltan poetas en América.

Los europeos somos vasallos en este juego de poltronas imperiales entre chinos y americanos del norte. Las colonias no deciden, pero sufren las consecuencias del mal gobierno más que la metrópolis. Los magnates han descubierto que la prensa libre no es rentable, las redes sociales con patente para mentir y salir impune si además en ellas se puede mover el culo. Prometiendo el oro y el árabe se conquista el corazón, que es el único órgano que les queda en funcionamiento a los granjeros arruinados y a los obreros industriales desahuciados. Gente desesperada que sueña con golpear con las puntas de los zapatos rojos y aparecer en el “Mago de Oz”. Aunque tras el sueño se despierten en un charco de facturas sin pagar. Para timar al pueblo llano basta con un buen vendedor con un rifle en una mano y la Biblia en la otra. El ególatra Donald Trump lo sabe, por eso dice que lo envía Dios, que es el Mesías.

La mayoría de seres humanos no crea nada, copia sin criterio, así llegamos al mimetismo acrítico. Como champiñones surgen por todo el planeta “trumposos”. Hombres enérgicos, que no se arrugan ante los derechos humanos, las mujeres, los migrantes, ante la pobreza que han creado ellos mismos en barras libres llenas de estrellas. Hombres hechos y derechos, dinamiteros muy peligrosos, fabricantes de aire irrespirable. Negacionistas de todo lo que necesite inteligencia para funcionar, visionarios con una misión divina que cumplir.

Estos tipos están triunfando con un discurso actualizado, pero en el fondo es el mismo de hace cien años. Montgomery Burns se frota las manos, la democracia se está haciendo añicos con el aplauso del pueblo, que encumbra a vendedores de quimeras, grandezas pasadas inexistentes y a espantadores de fantasmas invisibles.

Cuando el águila se quede calva del todo, tras el timo de la estampita, los que les votaron querrán botarlos, pero será tarde. Estarán escondidos en algún paraíso fiscal los Trump, Putin, Orbán, Abascal, Ayuso… Los fascistas del siglo XXI se multiplican (sí, he dicho fascistas).