La semana pasada estuve viendo la seria Adolescencia. La serie, dirigida por Philip Barantini, comienza con un caso tremendo que te llena de malestar: Jamie Miller, un niño de 13 años, es acusado de asesinar a una compañera de su clase. Pero esta no es una historia de misterio ni de detectives, ni de búsqueda de la verdad. Desde el principio sabemos quién es el asesino, aunque queramos negarlo. No puede ser que ese chico, casi un niño, sea un asesino. Lo que la serie realmente se pregunta es cómo Jamie ha llegado hasta ahí, cómo es posible que un niño que proviene de un ambiente “normal”, nada problemático en el instituto, guarde una rabia que lo lleve hasta el asesinato.
A lo largo de los cuatro capítulos de la serie vamos descubriendo cómo Jamie no ha destacado en ningún deporte, del miedo a defraudar a su padre, éste un modelo de masculinidad que no sabe demostrar cariño a su hijo, de cómo la escuela no cuenta con medios para detectar lo que está pasando. La violencia subyacente en las redes, otro mundo en donde los adultos son ajenos, donde se va fraguando una masculinidad que justifica la violencia, una violencia estructural y patriarcal.
Mientras veía la serie pensaba en los y las adolescentes a los que cada día me enfrentaba en mi trabajo, de cómo trataba de comprenderlos, tarea difícil pues siendo para la mayoría de ellos una figura de autoridad, las relaciones no siempre me permitían entrar en su mundo donde tenían una vida digital ajena a los adultos, en cómo poco a poco el ser popular se iba convirtiendo para ellos en algo fundamental, vital a veces.
Nosotras y nosotros, padres, madres, profesorado, preferimos ignorar ese mundo. Les exigimos a nuestros jóvenes y aún niños y niñas que sean brillantes, excelentes alumnos sin preguntarles que quieren en realidad. Incluso vemos como algo positivo que nuestros hijos se alejen de los perdedores, según los valores imperantes. Preferimos que estén cerca de los que triunfan, aunque eso signifique que los y las ninguneados sufran, se vean a sí mismos como dice Jamie “feos y no queridos”.
Al final de la serie te preguntas ¿De quién es la responsabilidad de lo que ha hecho Jamies? Una pregunta que queda en el aire junto a una sensación de ansiedad y tristeza, incluso miedo.