El pensamiento de Agustín de Hipona sobre la dualidad del ser humano se ha resumido con una frase: “Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo”. No acabo de entenderlo, quizá porque aunque busco y rebusco, no me encuentro el alma; así que encontrar dos entes en mí mismo… Tal vez el Papa León XIV, antiguo prior general de la Orden de San Agustín, tenga más claro este concepto. No me imagino dos en uno, más allá de una llave fija de doble boca, los auriculares, o Golum y Smèagol. Ser dos en un mismo cuerpo tiene que ser un lío, aunque hay personajes que casi lo consiguen, como Mortadelo y Filemón.

Su santidad, antes de irse de Tenerife en el Falcon del Rey (avión muy diferente del que usa Pedro Sánchez) se dedicó durante unos días a la política de la concordia y el espectáculo mediático en actos llenos de aplausos interminables. Sigo preguntándome cómo ciertos políticos pueden estar de acuerdo con el papa, diciendo lo contrario de lo que ellos predican. En las derechas, más o menos ultras, viven sin vivir en ellos. Son como los pacientes del psiquiatra de Woody Allen, una pareja de hermanos siameses con doble personalidad. El médico estaba enfadado porque cobraba sólo por dos, en lugar de hacerlo por catorce. Las organizaciones, como las monedas, tienen dos caras a veces muchas más.

No comprendo a la santa madre iglesia, o mejor dicho, sólo entiendo a una parte. Entiendo a la iglesia que prefiere a los camellos que pasan por el ojo de una aguja, antes que a los ricos en el reino de los cielos, la que quiere hacer el bien sin mirar a quién. Pero no entiendo ni respeto a los que defendieron la cruz con la espada, los que siempre estuvieron engordando del lado del poder. Hay una iglesia del padre Ángel y sus “Mensajeros de la paz” y otra del padre Calvo, el  personaje encarnado por Agustín González en la trilogía de la escopeta de Berlanga, un cura adherido al Marqués de Leguineche, al que le procuraba la salvación eterna.

Hay dos iglesias católicas, la que está compuesta por buenas personas y la que está compuesta por zampabollos. La Iglesia de “donde esté un buen solomillo…”, prefiere salvar las almas inmortales de los herederos, a las vidas mortales de los desheredados. La iglesia del cura jornalero Diamantino García, sin embargo luchó por los derechos de los obreros hambrientos del campo andaluz. Es cierto que los ricos también lloran, pero lo hacen por cosas muy distintas. José Chamizo combatía contra el “caballo” que arrasaba el Campo de Gibraltar en los años ochenta, mientras otros pater bendicen caballos de carreras en el hipódromo para que sus dueños (los de los caballos) ganen más dinero aún. Se agita un billete y aparece uno de estos curas con el guisopo.

Hay una iglesia que nutre, engorda y ampara la injusticia social. Mientras le pide resignación a las víctimas, exculpa a los que la causan. Es la misma que oculta a violadores con sotana. Una iglesia de mercaderes que juegan al Palé inmatriculando edificios por los que nunca pagará un duro, mientras cobra por ver las iglesias que restaura el estado. Hay una iglesia de pan de oro que confunde el amor al prójimo con el amor propio. Repiten desde el púlpito que todos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Esto significa que las mujeres, los inmigrantes y las personas LGTBI también están hechos a su imagen y semejanza, aunque menos que los hombres blancos, de derechas o muy de derechas.  Pero también hay una iglesia que no permite que nadie se vaya a la cama sin pan.

Ahora hay una corriente más abierta en el Vaticano que quiere comportarse cristianamente, lo que hace que la carcunda facho-católica los llame comunistas, otra vez se acerca el apocalipsis. Por eso Vox quiere quitarle dinero a la iglesia (la subvención a Cáritas, no la destinada a los solomillos de los obispos, claro). Para ellos la Iglesia y el Estado, en manos de gente como Dios manda, deben estar simbióticamente unidos en defensa de sus privilegios, como cuando Franco iba bajo palio.

Pintan bastos para este mundo no porque se acerque el día del juicio, sino porque parece que otra vez lo estamos perdiendo. Quiero pensar que la iglesia que practica la solidaridad y la alegría no será arrasada por la que defiende una nueva versión del nacional catolicismo y el valle de lágrimas. Mientras tanto, de Estados Unidos llega una corriente protestantemente histérica bien financiada, no por el Espíritu Santo, sino por el Nasdaq, que anhela llevarnos a la Edad Media. Prefieren las ovejas a las cabras, son más obedientes. Sé que no iré al infierno, no porque no me lo merezca, sino porque, igual que Luís Buñuel, gracias a Dios soy ateo y allí no quieren herejes.