La fotografía del Cristo de la Vera Cruz en la iglesia de la Encarnación de Fuentes de Andalucía, publicada en este periódico hace dos domingos, me ha transportado a los años 1954/1955, cuando con mis diez u once años todas las mañanas ayudaba a misa, en latín, al presbítero Francisco Colchero León, junto a otro monaguillo que se apellidaba Portillo, un año menor que yo. La comunión se les daba a las monjas, que entonces eran de clausura, por una ventana con reja de hierro forjado que hay en el lado del evangelio del presbiterio. Las monjas se acercaban con la cara completamente tapada por un velo parecido a una pequeña cortina que, en el momento de recibir la Sagrada Forma, se levantaban lo imprescindible para que el sacerdote se la depositara en la boca. A la derecha del sacerdote estaba mi compañero Portillo, con una palmatoria que tenía una vela encendida, y al lado izquierdo del cura estaba yo, con la pequeña bandeja que metía por la reja abierta, hasta la barbilla de cada monja, manteniéndola mientras recibía el Santísimo. Una y otra vez se repetía hasta que comulgaban todas.

Más de una vez me tuvo que llamar la atención don Francisco porque yo estaba más pendiente de verle la cara a las monjas por debajo del velo, que de mi cometido con la bandeja. Portillo y yo nos disputábamos la campanilla que se toca en la consagración y del incensario los días de fiesta (que olía como Dios manda, porque solo se quemaba carbón con resina pura de incienso. No como ahora, que hace tanto humo que se agarra a las gargantas y solo huele a monte quemado). El vino de consagrar me tenía obsesionado, porque me habían dicho que estaba muy dulce, que era riquísimo y que te ponía muy contento, pero don Francisco nunca me dio la oportunidad de probarlo. Mira que yo lo intentaba a diario, pero la botella la guardaba en el taquillón bajo llave cada vez que llevaba las vinajeras.

Los domingos tenía trabajo doble porque la misa del convento era a las 8, como todos los días, y a las 10 o a las 11, no recuerdo bien, teníamos misa en el castillo de la Monclova. Manuel García, encargado entonces del castillo, mandaba al cochero (padre del actual dueño de las patatas fritas El Cochero) con una berlina (coche de caballos muy ligero, de dos ruedas, un solo asiento para dos personas y capota plegable, tirado por un caballo) para recoger a don Francisco. Como yo no cabía en el coche de caballo, lo seguía con mi bicicleta por el camino del Pozo de la Reja, junto al antiguo cementerio. Pasábamos por la huerta de Galindo, la antigua Fábrica de la Luz propiedad de Antonio Novales, el arroyo del Alamillo, donde siempre me bajaba de la bici para beber agua, tanto a la ida como a la vuelta. Después venía la finca La Suerte, propiedad de Joaquín Herrera Blanco, farmacéutico de la calle Lora, hermano del entonces alcalde de Fuentes, José Herrera Blanco.

José Sevillano, el Niño de Anita, de primera comunión

Desde que pasábamos el Alamillo, hasta el castillo, todo era monte. El camino discurría entre encinas, lentiscos, chaparros y muchas flores, predominando el color blanco y amarillo de las manzanillas, el rojo de grandes manchas de amapolas, margaritones, cardenchas moradas, malvas y algunas vinagreras amarillas verdosas. Yo me llenaba los bolsillos de bellotas del suelo porque el cura no me permitía subir a los árboles. En los matorrales de zarzas me detenía para comerme las moras que me diera tiempo, hasta que el cochero me gritaba "¡Vaaamonoooos, que es tarde!". Lo mismo se repetía a la entrada del castillo con los árboles de moreras que hay en su derredor, unas moradas y otras blancas, cada una con diferentes sabores, pero muy dulces.

Había bastantes vacas sueltas pastando, que me daban mucho miedo porque cuando nos veían dejaban de comer, levantaban la cabeza y nos miraban fijamente hasta que nos perdían de vista. Me encantaban los becerros mamando a sus madres o retozando, pero el cochero me repetía mil veces que no me acercara porque podía enfadar a la madre. Con frecuencia nos cruzábamos con una pareja de guardias civiles a caballo, que se orillaban para saludar al reverendo tocando con la punta de los dedos de la mano derecha sus relucientes tricornios negros de charol, con una cortinilla detrás para proteger en el campo del sol o el viento. Supe años después, cuando era jefe de Correos de Écija y llevaba el control de la agencia postal, que se fabricaban en Herrera por "Tricornios Moya". Nos enviaban diariamente cientos de cajas para su distribución por todos los cuarteles.

En una ocasión uno de los guardias civiles me preguntó por la matrícula de la bicicleta que había que llevar bien visible en la tija del manillar y yo la llevaba en el
tubo del sillín. La matrícula era una chapa de aluminio, de unos 5 o 6 centímetros, esmaltada con el escudo de Fuentes y el número de registro grabado). Antes de la misa, el cura me obligaba a lavarme las manos y la cara porque de las moras me decía que parecía un murguista. En el castillo nunca vi a su propietario, el duque del Infantado. Manuel, el encargado, vivía en una dependencia lateral adosada al castillo y, después de la misa, siempre nos ofrecía un nescafé con leche que yo nunca había probado antes, riquísimo, y tostada con aceite. El retablo que tenía la capilla era mucho más bonito que el actual. Las termitas lo carcomieron y, para exterminarlas, tuvieron que quemarlo.

Lógicamente, el regreso era también a golpe de pedal para mí y para el cura, el mismo mullido asiento de la berlina. Cuando llegaba a mi casa, mi madre decía "ya está aquí el boquerón enharinao" del polvo que tragaba pedaleando detrás de la berlina. También ayudaba las misas con don Francisco en el molino de don Patricio, junto a
una enorme laguna que han drenado con gavias llenas de piedras y ya no existe, al borde de la carretera nacional IV, ahora autovía dirección Sevilla. La distancia desde Fuentes, también por caminos, equivalía a la del castillo. Me encantaba tocar la campana que había en la fachada de la capilla, para llamar a los agricultores y ganaderos del entorno. Lo que no recuerdo muy bien es cómo combinamos la alternancia del castillo con el molino, si en domingos alternos o en sábados y domingos.

No todos los meses cobraba, pero recuerdo que lo máximo que llegué a conseguir fueron 25 pesetas. Llegué a mi casa loco de contento presumiendo de mis ingresos. En Fuentes nos preparaban para el bachiller, al principio en la barbería del padre de don Juan, en la Carrera, junto al puesto de Nela, la ferretería de Benjamín en la esquina. Después fue en una habitación de la calle Cruz Verde, entre la casa de Emilio Conde y la carpintería, Juan Ruiz Fernández y Francisco Javier Urbán Fernández. En el mes de junio, en el camión de Alfonso el Cosario, con sillas plegables de madera, nos llevaban a Osuna y, en un día, nos examinábamos de todas las asignaturas. Las malas notas de los dos primeros trimestres del primer curso fueron el motivo de que mis padres me ordenaran colgar la sotana de monaguillo. Creo que mi experiencia duró lo justo.