A menudo tengo la sensación de no tener poder sobre nada, de no controlar nada, de no poder cambiar nada. Voy tirando, sobreviviendo, porque da lo mismo lo que idee o planifique, da igual la estrategia, la hoja de ruta a seguir, floto pero nada más. No encuentro un lugar que me aleje de la cotidianidad cutre, ni un rincón para tomarme unas vacaciones mentales. Se han privatizado los paraísos y los sueños tienen anuncios.

Soy la sombra del hombre invisible, el espíritu de la golosina, dicen que soy pensante y reflexivo, pero anónimo como la I.A. Soy por lo tanto nadie, o mejor dicho, Don Nadie. Da igual mi autoestima, que días chungos al margen, sigue estando en su sitio. Me valoro, pero este planeta no, ni a mí ni a nadie, ni a mí ni a nada. No soy el único, somos miles de millones de doñas y don “nadies". Aquí sólo cuentan el poder, el dinero, el estatus, el envoltorio; con frecuencia fruto de la propaganda, la rapiña, la intriga, la zancadilla y el peloteo. Tanto vendes tanto vales, el que vende a un amigo tiene un tesoro.

La cosa está para parar el mundo y bajarse en marcha, pero no voy a intentar tirarme desde la azotea del Empire State, como Gary Cooper en “Juan Nadie”, la maravillosa película de Frank Capra. Lo mío es la resistencia pasiva, esperar a ver qué pasa. Vivir no es lo mismo que durar, que es lo que nos dejan hacer a la mayoría de las personas. Me da pena porque me pasé toda la adolescencia tratando de entender el sentido de la vida para poder ser yo mismo. Tanto esfuerzo para acabar siendo un número, un epígrafe, un voto, un usuario, un perfil de Facebook, un “pringao”, un nadie. Tan insignificante y efímero como una hormiga obrera de un hormiguero mediano en un barrio periférico.

A veces me gustaría cerrarle el ojo a algún monstruo recurrente, lo mismo que Ulises le hizo a Polifemo; decirle mi nombre, Outis (Nadie), y que los demás cíclopes lo tomasen por un tonti-loco, al oírle gritar que “nadie” lo había dejado ciego. Pero los sueños mitológicos ahora son de pago, en un tiempo en el que un grupo de potentados pijos que creen ser alguien deciden en cinco minutos el futuro de la humanidad. Todos sabemos quiénes somos, aunque sólo lo recordamos en los entierros, cuando reconocemos con cara compungida que “no somos nadie”.

No hay nadie, fue la respuesta que escuchó Eisenhower en 1945 cuando preguntó si había nazis en Berlín, acabada la guerra. Nadie era franquista, sino todo lo contrario. Nadie estaba de acuerdo con Tejero y Milans el 23 de febrero de 1981. Nadie votó a Jesús Gil en Marbella, ni a Ruiz Mateos para ser eurodiputado. Estoy seguro que en el futuro nadie habrá votado a Milei, ni a Trump, ni a Bukele ¿Cómo va apoyar nadie al genocida Netanyahu?  Nadie ha defendido a Maduro ni a Ortega, a nadie le cae bien Kim Jong-un.

Los palestinos saben que sus primos del desierto no se mojan por ellos, que los europeos silbamos para disimular, que los estadounidenses, ex paladines de la democracia, quieren que su imperio vuelva a ser obeso y que la guita del lobby judío es mucha. Saben que no cuentan para nadie, que no son nadie, que no va a ayudarles nadie, que nadie será culpable de su exterminio según Wikipedia. Que vale más el dinero que la vida de nadie. Nadie es nada porque la nada está vacía y el vacío sólo existe en el espacio. Aquí, por contra, todo está lleno de vida, nada está desierto, más bien superpoblado. Todo el mundo es alguien y, aunque poca gente merece la pena, nadie es quién para decirle a alguien que no es nadie, salvo a la mujer de Colombo, claro.

“Nadies” del mundo, mindundis del universo, pequeños suspiros que esperáis con paciencia la llegada de una primavera imposible, yo os saludo, aunque no sea nadie para hacerlo. Nadie de los que dirigen este barco que navega hacia un gigantesco iceberg va a hacer nada por cambiar el rumbo, por parar la maquinaria y los pocos botes salvavidas que hay ya están adjudicados. Ningún millonario excéntrico va a hacer nada por nadie, pero sí contra nosotros. No pararán hasta que no quede nada tras un desastre que nadie vio venir, que nadie sospechaba, del que nadie será responsable, ante el que nadie hace nada.

En mi pequeñez, aquí estoy escribiendo nada sobre nadie, sin saber si este artículo le va a interesar a alguien o no lo va a leer nadie. Soy un don nadie que no puede remediar nada, pero al menos soy consciente de ello, algo es algo. Como le dijo en “Con faldas y a lo loco”, Joe E. Brown a Jack Lemmon, cuando este le confesó que era un hombre: “Bueno…, nadie es perfecto”.