A la mayoría de los no sordos nos gusta la música. Los “tarareantes” como yo, tenemos una banda sonora para cada instante, para cada estado de ánimo. Es inevitable escuchar música mentalmente mientras hago cualquier cosa, en la ducha, en el ascensor, conduciendo, viajando en metro, camino del supermercado, haciendo cola; hay que hacer cola para casi todo. Me va casi cualquier estilo, las “músicas del mundo” incluidas, que es música africana. Según el mercado, y pese a que la mayoría de ritmos tienen origen en África, los africanos no tienen música propia.
Mi vecino pone a toda potencia una tortura llamada reguetón pop rap trap latino. Me pone los nervios de punta y los pelos como alcayatas. Si me molesta a mí, pienso, para él tendría que ser como la gota malaya, pero no. Hay gente que tiene orejas, pero no oído. Trato de defenderme poniendo a Bach, Enrique Morente y Billie Holiday, no para competir con nadie, sino para convencerme a mí mismo de que no todo está perdido, de que aún existe la música.
El ruido que oye mi vecino tiene un ritmo más simple que el mecanismo de un sonajero. Las letras son ripios machistas, el vocabulario parvulario. Son cantados por individuos con poquita voz, pero eso sí, muy desagradable. Pese a no tener talento alguno, se esfuerzan mucho en no disimularlo. No quiero pensar que esta es la “música” de hoy. Al decir esto parezco el abuelo cebolleta o cualquier otro anciano digno de protagonizar una historieta del T.B.O. Aunque ninguna melodía que escuchan los jóvenes les ha gustado nunca a los abuelos. Pero yo no soy abuelo, no cultivo liliáceas, lo que me pasa es que me gusta mucho la música.
Hay otras músicas que tienden a adherirse a la corteza cerebral, como el gusano que se comió parte de la sesera de Robert Kennedy Jr. Me sé enterita la discografía de Camilo Sexto, Luís Aguilé, Juan Pardo, Julio Iglesias, María Ostiz y Dani Daniel gracias a los vecinos de mi infancia. Aunque también conocí a Cecilia, Joan Baptista Humet, Nino Bravo o Mari Trini, supongo que unos compensaban a los otros.
Los jingles son las pegajosas musiquillas que acompañan a los anuncios, pensadas para que recuerdes una marca y no puedas dejar de consumir el producto. Estoy reinando en lo mío, con lo que a mí me parecen sesudas reflexiones, que más tarde consideraré chorradas. De repente empiezo a tararear inconscientemente “Carglass cambiaaa, Carglass reparaaa”. El pensamiento, sesudo o no, funciona con pausas estúpidas entre largas prosas.
Hasta donde yo recuerdo, todo empezó con la tele que había en mi casa. Mi madre tenía el argumento perfecto para mandarnos a la cama con la familia Telerín, “Vamos a la caama que hay que descansaar”. Había musiquillas para todo, para desayunar “yo soy aquel negritooo del África tropicaal…” Camino de la escuela me perseguían “Bic Naranja y Bic Cristal, dos escrituras para elegir”. Era imposible olvidar que “Bic Naranja escribe fino”, mientras que “Bic Cristal escribe normal”, ”Bic Bic, Bic Bic, Buic”.
En Navidad me daba grima escuchar “las muñecas de Famosa se dirigen al portal”. Parecían zombis de una película gore. Poco a poco me fui enterando de que Coca-Cola es la chispa de la vida, que “Ariel lava más blanco” y que “Avia será su camión”. Que “el saboor de una taaza de teé” se encuentra en Hornimans y que beber una copa de coñac Terry hacía ver a mujeres montando a caballo en camiseta. Más tarde, igual que Aute, me enamoré de la rubia de los limones del caribe “Fá, rarará, ra, raaaá”. Siempre aparecían mujeres guapas como reclamo anunciando licores, jabones, coches y Mirindas de naranja. Todos esos anuncios, con sus cancioncillas pegadizas, nos iban formando desde pequeños. Así salimos, machistas y consumistas. El concepto de ciudadanía entraba por el oído y se llevaba en la cartera camino de la escuela, esa que uno se podía dejar olvidada, siempre que no olvidase los Donuts.
Uno no es responsable de lo que oye, pero sí de lo que escucha. Aun así cuando los mensajes se repiten a diario, por estúpidos y falsarios que sean, van dejando un poso en el subconsciente, hasta que lo estúpido parece notable y lo increíble verosímil. Se nos va ablandando el cerebro a fuerza de vivir en un espacio virtual en el que somos cultos, guapos y desarrollados. Un mundo que siempre nos da la razón y en el que todos somos de clase media. La propaganda, comercial o política, es muy clara, pero la gente se autoengaña. Como los que compraban Solares, esa que “solo sabe a agua” porque era agua del grifo.
Nadie nos puede robar la música de la memoria, a mí me ha acompañado siempre desde que era niño e iba silbando por la vida porque la vida era una fiesta cuando aún me creía lo que veía y lo que oía.