Tras 15 meses de guerra, Israel y Hamás llegaban a un acuerdo para acabar con una sangrienta masacre por parte de Israel en la franja de Gaza. Allí han muerto más de 46.000 palestinos y 100.000 han sido heridos, fruto de los ataques del ejército israelí y ante la pasividad de las potencias occidentales, EEUU y Unión Europea, que han mirado para otro lado.
Este acuerdo de paz, recibido con júbilo por los gazatíes, como pudimos ver en imágenes de niños alzando sus brazos al aire y lanzando vítores, e incluso por los judíos, con las imágenes de dos mujeres abrazándose en Tel Aviv. El acuerdo significaría la suspensión temporal de las hostilidades entre los dos ejércitos y la llegada de ayuda humanitaria a la franja de Gaza, calculándose 600 camiones de víveres y elementos sanitarios y de higiene y 50 camiones más de combustibles para responder a las necesidades de la población.
Asimismo, el ejército de Israel se retiraría de todo el territorio palestino excepto una franja de terreno a lo largo de la frontera de Egipto y Gaza, conocida como corredor de Filadelfia, y se liberarían 2.000 palestinos y 33 rehenes judíos en poder de Hamás. También se establecería un plan de reconstrucción de Gaza, que tendría una duración de unos 5 años como máximo, incluyendo la rehabilitación de los edificios y las infraestructuras, así como la apertura de las fronteras para permitir la libre circulación de las personas y los bienes.
Todo iba bien hasta que irrumpió en la política mundial el presidente electo de los EEUU, Donald Trump, que había escrito en su propia red social Truth Social “Tenemos un acuerdo para los rehenes en Oriente Medio. Serán liberados en breve, ¡gracias!”. ¿Será verdad que Trump está dispuesto a seguir luchando por una solución duradera? ¿Está dispuesto a reconocer la posesión de los israelitas de sus asentamientos en Cisjordania? ¿Acepta la administración americana la solución del reconocimiento internacional de los dos estados que muchos países, entre ellos España, propugnan? Preguntas que tras menos de un mes de presidencia Trump ha ido desvelando y confirmando. Desde unos días después de la toma de posesión, el 20 de enero, el presidente de la nación que Occidente tenía como prototipo de respeto a los derechos humanos, ha ido haciendo declaraciones y tomando decisiones a base de decretos que ponen en duda su carácter de respeto a las leyes, no sólo las relativas a su país, sino incluso las internacionales.
Se empieza a vislumbrar la aparición de un presidente súper poderoso y engreído que camina rozando los límites del fascismo, con tintes nazistas. Ha llegado al poder a través de las urnas, apoyado mayoritariamente no sólo por los republicanos, sino además de muchos de los que ahora se quiere desprender de ellos, expulsándolos de su país de acogimiento. Se ha autodenominado “el pacificador”. Por decreto ha empezado a detener a inmigrantes y a llevarlos incluso a la base de Guantánamo, en Cuba, como si de unos delincuentes se tratase.
Día tras día se levanta y firma nuevos decretos para reafirmar su poder omnímodo. Hoy quiere que Canadá sea el estado 51 del país; otro día pretende adueñarse de Groenlandia, perteneciente a Dinamarca y así reconocido por la sociedad internacional; un tercer día, cambia la geografía mundial y a su capricho nombra el Golfo de Méjico como Golfo de América; y una mañana se acuerda del canal de Panamá y proclama a los cuatro vientos que lo hará suyo, aunque sea por las armas para evitar que los chinos lo usen.
Con respecto a Gaza, una noche tuvo un sueño. Soñó con crear un paraíso, una tierra de promisión en las tierras asoladas de la franja. Soñó que reconstruiría esta tierra a semejanza de la riviera francesa; una tierra de ensueño y placer; una tierra para que los más ricos del mundo pudieran disfrutar de todo tipo de placeres. Soñó que los palestinos serían trasladados a otros países vecinos de Israel, Egipto y Jordania. Así se lo ha hecho saber a estos estados, amenazándolos con retirarles las ayudas económicas. Se acabó la guerra y los palestinos. Israel dormirá tranquilo y los magnates del mundo harán sus negocios en las tierras que desde tiempos inmemoriales habitaban los palestinos, incluso muchísimo antes de que un grupo de hombres y mujeres puritanos ingleses se embarcaran en el buque Mayflower y llegaran a las costas de América del Norte, fundando la primera de las futuras trece colonias, Massachusetts, de las que nacería el estado de EEUU.
La actitud presidencial llevará al mundo a un declive total. Ha empezado como Hitler en su época. Toma decisiones sin pensar en sus consecuencias, ya que en ocasiones actúa como un verdadero visionario. Hoy me he levantado con la noticia de su conversación con su amigo Putin. “¡Dios los cría y ellos solos se juntan!”, dice el refrán. Otro visionario y otro dictador. Si malo era el enfrentamiento de Rusia y EEUU, peor será su unión porque se dividirán el mundo a su antojo. Ya han hablado de la paz de Ucrania, pero sin contar con el Gobierno de esta nación y sin la opinión de Europa, que al fin y al cabo ha apoyado sin fisuras al gobierno de Kiev en este proceso bélico.
Ya han pactado seguramente las condiciones. Es sabido que, cuando se junte con Volodimir Zelenski, le dirá que tiene que renunciar a los territorios ocupados por Rusia en su invasión, que representan un 20% del suelo ucraniano y que, como compensación a su ayuda, tendrá que cederle a EEUU la explotación de las minas de tierras raras, de las que se extraen minerales muy necesarios para la creación de elementos informáticos y de comunicación y de los que los norteamericanos carecen. Además, deberá ir olvidándose de pertenecer a la OTAN.
¿Y Europa? ¿En qué lugar quedará Europa? O se ponen las pilas nuestros dirigentes o quedaremos al vaivén de unos y de otros y serviremos como sus comparsas. Además, que el enemigo está cada vez más dentro de nosotros. En muchos países están obteniendo enormes resultados los partidos ultraconservadores y en muchos casos partidarios de Putin, caso de Hungría y Polonia. A los ciudadanos europeos nos toca ahora poner toda la carne en el asador y actuar abiertamente contra estos movimientos ultras, si queremos seguir gozando de nuestras libertades y derechos. La democracia hay que defenderla día a día, en cada lugar, en cada momento y contra quienes intenten seducirnos con vanas promesas que nos conducirán a la dictadura, de un signo o de otro, pero al fin y al cabo dictadura.
Ojo avizor. Nubarrones negros se ciernen sobre nuestros pueblos y nuestras formas de pensar y actuar. Hay que estar alerta en todo momento. Llegan días negros y aciagos. Ahora hay que saber luchar en todos los escenarios. Pensemos en positivo y roguemos para que no llegué la sangre al río.