Hubo un tiempo, por lo general menos próspero que el actual, en el que detrás de las puertas de la calle de cada casa de Fuentes había una tinaja con agua fresquita con la que saciar la sed. Un lebrillo puesto al sol entibiaba en el patio el agua para el baño. Una cazuela puesta al fuego sofreía en aceite un par de pimientos, tres tomates, una berenjena y una cebolla para el pisto.  En la alacena, una orza con manteca alargaba extraordinariamente la vida del chorizo, la morcilla y el lomo de la matanza. Goteaba desde el platero la escasa vajilla, mientras por la ventana de la cocina penetraban los destellos que el sol arrancaba al barreño de barro vidriado que, en el corral, contenía las sábanas con añil que una vez extendidas a solear en el tendedero cegaban la vista de los niños jugando al escondite.

Fuentes comía, bebía, cocinaba y se bañaba en barro. El barro cocido formaba parte de la vida cotidiana de las casas de Fuentes mucho antes de que el plástico impusiera su apabullante y descarnado absolutismo sobre las gentes y las cosas. De pronto un día, nadie sabe cómo ni por qué, de la noche a la mañana el universo fontaniego se hizo de plástico y muchos objetos de toda la vida hechos de barro cocido fueron barridos o relegados al último rincón de los hogares. Tinajas, barreños, orzas, ollas, tazas, jarras, cazuelas, porrones, palanganas y escupideras, duros y a la vez frágiles como la vida misma, desaparecieron para siempre engullidos por el olvido y la creación de nuevas costumbres como la bañera, la ducha, el bidé, el lavabo, la lavadora...

La gente de Fuentes temía al invierno por lo fría que estaba el agua de la palangana a la hora de lavarse la cara. Amanecían los lebrillos cubiertos por una fina capa de hielo que el sol de febrero se encargaba de fundir a media mañana. Los niños huían despavoridos cuando, bien entrada la tarde, había que bañarse. A la vuelta del campo, los hombres se estremecían al manoteo de agua en los sobacos y las mujeres, que aprovechaban las primeras oscuridades de la noche o las últimas de la mañana, tiritaban arrecías en el silencio del corral. Los cuartos de baño con agua corriente fría y caliente, con ducha y bañera eran cosas de otro mundo.

Dicen los estudiosos del ser humano que éste es fruto, en gran medida, de los objetos que le acompañan a lo largo de su existencia. Durante un tiempo fuimos de piedra, luego de hierro, más tarde de barro cocido, a continuación de plástico y ahora somos digitales, como hasta ayer éramos analógicos. También de piedra, de hierro, de barro cocido, de plástico, analógico o digital son los pensamientos, los sentimientos y el lenguaje que los objetos traen consigo, como si el uso durante largo tiempo hiciera que la sustancia de la que están hechos pasara a formar parte de las personas que los manejan. Nuestras abuelas mantenían una relación perdurable e intensa con los objetos de barro, mientras que nuestro trato con los de plástico es tan liviano y efímero como el material del que están hechos. Todo estaba llamado a perdurar, como ahora todo está hecho para usar y tirar.

Hasta que los barreños, muchas veces reparados con lañas o mantenidos artificialmente con vida mediante cordones de alambre, quedaron primero relegados a acoger las macetas de geranios en los rincones de los patios y apartados después definitivamente lejos de la vista. Igual que restos para siempre mudos bajo la tierra, condenados a hablar sólo cuando los arqueólogos y los autores de las crónicas de la nostalgia les pregunten sobre cómo era la vida en tiempos remotos. Sobre los tiempos en los que por Fuentes aparecía algún lañador ofreciéndose a sanar tinas y barreños. Sobre los tiempos en los que en Fuentes había lañadores y leñadores, talabarteros y afiladores, retratistas y limpiabotas, recoveros y alfareros, arrieros y caleros.

Caleros había en Fuentes unos pocos. La cal viva, traída en piedra o terrones por el arriero Navajilla de la cantera de Morón, se apagaba en tinajas antes de encalar las paredes. En la calera de Caco estaban Nati la malagueña y su padre Pepe, que con un burrito y un carro la distribuían por Fuentes. ¿Quién se acuerda en Fuentes de la cal? Cuenta Juan Goytisolo en su libro “Campos de Níjar” el tiempo y el trabajito que le llevó descifrar el jeroglífico “ca pan calá” con el que tropezó escrito en la entrada de una cueva almeriense. En Fuentes cualquiera podía habérselo explicado sin el menor esfuerzo.

Eran tiempos en los que el fontaniego que quería saber algo hurgaba en su memoria o acudía a la experiencia de sus mayores. El que podía, consultaba la solidez del conocimiento que contenían las enciclopedias. Hoy se queda con lo primero que le ofrece Google. De esa pasta ligera, insustancial y confusa estarán hechos los seres humanos del futuro. Sabrán por internet que “una tinaja es un recipiente de barro con forma de vasija de perfil ovalado, boca y pie estrechos y, por lo general sin asas. El tinajón, más profundo y panzudo, se ha utilizado tradicionalmente para almacenar vino, mientras que los recipientes medianos eran usados por los mayetes de Fuentes para guardar el aceite y el grano de los cereales”. Sabrán todo eso, pero nunca se relacionarán con una tinaja ni con un tinajón. Jamás podrán sentir en su piel la tibieza del agua calentada al sol ni los refregones de la manopla que una madre presurosa maneja para eliminar los churretes duramente ganados en las batallas campales libradas en los barrizales del Rueo.