Se oscurece el cielo, el olor a ozono ya lo empapa todo, comienza la crónica de un diluvio anunciado. El espíritu de Mariano Medina se me ha aparecido, me ha dicho que no brillará el Sol durante una temporada. Que nos saldrán branquias, tendremos las yemas de los dedos arrugadas como pasas y descubriremos más tipos de lluvia que Forres Gump en Vietnam. Se avecinan borrascas, tormentas y danas.
La danza de la lluvia ha empezado en el distrito apache, pero los que bailan son del séptimo de caballería, aunque sin Errol Flynn. No moriremos con las botas puestas, somos más de alpargatas. Llegaremos al desierto de Tabernas como Tony Leblanc, creyendo que es la Luna de Valencia, pero comprobaremos que los americanos llegaron antes. El patriarca de la familia Monster, reunido en el despacho oval, no sabe a cuánto está la docena de huevos, ha ordenado que las campanas toquen a rebato, pero muchos sólo oirán una trompeta solitaria tocando a degüello en una noche de barras sin estrellas.
Al Capitán América le aprietan los leotardos. Su ego, del tamaño del estado de Alaska, ambiciona ver su cara esculpida en el Monte Rhusmore, junto a la de George Washington. Parece una serie televisiva de los sesenta, pero sin “Embrujadas”, “Santos” ni “Superagentes 86”. Yo creí que los villanos sólo existían en los comic de Marvel que mi hermano alquilaba a peseta en el “quiosco de la Pepsi Cola” de la avenida de Dílar, cuando ambos llevábamos pantalón corto. En ellos los buenos siempre ganaban, siempre americanos. Pero los indios de las películas del Oeste también eran americanos y eran los malos, así que yo no tenía claro si los americanos eran los buenos o malos.
En 1898, el mismo año que nació Lorca, que elevaría a la ciudad de Nueva York al cielo de la poesía, los americanos “buenos”, culparon a España de la explosión del Maine en La Habana, con la ayuda de William Randolph Hearst, el inventor de la prensa amarilla. Así nació el imperio americano, así murió el español. Los cubanos no tuvieron opción, pasaron del viejo yugo hispano a la tiranía del águila calva, para luego aprender ruso. Cuba es como la falsa moneda, que de imperio en imperio va.
Estados Unidos siempre nos ha despreciado. Nosotros, en cambio, siempre los hemos admirado, que se fastidien, así aprenderán. Caen bombas atómicas en Japón, el mundo siente escalofríos ante la silueta de un bombardero B-29. Hubiese bastado una llamadita telefónica del tendero Harry Truman, al chusquero Francisco Franco, y “la collares” habría llevado bisutería el resto de su vida en el exilio. Al país de la libertad no le interesó la libertad de España, condenándonos a ver a “la cerillita” bajo palio cuarenta años seguidos. No importa, nos vengamos bien, les cambiamos cuatro bases militares por leche en polvo, ¡son unos pringaos! Cierto es que se les cayeron bombas atómicas, no dieron explicaciones ni repararon nada, pero, ¿acaso no mereció la pena contemplar las pantorrillas de Fraga en Palomares? Siempre salimos ganando.
“Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios”, mascarás chicle, usarás pantalones azules de lona, comerás filetes rusos con kétchup y mostaza, aprenderás lo que significa el índice NASDAQ-100 y la vida privada de Las Kardashian. Buscarás tu lugar en una bola del mundo en la que sólo aparece el continente americano. De manera consciente, irás sustituyendo palabras de la lengua de Cervantes llenas de concreción, por vaguedades en un spanglish ramplón con risas enlatadas de fondo. Esto no lo habíamos leído en los posos del café de litro y medio del Starbuck. Ellos también nos conocen bien, saben que todos somos toreros negros caribeños, que llevamos sombrero mexicano. Creyendo ser cola de león, hemos sido rabo de hámster.
Lloverá, lloverá, lloverá a cántaros, se nos inundarán los sótanos de la historia. Somos como los habitantes de Villar del Río deseosos de tocar el banjo, sin sospechar que también tenemos “nobles mentes, pero infantiles”. Deberíamos dejar de soñar con ser el vaquero de Marlboro light, con conducir el Gran Torino de Starsky y Hutch por la gran manzana. Mandaremos a Marilyn Moroe y Gary Cooper otra vez a los cielos en cuanto se hayan despejado, nunca volveremos a ser tal como fuimos, ni siquiera nos quedará París. Quizá vuelvan a sonar los gritos antiguos “¡OTAN no, bases fuera!” como cuando éramos un país de regional preferente, antes de ser ricos y jugar en la liga del champiñón.
La tormenta ya ha empezado y no sabemos cuándo escampará. Todo ha cambiado tanto en un par de meses, que tenemos que desatornillar las neuronas que teníamos en plantilla. Se nos acaban los referentes, es tiempo de inventar, de volver a ser lo que nunca hemos sido. Es tiempo de asesinar a nuestro hermano mayor y defender algo mucho más grande que el dinero, llegó la hora de la gente, la hora de la inteligencia.