El tiempo pasa, se acaba el año, se cierra un cajón numerado del archivador infinito de la historia. Pensando en el devenir, los agoreros abrillantan sus bolas de cristal. El apocalipsis se cierne sobre nosotros, dicen los pájaros de mal agüero. Negro cual color de la miseria es el futuro, dicen los centinelas del mal rollo. Estamos peor que nunca, las guerras asuelan el mundo, dicen los desmemoriados. La economía se va a hundir una vez más, dicen los economistas de jardín. Es normal aventurar que las cosas no pintan muy bien, pero es que siempre han pintado mal. Nunca suena la campana para ir al recreo en este patio de escuela. No hay días de descanso en el calendario humano.

Yo no quiero ser menos, así que emulando a Phil, la marmota que tiene día propio, pronostico que hay gente que va a seguir haciendo daño durante el próximo año y todos los demás, o sea que todo va a seguir como siempre. Que los tiburones seguirán trincando mientras nadie los pare. Que la oscuridad de la mentira seguirá imperando mientras nadie ilumine con la verdad. Que la desmemoria seguirá siendo aliada de la infamia. Que las modas pasarán de moda en cuanto dejen de ser rentables. Que los dictadores seguirán dictando. Que los bancos no serán amigos de los ladrones, seguirán siendo sus socios estratégicos, cómplices necesarios para esconder, lavar, regularizar, guardar, escamotear, enajenar y exportar a islas paradisíacas, el dinero mugriento manejado con guante blanco.

Seguirán muriendo colateralmente inocentes para satisfacer las ansias de poder de iluminados visionarios. Se gastará mil veces más en armas disuasorias que en libros persuasivos. La solidaridad sólo se pondrá en práctica en Navidad. El fútbol seguirá siendo lo único. Los horteras de bolera, seguirán presumiendo de estupidez. Seguirán existiendo el chándal y los tatuajes, el reguetón y la caspa. Los que dejaron de saludarme cuando perdí mi trabajo seguirán sin hacerlo. Todo el mundo seguirá queriendo a Andrés por el interés o por el capital, que tanto da. Persistirá la histeria de los conversos, la bondad de los muertos, el orgullo de rebaño de los gregarios. Seguirán inventando otros. Se seguirá adorando al becerro de alpaca, diciendo que es de platino.

Claro que, por raro que parezca, todo puede empeorar, igual dentro de un par de meses, Vladimir Vladimirovich, en una cena de picoteo, caviar, vodka y ego, juega con sus dobles a ver quién pulsa antes el botón rojo. O una noche loca de güisqui y polvos de talco, Elon y su umbilical amigo Donald jugarán a ver quién marca más rápido la combinación ganadora,y acabaremos cantando todos, "We´ll meet again" , como en el final de “Teléfono rojo, volamos hacia Moscú” de Kubrik, mientras el cielo se llena de hongos no digeribles. Transcurridos quince días habrá toda una industria armamentística de tirachinas defensivos.

Sonarán campanas nuevas con sabor a hollejo y pepitas de uva. Volverán los abrazos fingidos y efervescentes de los camaleones con lengua de matasuegras atiborrados de langostinos. Y como en “Plácido” de Berlanga “por una noche…” todo será igual de falso e impostado que siempre. Parte de la población se tirará el pisto para darle envidia a la otra parte, que no se puede tirar nada de nada. Reiniciaremos el disco blando del cerebro, pero sin mucho esfuerzo. Como el año pasado, se renovarán las promesas juramentadas de bondad universal, gimnasio y academia de inglés.

“El mundo es una barca”, como dijo Calderón de la Mierda. Pero a veces, no siempre, sólo de vez en cuando, la vida toma con nosotros café con churros y nos regala sonrisas inocentes y hermosas y la luz brilla y el cielo es azul cielo, y el mar no es bajo en sodio y tiene espuma. El amor es correspondido y los chistes tienen gracia y los besos son húmedos y se oye música fuera del ascensor. Y casi duele la vista de contemplar tanta belleza. Entonces uno se siente estúpidamente contento de estar vivo y no hacen falta buenas noticias para llorar de risa. Y no hay “pena, penita, pena, pena de mi corasooón”. Y pensamos que si llevamos millón y medio de años sobre la Tierra y aún no la hemos destruido del todo, igual aguanta otros quince días más. Y pensamos que eso es mucho más que suficiente para festejar y brindar aunque sea con agua del grifo.

Si pudiera ver el futuro, querría ver mi bola de cristal medio llena y pensar que estoy equivocado. Quiero mirar al universo de frente, pensar que las estrellas son luciérnagas, que a la vía láctea se le acabará la mala leche. Sí, estoy dispuesto a doparme con la nada, a tomarme el pelo, a hacerme un trampantojo y tener ilusiones, aún a sabiendas de que no debería. Quiero volver a ser crédulo como un niño, en lugar de incauto como un adulto.