Fuentes le habla a su gente en un idioma que va más allá de las palabras. Y la gente de Fuentes escucha y entiende ese lenguaje directo al corazón, para el que no necesita oídos. Nadie más que un fontaniego es capaz de interpretar el lenguaje del jueves lardero, del carnaval, de la Semana Santa o de la romería. Como nadie más que un fontaniego es capaz de captar las raíces íntimas del sabor del entornao, de la mistela, del anís Rigo o del palmito. Eso ocurre porque el alfabeto del idioma con el que Fuentes le habla a su gente no está compuesto por letras, palabras o frases, sino por sabores únicos, olores inconfundibles, tacto grato, imágenes inigualables, colores entrañables, voces familiares, recuerdos imborrables, sensaciones gratificantes, sentimientos duraderos, nostalgias tiernas…

También puede ocurrir que Fuentes converse de forma diferente con sus hijos según las circunstancias personales de cada cual. Una de esas circunstancias es la emigración. Puede ocurrir que la distancia sea el olvido, como dice la copla. Salvo que la distancia se convierta en nostalgia y entonces el corazón tiende un puente capaz de resistir los embates del paso del tiempo y los azotes de la lejanía. En estas fechas son los olores, los sabores, las imágenes… los que empujan al emigrante a responder a la llamada vital del jueves lardero. Será la cultura, serán los ancestros, serán los sentidos, será la ausencia o será la distancia, pero lo único cierto es que ahí está el jueves lardero y aquí estamos los fontaniegos atentos a sus señales.

Atravesando trochas y veredas llega nítido hasta el emigrante el eco de las voces del palmito, del entornao, de los huevos duros, del pan de rosca de la panadería de la calle Lora, del chorizo de Fuentes que resucita a un muerto, de la mistela de Rigo, de la leña para la barbacoa, del mantel de colores, del gentío en el Molino de Viento, de la Fuente la Reina. Tal vez ese eco llegue con más nitidez al corazón del emigrante que al fontaniego que nunca se fue. Tal vez sea porque el ser humano, como el eterno insatisfecho que es, siempre añora lo que ha perdido. Tal vez sea porque el combustible que hace girar el eje del mundo desde la noche de los tiempos es la eterna búsqueda de aquello que no se tiene.

Es entonces cuando hay que hacerse las siguientes preguntas: ¿cuántos jueves lardero tiene que vivir un niño para llevarlo dentro el resto de los días que le queden por vivir? ¿Diez, quince, veinte? ¿Por cuánto tiempo perdurará la nostalgia? ¿Qué distancia es necesaria para que el fontaniego se olvide de su pueblo? Nadie tiene respuestas a esas preguntas porque no existen respuestas. Hay fontaniegos que se hacen adictos con un solo jueves lardero. Hay fontaniegos a los que asalta la nostalgia nada más dejar atrás la Cruz Juan Caro. Como tiene que haber fontaniegos que no olviden Fuentes ni aún viviendo en Marte, si un eso llegara un día a ocurrir.

Vivimos los emigrantes fontaniegos en un perpetuo quiero y no puedo, en un tránsito mental permanente, algo así como un viaje interminable entre el parque del Molino de Viento -antes fueron los pinos o la Fuente la Reina- y la fábrica de azulejos de Castellón, entre el entornao y la butifarra con mongetes, entre la mistela y el carajillo, entre el olor del rastrojo y el tufo de los tubos de escape, entre las tortas de Luisa de las Tortas y los churros fríos de Atocha, entre el vuelo de los tordos y el guiño de los semáforos. En fin, cuarenta o cincuenta años en un agitado trasiego cultural pertinaz, apenas aliviado por el sucedáneo de los recuerdos.

¿Por qué no hay en Castellón un jueves lardero como el de Fuentes que ayude a calmar el mono? Tampoco lo hay en Marchena o en Écija, con lo cerca que están. Castellón no tiene el jueves lardero de Fuentes pese a tener la montaña de la Magdalena porque su cielo no tiene la transparencia del cielo de Fuentes, sino un azul emblanquecido por el humo de las fábricas, porque nadie conoce a nadie, porque sus margaritas no son como los Margaritos de Fuentes, porque sus gatos no son los Gatos de Fuentes, porque sus carriles no son como los Carriles de Fuentes, ni sus barbas son como el Barba de Fuentes. Ni sus apellidos Fuster, Font o Enguix son como los Lora, Caro, Mateo, Martín o Verdún fontaniegos. Como son nuestros Paco la Ana, Benjamín, Paco de Asís, Nati de Vito o Diego Millán.

Tal vez el jueves lardero de Fuentes solo pueda haberlo en Fuentes por la sencilla razón de que en otros lugares no entienden el idioma con el que Fuentes le habla a su gente. ¿Cómo transmitirle a alguien que entiende de fabada asturiana la coloración de las sensaciones que produce un entornao en estas fechas? ¿Quién sabe más que un fontaniego el sabor de unos guisos de espárragos o de habas? Para entender el idioma de Fuentes hay que haber estado impregnado desde niño del universo fontaniego. La lengua materna del fontaniego es algo mucho más amplio que un conjunto de expresiones verbales propias, tales como zardiné, zoberao, entornao, berlinga o vazarete. Nuestro idioma incluye sobre todo sabores, olores, imágenes, colores, recuerdos, sensaciones, voces…