Un batir de alas al viento obliga todas las mañanas al fontaniego a mirar al cielo transparente de febrero. Sobre el fondo celeste asiste al espectáculo del cortejo de unos palomos ladrones alrededor de una paloma perdida tratando de llevarla a su azotea. Eso ocurre en Fuentes desde que el cielo es cielo, desde que Fuentes es Fuentes y desde que las palomas arrullan cuando concluyen la muda y el anuncio de la primavera les despierta el celo. Fuentes, pueblo de larga tradición palomera, vuela a través de sus pichones.
Hubo un tiempo en el que cada casa de Fuentes tuvo un cajón con al menos dos palomas, macho y hembra. La finalidad de muchos de los palomares era atraer aves con las que añadir algo consistente al magro menú diario. La carne de paloma es similar a la del pollo, aunque menos enjundiosa. Eran tiempos en los que primaba la necesidad de arrimar alimentos a la olla y un palomo ladrón era el mejor aliado para conseguirlo cuando ni la escopeta ni la cartera andaban sobradas de pólvora. Los niños jugaban a criar palomas y aprendían que los huevos, aguardando que el calor de la incubación obrara en ellos el misterio de la vida, no había que tocarlos porque las madres podían aborrecerlos.
En aquel mundo de aves aliviadoras de necesidad humana había quienes se aficionaban a la cría de palomas por el mero placer de contemplar sus habilidades seductoras, sus técnicas de vuelo o para sentir en las manos el pálpito de sus corazones agitados. Dos fontaniegos buenos criadores de palomas eran Millán Herce y Bobi Catalino, que sobre el cielo de la plaza María la Fresca asistían al revuelo de sus aristocráticos pichones. Sabido es que el ser humano ansía siempre aquello de lo que carece: dos alas para surcar los cielos, un arrullo irresistible para seducir hembras en celo y un palomar para esconderse.
Los ojos de Bobi y Millán Herce no tenían que buscar muy lejos para comprobar los trabajos de sus palomos. Los tenían rondando hembras ahí mismo, en los recovecos del castillo o en las torres de la parroquia y el convento. Millán Herce tenía su palomar en la callejuelilla del cura y Bobi en la azotea del Catalino. Ambos frente a frente, aunque mirándose de reojo porque es sabido también que los palomeros están condenados a vivir, como los padres de bellas doncellas, inquietos por la honra y el buen nombre de sus crías. Como en tantas otras cosas, la naturaleza no establece diferencias de clase ni de linajes. Es el hombre quien fija jerarquías y decide que las palomas zoritas son de la plebe y los buchones marcheneros, laudinos sevillanos o valencianos o las palomas mensajeras lo son del señorío.
Hubo un tiempo en el que la otra aristocracia, la humana, hizo del tiro pichón su deporte favorito. Y de la guerra su modo de expansión, para la cual empleaba palomas mensajeras como fieles transmisoras de órdenes y estrategias. Las palomas fueron, en ese sentido, precursoras del wasap. La radio primero e internet después dejaron a las palomas sin su espacio en el cielo azul. Como la vida urbana y la obsesión por la higiene las expulsaron de muchas azoteas. También hay vecinos que quisieran erradicarlas de sus tejados y alfeizares, aunque esa es otra guerra. Lo cierto es que la afición logra sobrevivir por medio de unos cuantos fontaniegos que heredaron el interés por las palomas.
En el paseo de la Arena vivía José Ruiz, otro aficionado pendiente de las zoritas y garabitas de la muralla. A José Ruiz le gustaban sobre todo los palomos bayos. Donato, que vivía en la calle Mayor frente a la tienda de Elia "la cascabela", tenía sus palomos siempre de caza en la muralla. Los amigos Juan Antonio Mantecao, Márquez y el Sacarrueas andaban todo el día en casa de Pepe Ricardo, junto a la muralla y la torre. Durán, hijo de Rodrigo el municipal, era un fanático de los palomos y un día que se cegó mirando la caza de una zorita al borde de la piscina ancá Pepe Ricardo, perdió pie y se pegó un buen batacazo. Otro de los muy buenos palomeros de Fuentes era Miguelito el Condito, siempre en la taberna de los Catalinos hablando con Bobi de palomos. Emigró a Madrid y, una vez jubilado, dedicaba las mañanas a ir al parque para echarles de comer a las palomas.
Herederos de aquella afición quedan en Fuentes alrededor de una docena, algunos de ellos agrupados en el Club de Criadores de Jiennense Gorderos y Raza Antigua, presidida por Manuel Vega. Palomeros por afición, no por necesidad como la mayoría de antes. Palomeros como Paco Lora, que quisieran volar con las alas de sus decenas de palomos. Paco tiene bastante con disfrutar viendo sus pichones trazar círculos alrededor de su azotea de la calle Lora en busca de una hembra en celo que llevar a su cajón. La modalidad de esta afición tiene el curioso nombre oficial de “palomas de celo y robo”.
Por regla general, la paloma que vuela vive más que la enjaulada. Lo mejor de esta afición es ver el vuelo, la seducción y la cría, aseguran Manuel Vega y Paco Lora. En esta época del año cobra fuerza el celo de las aves, cuyos machos salen a volar en busca una hembra dispuesta al cortejo. En el aire, le corta el vuelo mostrándole sus mejores habilidades y exhibiendo su plumaje inflamado para incitarla a posarse en su tejado. Una vez allí, la arrulla invitándola a entrar en su cajón y a quedarse con él para siempre. Escondido, el palomero tira del cordel que cierra la puerta y atrapa a la incauta doncella. Antes iba directa a la cazuela y ahora la llevan lejos para echarla de nuevo a volar porque si la soltaran sobre los tejados de Fuentes, regresaría cada noche al nido de su enamorado. Historias de amor.