El lunes pasado, día 25, se conmemoraba el Día Contra la Violencia de Género. Me dirigía a la celebración de los actos programados para este día Carrera arriba. Al llegar a la esquina con la plaza de la Plancha, volví el rostro a la casa. Casa solariega. Casa de los Ruiz Florindo. Al contemplarla se me vinieron a la mente los hechos ocurridos en el verano del año 36 del siglo pasado. Rememoré que esta casa fue la sede del casino republicano, pero que tras la sublevación del ejército contra la República y la caída del ayuntamiento republicano, pasó a ser la sede de Falange Española.
Recordé que entre sus paredes todas las noches, entre el 18 de julio de 1936 y primeros días de octubre del mismo año se tomaban las decisiones de detener a algunas personas o decidir la muerte de otras por un comité formado por el alcalde, el jefe local de Falange y el comandante del puesto de la Guardia Civil. Eso ocurrió hasta que fueron depuestos el alcalde y el jefe local de Falange por el informe emitido por el delegado gubernativo Eduardo Benjumea Vázquez y formada una nueva comisión gestora municipal.
Me pareció oír las voces de Pepa “La Currita” y su compañera, embarazada, que citadas a este lugar, suplicaban con lamentos que el barbero no las pelara al cero y evitar volver a su casa con la cabeza rapada y ser señaladas por los vecinos con los que se encontrasen como las rojas de la calle. Para una mujer, en aquellos años, ser rapada era como desnudarla a la vista de todos. Las mujeres dignificaban su personalidad con la largura del pelo, al que le daban una gran importancia. Oí sus lloros por el acto humillante y vejatorio a que fueron sometidas. Asimismo, me confundieron los murmullos de las víctimas que purgaban con aceite ricino, también mujeres, para que no pudiesen aguantar hasta su casa la contención de las heces y fueran haciéndolo por las calles ante la mofa de los transeúntes, o en otros casos bajo la mirada caritativa de la gente de bien.

Violencia machista contra las mujeres. En aquellos días mucho más violenta si cabe, porque los llamados “vencedores” no se conformaban con perseguir y condenar a los hombres, sino que cuando lo hacían con las mujeres se mofaban de ellas y las sometían a actos vejatorios, humillantes para que todo el pueblo las señalase con el dedo por rojas. ¿Cómo taparse su cabeza rapada? ¿Qué usar para cubrir su desnudez? Si los que las han condenado les han quitado toda la ropa que pudieran usar para disimularla. ¿Con qué evitar su descomposición intestinal? ¿Qué postura adoptar para que sus piernas pudieran detener los jugos que salen de su cuerpo sin poder detenerlos?
Recordé que, en el patio, magnífico y señorial patio, Perico (Pedro Lechuga Tortolero) pedía con humildad y temor que le permitieran ir al frente para poder librarse de ser detenido, como muchos de sus conocidos, vecinos y amigos. Me pareció contemplar la cara de sorpresa y estupefacción cuando los dirigentes, en lugar de aceptar su ofrecimiento, lo acusaron de ser un rojo de mierda y tras ser detenido, llevado a la cárcel, situada en el pósito (actual sede del hogar del pensionista) y fusilado el día 19 de agosto de 1936 a los 26 años. ¿Qué delito ha cometido? ¿De qué se le ha acusado? Su único delito es el temor de ser detenido y evitar morir. ¿O fue quizás tener una ideología diferente a los que se habían hecho con el poder?
Pero a través de las paredes oigo el eco de las voces de su madre, Salud Tortolero Tirado, solicitando la libertad de su hijo y protestando por su injusta detención. De nuevo el sentirse hombres hechos y derechos les hace sentirse insensibles al dolor de una madre que se humilla, vocifera y se arrastra ante sus verdugos para salvar a su único hijo. Una nueva situación de violencia hacia las mujeres. Por ello aquellos “insignes varones”, apoyándose en su fortaleza, tanto física como la que sienten por ser los dirigentes máximos del pueblo, la arrestan, la apresan, le quitan su libertad y posteriormente la condenan. Otra forma de violentar a las mujeres. Si no te sometes a mi arbitrio, a mis normas, te verás condenada.
Días después, Salud es sacada de la cárcel y conducida al paredón para ser fusilada. La presión a que estaba sometida por imaginar que su hijo podía seguir sus pasos le produce un fuerte dolor en el pecho que acaba con su vida. Un infarto, un ataque al corazón, frustra el placer de sus verdugos de verla frente al pelotón de fusilamiento. Salud muere el 13 de agosto a los 62 años. Los verdugos esta vez no han podido ejercer su violencia contra ella. La ejercerán en días posteriores.
La violencia contra las mujeres sigue existiendo en nuestra sociedad a pesar de haber alejado los días de pesadumbre, de impotencia, de injusticia y de persecución. En estos días de paz, de libertades y de democracia siguen apareciendo otras formas de violencia. No por ello podemos olvidar la violencia de aquellos años, que asoló nuestra sociedad, que persiguió tanto a hombres como a mujeres, pero que se ensañó de forma muy expresa con las mujeres.
Los jóvenes deben conocerla para que jamás puedan suceder acontecimientos semejantes. Nuestra libertad, la defensa de nuestra libertad y la de nuestros semejantes debe ser un hito importante en nuestra existencia. Sin ella y el respeto a las ideas individuales, la sociedad volverá ser cada vez más intransigente y perderemos nuestros valores esenciales.