Este fin de semana hemos terminado las actividades que desde el Foro de la Memoria Histórica Fontaniega programadas para el Día de la Mujer. La hemos dedicado a recordar a nuestras paisanas que perdieron su vida en el verano de 1936, a manos de unos verdugos que perseguían meter miedo en la población para evitar que pudieran expresar sus pensamientos y sus ideologías. Fue una forma atroz de coacción sobre la población trabajadora y humilde, a fin de tenerla sometida y por consiguiente poder tener mano de obra barata y sumisa. Desde el primer momento que se produjo la sublevación del ejército contra la II República, Fuentes fue ocupada por las fuerzas sublevadas y sometidas sus gentes a una dura represión, por aquellos que se habían erigido como salvadores de la patria. La gran mayoría de los habitantes del pueblo, sobre todo los pertenecientes a las clases obreras y humildes, fueron sometidos a esta represión.

La represión contra las mujeres en el periodo de la guerra civil y la posguerra fue diferente a la ejercida contra los hombres, ya que fue el mayor porcentaje. El 59% eran mayores de 26 años y en su mayoría madres. El 41% restantes eran jóvenes, cuyas edades estaban comprendidas entre 16 y 25 años. Casi todas las mujeres sufrían analfabetismo funcional y estaban dedicadas a las tareas del hogar, que compaginaban con las agrícolas de la recolección o la servidumbre para la clase ganadora de la guerra y por tanto la que ocupaba el estamento social más elevado.

El objetivo de la represión sobre las mujeres casadas fue colocarlas a ellas y a sus familias en un estado de exclusión y debilidad social, ya que al estar huidos los maridos o en el frente, ellas constituían el único sostén familiar. En el resto de España la represión ejercida contra las mujeres tiene una categoría relevante por los informes emitidos por la Guardia Civil, los alcaldes o los jefes locales de Falange y podemos decir que en muchos casos al tratarlas se les daba el nombre de individuas y sujetas para distinguirlas de las mujeres de las clases acomodadas a las que se referían como señoras o señoritas.

La represión de las mujeres fue debida básicamente a que, según los golpistas y sus seguidores, habían trasgredido el modelo tradicional de mujer española y debían ser castigadas por ello y además era necesario devolverlas al hogar, a la invisibilidad. Por ello sufrieron el castigo. En líneas generales se juzgó a las mujeres por lo que opinaban, dijeron o hicieron y que no les correspondía opinar, decir o hacer. Tales como:
1.- Hacer comentarios que se consideraban peligrosos para los seguidores del régimen sublevado o difundir noticias sobre el avance de los ejércitos, como le ocurrió a Dolores Hinojosa Talavera que un día fue al mercado a comprar algo y, ante un comentario de que iban a venir al pueblo las tropas de Queipo de Llano, ella dijo “¡No temáis! Por Córdoba viene ya Largo Caballero”. Algún chivato la denunció y por la madrugada la Guardia Cívica la detuvo y la llevó presa y el día 5 de agosto fue llevada a la Campana donde fue fusilada.

2.- Propagar ideas de izquierdas y republicanas y haber participado en alguna manifestación a favor de la República. Es el caso de las llamadas “Mujeres del Aguaucho”. En los primeros días de agosto, los miembros de falange y de la Guardia Cívica se habían dedicado a la detención de varias jóvenes del pueblo. Joaquina Lora Muñoz, joven de 18 años, fue denunciada por una vecina de haber participado en el Jueves Lardero y la posterior manifestación que el alcalde había organizado para celebrar el triunfo del Frente Popular en las elecciones. Ella y otras muchas jóvenes habían acudido portando banderas y símbolos republicanos y ese fue el grave delito cometido.

Las hermanas Dolores y Josefa García Lora fueron también detenidas y acusadas de haber bordado una bandera republicana, la bandera oficial. Su hermana pequeña, Coral, de tan solo 16 años, al ver que se las llevan detenidas gritó y se abrazó a ellas y, como quería separarse, la Guardia Cívica se llevó a las 3 a la cárcel. La misma acusación llevaría a la cárcel a Josefa González Miranda. En la cárcel se juntaron con María Caro Caro, Manuela Moreno Ayora y María Jesús Caro González, acusadas de parecidos delitos y con María Lourdes León Becerril, afiliada al PCE.

Una noche de agosto fueron conducidas al cortijo de Las Monjas, situado en el cruce de la carretera nacional IV con la carretera de La Campana, cuartel general de Falange. Ultrajes, maltratos, violaciones, gritos desgarradores de las jóvenes se produjeron en aquella noche del estío fontaniego en un lugar apartado “El Aguaucho”. Nada estaba oculto y los gritos fueron escuchados por un matrimonio que vivía en un chozo cercano y fueron mudos testigos de aquella atroz barbarie.

Los asesinos recorrieron al día siguiente las calles del pueblo jactándose de su vil hazaña y corriendo el rumor de que sus cuerpos habían sido arrojados al pozo. Esa historia fue transmitida sobre todo por las mujeres que, en las noches de invierno, al calor del fuego, la contaban a sus hijas para que nunca olvidaran lo que pasó en el verano del 36 y de la que solo las estrellas fueron mudos testigos.  
 
3.- Quejarse de las condiciones de vida que le impusieron a ella o a su familia. A Antonia Caro Gamero la mataron porque acudió al presidente de la comisión gestora municipal a pedirle que le permitiera llevarle comida a su hijo Francisco Lora Caro, miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas y dicho presidente le contestó airado “¡Qué coma mierda!”. Ante esta respuesta, sin poder contenerse le dio una respuesta agria, inoportuna y violenta. Tras este suceso un grupo de falangistas fue a su casa, la detuvo, la encarceló y la mató el 5 de agosto.

4.- Prestar auxilio a los padres, hermanos o maridos huidos, como pasó con Juana Aguilar Narváez, viuda y madre de 4 hijos, aunque el mayor Manuel, casado, vivía independiente y pertenecía al PCE. La Guardia Cívica iba a su casa, día si y día no, preguntando por el paradero de su hijo, que había huido en los primeros días de la contienda. Como no lo encontraban sacaron una noche sus muebles a la calle y los quemaron. A los pocos días se acercaron de madrugada a su casa la detuvieron y la condujeron al paredón al cabo de 2 noches, matándola en la madrugada del día 4 de agosto.

5.- Ser hija, hermana o esposa de un señalado izquierdista, como ocurrió con Carmen Estanislao Moreno, esposa de Francisco Ávila Fernández, primer teniente de alcalde y fundador del PCE de Fuentes y con Mercedes Medrano Caro, novia de Francisco Lora Caro, presidente de las Juventudes Socialistas Unificadas. La primera, embarazada de 7 meses, fue arrestada por las fuerzas represoras locales y conducida a la cárcel por el único motivo de ser la mujer de un dirigente comunista. Una vez allí, se sintió mal por su embarazo y fue llevada al hospital que regentaban las hermanas de la Cruz, donde se encontró con su primera hija, Virtudes. La tarde del 25 de septiembre fue sacada del hospital conducida al cementerio local. Fue fusilada en la madrugada del día 26, a pesar de su estado de embarazo. Los que contemplaron el fusilamiento quedaron consternados y conmocionados al presenciar el vientre agitado de una madre por los estertores del feto que se alojaba en él y que buscaba la vida. Doble crimen, una mujer y su feto.

La segunda, que ya había presenciado cómo la Guardia Cívica y los falangistas habían destruido el chozo donde vivía la familia en la Fuente del Cabo, así como habían detenido a sus hermanos, José y Manuel, de 20 y 17 años y que fueron fusilados el día 3 de septiembre, fue fusilada el 26 de septiembre junto a Carmen Estanislao y Rosario Guillén.

6.- Insultar a los dirigentes sublevados. Visitación Ruiz Martín, hermana del alcalde, cuando se enteró de su muerte, se volvió como loca y salió a la calle gritando e insultado tanto a los dirigentes sublevados como a los locales. Un vecino la acusó y los falangistas se la llevaron a la cárcel. La llevaron a Cañada Rosal y allí la fusilaron el 6 de septiembre.

A las que no mataban las sometían a vejaciones para humillarlas, como pelarlas al cero o purgarlas con aceite de ricino. Esto hicieron con Pepa “la Currita” que, junto a otra mujer embarazada, fue citada al centro de Falange, sito en la Carrera nº 2 y allí el barbero las peló al cero. Tras ello las mandaron volver a sus casas con la cabeza al descubierto: Volvieron a sus casas tapándose como podían y la gente que pasaban por las calles las miraban y señalaban. Ellas se sentían humilladas y vejadas ante el espectáculo que originaba su aspecto y su presencia en la calle  

7.- Protestar por la detención de algún familiar, como le ocurrió a Salud Tortolero Tirado, que fue a la sede de Falange a protestar porque habían detenido a su hijo Perico, Pedro Lechuga Tortolero, que había acudido anteriormente a esta sede para apuntarse a ir al frente y librarse de ser detenido, pero allí fue acusado de comunista y posteriormente fusilado. También fue arrestada Salud Torrolero y cuando era conducida al paredón no pudo resistir la presión y murió en el instante de subir al camión, que la conduciría a su fusilamiento.

8.- Rechazo de la sociedad después de la guerra e incautación de sus bienes. La mujer de Diego Aguilar Criado, que estaba embarazada de 4 meses cuando fusilaron a su marido, perdió la tienda que tenía en la plaza, donde vendía huevos y aves de corral para ayudar a su marido en el sostenimiento de la casa. Al quedarse sin el medio de sustento para poder alimentar a su familia tuvo que amamantar al mismo tiempo que a su hijo a una hija de Millán Narváez, que tenía una tienda en la plaza.

Además de las penurias económicas, los hijos y las mujeres de los fusilados eran considerados como indeseables en la nueva sociedad al ser señalados como “rojos”. Por ello, esta mujer ante la dureza de la situación emigró a Sevilla, en donde se colocó en una guardería, de la que la despidieron al poco tiempo por negarse a apuntar a sus hijos a “flechas de la Falange”. Tras este acontecimiento la vida se endureció para toda la familia, hasta que cayó enferma y fue ingresada en el hospital de San Lázaro y a sus hijos los internaron en San Luis y en el Beaterio de la Santísima Trinidad, donde tuvieron que trabajar para ganarse el sustento a pesar de su poca edad.

Todas esas acciones tenían como objetivo servir de escarmiento a las transgresoras, por lo que se trataba de acciones selectivas y humillantes en extremo. Pero también se trataba de usar un lenguaje ritual y ancestral de dominación con el que se visualizaba en un solo gesto –para hombres y mujeres– la humillación de los vencidos y el poder de los vencedores. En definitiva, la guerra civil la ganaron los vencedores y las perdieron los vencidos y las vencidas, pero también las vencedoras porque todas las mujeres españolas perdieron los avances de libertad conseguidos durante la República.