Si Fuentes tuviera algún día una galería de personajes raros, Manuel Mazuelos ocuparía un lugar destacado en las páginas del siglo XX. Su título sería algo así como Mazuelos, el señorito que sentía más atracción por el arte que por las propiedades. Mazuelos fue un señorito andaluz que vivió más temeroso de Dios que de los hombres, más pendiente de la belleza de los altares que de la abundancia de las cosechas y que fue más maestro de saberes artísticos que de sapiencia agraria. De haber seguido los designios de su alta cuna, habría sido médico como su padre. De haber seguido la senda de su clase, habría recorrido a caballo y con aire altivo sus posesiones fontaniegas. Todo eso pudo ocurrir, pero a Mazuelos le atraían más los pinceles y las gubias. No fue un renegado de su clase, pero tampoco un conformista que siguiera carriles trillados.

De haber podido elegir estudios, habría seguido los de Bellas Artes, pero por deseo de don José, su padre, tuvo que matricularse en Medicina. No terminó la carrera y cuando el padre, natural de Osuna, abrió consulta médica en Fuentes, Manuel Mazuelos instaló su estudio de pintura y escultura en la calle Mayor. Las tertulias y las partidas de cartas hasta altas horas de la madrugada en el casino de señoritos no eran plato del gusto de don Manuel Mazuelos. Tampoco las monterías por los cotos. Donde otros hubiesen colgado trofeos de caza, él instaló un piano para que el maestro Campuzano extrajera las notas de una pieza musical que tituló "Jardines de Santa Juliana". Lo que hacía feliz al refinado Mazuelos eran el cuidado de las flores de su jardín y la magia de la combinación de pigmentos de las acuarelas, cuyos arcanos trataba de transmitir a un reducido número chicos y chicas que por las tardes acudían a su taller de pintura de la calle Mayor.

Tenía Manuel Mazuelos su estudio -a la vez que santuario y fortín- con entrada independiente por el callejón ahora conocido como de los Alarifes Ruiz Florindo. Esa enrevesada calleja que une la Mayor con la Hurtado ostentó en tiempos el lúgubre nombre de Malsuceso, sambenito adquirido por mérito de un horrendo crimen acaecido en una de sus casas y que provocó su cierre perpetuo por orden de la autoridad. Ningún fontaniego biennacido transitaría más aquella arteria contaminada por el mal. La llave de la cancela se la entregaron a Mazuelos y así permaneció la calle, condenada al silencio y al olvido, hasta que el primer ayuntamiento democrático, regido por el comunista Sebastián Martín, ordenó su devolución al viario público. Eran tiempos en los que los hombres y las cosas podían ser sometidas a arresto por mal comportamiento.

Mazuelos niño, entre sus padres

El solitario callejón del Malsuceso se convirtió pronto en la puerta de Mazuelos por la que un puñado de niños y niñas fontaniegos con vocación de artistas penetraban en el mundo de la creación plástica. Carmen Aliaga, Víctor López, Juan Corzo e Inmaculada Conde cruzaron el umbral iniciático de aquel estudio con perpetuo olor a trementina, a lienzo imprimado con cola de conejo y blanco de España, a aceite de linaza y al perfume de la flor de Copete que cada atardecer se colaba desde el patio ansioso de contribuir al ensanchamiento de aquella atmósfera densa y creativa. Junto a la ventana, sobre un ángulo de madera verde, Mazuelos depositaba un melón abierto en canal, un perol, dos tomates y una orza de cobre. El resto de la escena lo aportaba la cálida luz que la tarde empujaba desde el patio. Mazuelos, con la paciencia de un artesano y la fidelidad de un fotógrafo, empezaba entonces a plasmar la imagen en el lienzo.

Como artista, hacía de todo, pero lo que mejor se le daba eran los bodegones. Durante años trató de dominar la figura humana, pero siempre se le resistió. En cambio, era un maestro eligiendo los colores para captar la luz que la tarde extraía de los objetos cotidianos. La elegancia con la que elegía los colores admiraba a sus alumnos. Sin ser rápido creando, era certero y constante. De hecho, todas las casas de señoritos de Fuentes tenían -y tienen- cuadros suyos, bien regalados, bien adquiridos con motivo de las exposiciones o rifas que Mazuelos organizaba cada año para recaudar fondos para la hermandad de la Veracruz. De esta hermandad fue hermano mayor durante muchísimos años, además de mecenas, restaurador y organizador. Con Manuel Marta talló un paso de la Semana Santa. Exquisito, educado, paciente, no se inmutó el día que un nieto suyo le emborronó un cuadro.

De entre la media docena de alumnos que tenía Mazuelos, su favorito era Víctor López, muchacho que destacaba en el dibujo escolar y que desde muy niño se había sentido atraído por las artes plásticas. Alguien le habló a Mazuelos de las inquietudes de aquel chiquillo de 14 años, hijo de Sebastián y Nati, y un buen día lo hizo venir para proponerle enseñarle nociones de pintura, restauración y talla. Desde aquel momento, Mazuelos trató de conseguir, sin éxito, que Víctor estudiara Bellas Artes. Sin éxito porque la familia del muchacho carecía de los medios necesarios para enviarlo a estudiar a Sevilla. Mazuelos le decía "yo estaría dispuesto a pagarte la carrera, pero tengo nietos y qué dirá mi familia si gasto el dinero en un extraño". Lo animó a alistarse de voluntario para quitarse la mili de en medio y para que le fuera fácil movió hilos en la base militar de Tablada, donde tenía un cuñado general.

Mazuelos el viejo fue un hombre fuera de su tiempo y de su espacio. Su tiempo debió estar lejos de las estrechas y grises paredes de una asfixiante dictadura. Su espacio debió ser de las anchas avenidas por las que circulan libres la cultura y la creatividad. Hay dos razones para calificarlo como Mazuelo el viejo. La primera es porque había nacido a finales del siglo XIX, en 1894 y, la segunda, porque algunos fontaniegos de menos edad pueden confundirlo con su único hijo, Paco Mazuelos, que murió de un disparo en su casa de la calle Mayor. En realidad, Manuel Mazuelos y Concha González de la Rasilla tuvieron otro hijo que murió siendo un bebé. Ante el desinterés de su padre por la agricultura, Paco, "muy galán y algo torero, de viejo gran rezador" se ocupó de las tierras de la familia, desde que cumplió los 24 años, edad a la que dejó inconclusa la carrera de Derecho.

Mazuelos merendaba un caqui, fruta extraña para la gente de Fuentes en aquellos tiempos. Nadie sabe de dónde se los traían, pero cada tarde tenía en el estudio dos caquis, uno para él y otro para Víctor. Doña Concha, su mujer, se hacía maquillar por Mazuelos antes de salir a sentarse a tomar el fresco a la puerta de la calle. Mucha gente de Fuentes buscaba una excusa para pasar por allí y poder ver a doña Concha González de la Rasilla maquillada. Pocas mujeres maquilladas, por no decir ninguna, era posible ver en el Fuentes de la época. Manuel Mazuelos había construido y pintado el cabecero de su cama con motivos chinos. Otros muchos muebles de su casa son obra del artista, al que no se le resistía ninguna de las artes plásticas. Cuando Mazuelos murió de cáncer, con ochenta años, doña Concha se retiró a Santa Juliana, donde vivió hasta 1995. Una de sus últimas voluntades fue que en su funeral le hicieran una misa gregoriana.

(Este artículo ha sido elaborado con informaciones facilitadas por Carmen Aliaga, Víctor López, Juan Corzo y Fernando Pérez Lozano)