Los polos que se oponen, se repelen tanto como se atraen. El blanco, mezcla de toda luz, contradice al negro, carente de ella. El Yin se disputa un círculo con el Yang sin que ninguno de ellos salga victorioso. Los béticos se oponen a los sevillistas, los del Barça a los del Madrid. La existencia universal depende de ánodos y cátodos, galaxias y agujeros negros. Toda CIA, ha de tener su KGB, todo “Control”, su “Kaos”, si no que se lo digan a Maxwell Smart. Los hombres estamos en el lado opuesto de las mujeres, pero ningún polo puede subsistir sin el otro, somos complementarios, simbióticos. No tiene sentido la afirmación sin la negación, el sí no es sí, si no hay un no.

Las religiones siempre han estado atentas al devenir de los miedos. Saben mucho de palos y zanahorias, por eso inventaron tanto el cielo como el infierno. En esa creación, el mal deviene del bien. Así Lucifer, el portador de la luz, uno de los ángeles favoritos de Dios, acaba convirtiéndose en Satán, el presidente de la república de las tinieblas. El malo es condenado por el bueno a tener aspecto de cabra, tener rabo, ser rojo, llevar un tenedor gigante y arder eternamente en las profundidades del averno. Supongo que el destierro al inframundo es producto del despecho. Del amor al odio sólo hay un paso.

Adolf Eichmann, el nazi que dirigió “la solución final” asesinando industrialmente a millones de judíos y no judíos, fue secuestrado en Argentina y ejecutado en Israel por crímenes contra la humanidad. Hannah Arendt escribió un libro sobre Eichmann cuyo subtítulo “la banalidad del mal” se convirtió en un concepto filosófico. Más allá de la brasa que me dio un gallego en una noche espesa creo que el mal se trivializa. Quizá ocurre porque también se frivoliza el bien.

Estados Unidos lanzó, no una, sino dos bombas atómicas en 1945. Oficialmente fue un acto patriótico, una buena acción que acabó con la segunda guerra mundial, que terminó con el mal. Estoy seguro de que a las más de 150.000 víctimas mortales civiles no les pareció un acto bondadoso. La guerra ya había terminado, aunque no se hubiera firmado ninguna rendición. Las bombas sirvieron para demostrarle a Stalin quién mandaría a partir de entonces en el planeta. Miles de japoneses inocentes tuvieron que morir para consolidar el imperio americano.

Estos tiempos de ahora sin corazón son tan despiadados como los de siempre. Da lo mismo la verdad que la mentira porque todo depende del lado en el que nos encontremos para considerar algo bueno o malo. Al creerse en el lado bueno de la historia, el ser humano odia al que está en el lado malo. Muchos encuentran en el odio su modo de vida, necesitan la fobia para respirar. Huérfanos de ética, muchos, demasiados, no saben distinguir lo que está bien de lo que está mal.

¿Qué pasaría si, de repente, todos los migrantes hicieran las maletas y volvieran a sus lugares de origen? ¿Qué ocurriría si una mutación genética hiciera que las mujeres se volvieran calladitas y aquiescentes? ¿Y si los homosexuales y transexuales se “curasen de su enfermedad pecaminosa”? ¿Y si los sindicatos defendiesen los intereses de los empresarios? Para los que necesitan odiar, su vida no tendría ningún sentido, muchos de ellos se quedarían sin trabajo.

Vivimos en un mundo de trazo gordo, analizamos los pros sin los contras, con la filosofía del ande yo caliente y muérase la gente. No es que nos hayamos vuelto egoístas de repente, lo hemos sido siempre, pero ahora hay redes de anonimato. Ahora existe el corta y pega digital de argumentos que justifican las mayores barbaries. Da igual lo grande que sea la rueda de molino. Si la realidad sistémica consigue hacerse pasar por antisistema y se repite mil veces, comulgan hasta los ateos.

Lo importante no es saber, sino aparentar. Ahora los apolíticos son politólogos, los futboleros, expertos en economía, los camareros son psicólogos, los tertulianos saben del pasado, del presente y del futuro y todo el mundo es fotógrafo ¡qué desgracia la mía!

Pobres palestinos, pobres ucranianos. Pobres víctimas inocentes de todas las guerras a lo largo y ancho de la historia. Fueron culpables de no poder defenderse, culpables de estorbar a los intereses económicos, culpables de existir. Los libros de texto terminarán contando cómo los valientes soldados israelíes acabaron con miles de cobardes terroristas que se hacían pasar por civiles en Gaza. Solo el relato es importante.

Para que la realidad se convierta en relato hace falta el silencio cómplice de los que nunca se enteran de nada, los que no ven nada. El silencio y la indolencia también son el mal. Haz el bien y no mires a quién, me contaron las beatas que me prepararon para hacer la primera comunión. Lo que no me dijeron es que toda buena acción tiene su justo castigo.