La película El 47, recientemente galardonada con un Goya, premio compartido con La Infiltrada, ha rescatado del olvido el secuestro de un autobús que conmocionó el barrio de Torre Baró y la lucha obrera de Barcelona. El hecho fue protagonizado por el conductor Manuel Vital, miembro del comité de empresa en representación de CC.OO., y del PSUC en la clandestinidad. Como narra la película, Vital decidió por su cuenta y riesgo cambiar la ruta del autobús que conducía para llevarlo al barrio de Torre Baró, donde vivía, para demostrar que el vehículo podía circular por aquellas intrincadas calles y reivindicar que el ayuntamiento lo dotase del servicio de transporte urbano. El fontaniego Julio Bejarano lo vivió de cerca porque era, como Vital, miembro de CC.OO., del comité de empresa y del Partido Socialista Unificado de Cataluña (partido hermano del PCE).
Pregunta.- ¿Has visto la película El 47?
Respuesta.- No he tenido ocasión, pero conozco bien aquella historia porque Manuel Vital y yo éramos compañeros en el comité de empresa, en el sindicato y en el partido. Aquello fue en 1978, con Franco recién desaparecido y con un ambiente político muy crispado. Yo tenía entonces 32 años y Manuel Vital algo más de 40.
P.- ¿Cómo se vivió aquello dentro de la empresa?
R.- El secuestro provocó un terremoto en la empresa, el ayuntamiento, los sindicatos y los partidos. CC.OO. convocó un comité urgente y le reprochó a Vital que no hubiese avisado y consultado su actuación. Él dijo que no avisó porque creía que no lo hubiésemos dejado y que temía alguna filtración que acabara con la Guardia Civil esperándolo en la avenida Meridiana cuando enfilara en dirección a Torre Baró. Decidimos apoyarlo sin fisuras. Pero la empresa le comunicó el despido y denunció el secuestro a la policía. Menos mal que desde el sindicato y el partido presionamos hasta conseguir que se anularán las represalias. Los otros sindicatos, que estaban en minoría, decían que aquel hecho nos iba a debilitar ante la empresa a la hora de negociar el convenio colectivo, pero seguimos defendiendo a Vital, que era un buen tipo, batallador y honesto.

P.- ¿Cuál era la actitud de la dirección de la empresa?
R.- La jefatura de la empresa, como todo el ayuntamiento de Barcelona, todavía venía del franquismo y practicaba un sistema muy parecido al militar, sin admitir la más mínima contestación. Todo se hacía mediante el ordeno y mando. La empresa tenía entonces más de 6.000 trabajadores, entre conductores, cobradores y administrativos. Un conductor que fuese a hablar con un jefe con un botón de la camisa desabrochado era echado del despacho sin contemplaciones diciéndole que volviera a pedir permiso cuando estuviera debidamente uniformado. En ese ambiente es fácil imaginar lo que supuso que un conductor como Manuel Vital desafiara al mando llevándose un autobús a un barrio marginal de la ciudad y que encabezara una manifestación en demanda de una línea de transporte para sus vecinos.
P.- Vital fue valiente, sin duda.
R.- Le salió bien la jugada, pero también le pudo haber salido mal porque corrían tiempos en los que la democracia estaba en pañales. Se jugó el puesto de trabajo en un tiempo en el que tener el salario fijo de conductor de autobús en Barcelona no era cualquier cosa. Después volvió a conducir hasta que se jubiló en la línea 47 haciendo la ruta entre la plaza Cataluña y la Guineueta. Lo mejor fue que Torre Baró logró disponer de una línea de autobuses y el ayuntamiento se vio forzado a pavimentar algunas calles. Al billete del autobús le llamaban el chupa-chup porque valía lo mismo, una peseta. El de Torre Baró iba siempre lleno y con gente colgada por fuera agarrada a las puertas. Vital, que fue 20 años presidente de la asociación de vecinos, demostró que el autobús podía subir por las complicadas calles de su barrio. Lo que quizás ignoren los fontaniegos que hayan visto la película "El 47" es que en Torre Baró vivieron bastantes familias emigradas de Fuentes, entre otras la de mi tía Trini (Trinidad López Valladares, criada en el Postigo) y su marido Rafael Urbán.

P.- ¿Cómo era Torre Baró?
R.- Lo conocí bien porque iba con frecuencia a ver a mi familia y durante un tiempo trabajé en la carpintería que mi hermano Antonio tuvo allí. El barrio había sido arrebatado a la montaña y estaba compuesto en gran parte por chabolas construidas en plena ladera. Emigrantes andaluces, extremeños, gallegos, murcianos... construían por la noche para que al amanecer la policía no pudiera derribarlas. Carecía de las más elementales condiciones de habitabilidad. Las calles, de tierra -que en invierno eran un barrizal- subían empinadas y sin ningún orden hacia la montaña. Estaría bien que la fama que le ha dado la película sirviera para que lo dotaran de muchos servicios de los que todavía carece hoy en día.
P.- Abandonaste Fuentes en 1962. ¿Qué hacías en Fuentes y cómo fue tu llegada a Barcelona?
R.- En Fuentes no había futuro ninguno. Trabajé en un taller de mecánico que había en la rinconá de la calle las Monjas, enfrente del convento. Me pagaban dos duros al mes, diez pesetas. A Barcelona iba contento, aunque me dolía dejar mi pueblo, porque era una experiencia nueva. Entré a trabajar en un taller de mecánico, donde empecé cobrando 300 pesetas. La diferencia de sueldo con Fuentes era abismal, pero pronto encontré otro taller, en la Diagonal, donde me pagaban 800 pesetas. Cuando me tocó hacer la mili aproveché para sacarme todos los carnés de conducir y así fue como durante unos años fui camionero conduciendo un trailer con dos pisos de coches. Al final, harto de andar por las carreteras, me presenté a la compañía de autobuses urbanos, donde entonces había trabajo para todo el que tuviera el carné de esa categoría.
P.- ¿El salario mensual en los autobuses daba para vivir?
R.- No. Yo entré en 1976 y ganaba 21.000 pesetas (126 euros), insuficiente para vivir en aquellos años. Pagaban tan poco, que muchos abandonaban la empresa al segundo o tercer mes diciendo "yo por este salario no trabajo más". En La Vanguardia había un anuncio permanente pidiendo conductores para los autobuses municipales. Como todos mis compañeros, tuve que buscarme un segundo empleo. Me levantaba a las cinco para estar en la cochera a las seis. Conducía hasta las dos. A las tres entraba a trabajar descargando camiones en Mercabarna y salía a las doce de la noche. De esa forma pude dar la entrada para comprarme un piso y casarme. Era lo que entonces hacíamos casi todos los trabajadores en Barcelona. Me río cuando oigo a los chavales decir que el salario actual no les permite comprar una vivienda. La cosa en los autobuses fue cambiando a base de huelgas y duras negociamos para mejorar cada año los convenios. Aprovechamos la fuerza que la transición política nos dio a los sindicatos para lograr mejoras importantes. Pero a base de luchar mucho.
P.- Ahora parece que la transición fue fácil.
R.- Barcelona era entonces un hervidero de conflictos laborales y luchas políticas, con duras cargas de la policía contra los trabajadores. Raro era el día que no había una manifestación y en la SEAT, donde la policía cargaba a caballo incluso dentro de los talleres, hubo un muerto por disparos de los antidisturbios. Las llaves inglesas volaban en los talleres de la SEAT. Los trabajadores recorrían los polígonos industriales recogiendo dinero para las cajas de resistencia de las empresas en huelga. No había convenio sin huelga. En los autobuses logramos bastantes mejoras, primero salariales y después de representación en los órganos de dirección, pero todo fue a base de muchas luchas, que con frecuencia costaban represalias en forma de despidos y a veces heridos en las protestas. En la huelga del convenio de 1978 fue despedido un compañero de CNT por romper la luna de un autobús.
P.- A los cinco años dejaste de conducir.
R.- Logramos que le empresa aceptara que los trabajadores pudiéramos acceder a puestos intermedios para la organización de la líneas, los turnos de trabajo, los permisos, las vacaciones... Hubo convocatorias internas y así fue como ascendí a inspector, primero en la cochera de la Zona Franca. Coincidí con algunos compañeros que también eran de Fuentes. Creo que en toda la compañía éramos cuatro o cinco fontaniegos. Como inspector, en 2009 me jubilé a los 60 años.
P.- ¿Por qué te hiciste de CC.OO. y del PSUC?
R.- Tenía claro que había que luchar por la mejora de las condiciones de trabajo y compartía con CC.OO. y el PSUC las ideas y la forma de hacerlas realidad. Había que moverse y no tuve duda en hacerlo. Nunca me he arrepentido y creo que la política, digan ahora lo que digan, sigue siendo el único camino para transformar la sociedad los que aspiramos a un mundo mejor.