Yo no digo ni que sí ni que no, sino que en Fuentes las habas tienen mucho cuento que contar. Mucho antes de que existiera Fuentes, hace la friolera de 4.300 años, ya había por aquí gente que sembraba y cocía habas. La Edad del Bronce también pudo haber sido llamada la Edad de la Haba. Dicen que en todas partes cuecen habas, pero como las de Fuentes, en ninguna. Será por eso que las mejores habas del mundo y parte del extranjero las cultivaban los Juanera, Cujao y Niito en los huertos de la finca Avefría, allende el campo pelota, y las vendía Gloria en su puesto de la plaza de abastos. Gloria bendita deberían de haberle puesto en Fuentes a aquella mujer casada con un Juanera y que por estas fechas de los años setenta surtía a medio pueblo de habas, alcauciles y espinacas.
El guiso de habas con alcauciles, pimentón y un huevo cuajao que hace todo Fuentes es sin lugar a dudas una herencia del hombre de cromagnón, que debió de andar por los campos de la Llana regando verduras con una escardilla hecha con la quijada de un mamut. Eso explicaría la afición que hay por aquí a la más antigua de las legumbres. Quien esté pensando en hacer estos días un guiso de habas debe saber que su sabor, el olor de las flores y el zumbido de las abejas alrededor de sus matas están escritos, junto con la chupa y la jiga del palmito, en el mapa genético del fontaniego actual. Las habas sufren aquí la injusticia de que la fama se la lleven los garbanzos, los palmitos y los entornaos. Como si ellas no hubiesen sido las primeras en ser domesticadas en los campos que florecían alrededor de las cavernas de los cerros de San Pedro.

Precisamente un descendiente de aquellos Juanera de la Edad de la Haba emigró en los años 80 del siglo pasado al levante, se metió a camionero y por estas fechas de marzo espera zamparse el fruto de una veintena de matas sembradas en Alfaz del Pi, cerca de Benidorm. Responde al nombre de Juan Fernández y es hijo de aquella Gloria del mercado de abastos casada con otro Juanera. Los Juanera de Fuentes se extinguieron en la Campiña igual que los neandertales, pero no por la presión de los redichos sapiens, sino por el fenómeno de la emigración impuesta por un violento hombre de las cavernas que por aquellos años habitaba en el palacio de El Pardo, en Madrid.
Sin embargo, pese a la lejanía, los Juanera siguen unidos a Fuentes por medio del cordón umbilical de las habas y los alcauciles. Lo mismo que tantos y tantos hombres y mujeres de la Edad de las Habas. Dice Juanera que su mujer congela habas en bolsas al vacío para disfrutar durante todo el año de los guisos con huevos cuajaos, mediante los cuales retorna a Fuentes con cada cucharada. Gloria, la madre de Juanera, vendía en la plaza un kilo de habas por cuatro o cinco pesetas. Un duro por kilo podía ganar con las primeras habas de la temporada. Qué tiempos aquellos. Tan de moda se pusieron las habas en aquellos años, que hubo mayetes que sembraron grandes fincas para fabricar pienso. Creerían que estaban inventando algo y lo único que hacían era aplicar un conocimiento adquirido por sus antepasados de hace cuatro mil años.

A pesar de lo mucho que han hecho por la humanidad, las habas han sido maltratadas con frases despectivas, cuando no señaladas como almas del demonio. A pesar de haber sacado a los pobres del hambre a largo de los milenios, se dice de ellas que son habas contás o que un zoquete es un tonto la haba, un tontolaba. Los romanos no la podían ni mentar en los días dedicados al culto de algunos dioses. Los egipcios creían que los huertos de habas eran la antesala en la que los difuntos aguardaban el juicio antes de ser condenados al infierno o al cielo. Si iban al infierno, al menos lo hacían hartos de habas, que siempre será más llevadero. Por algo será que eran conocidas como la legumbre de los pobres.
No hay que remontarse tanto para dar con almas fontaniegas pendientes de un huerto de habas. Además de los Juanera, de las habas y otras hierbas vivían la Niña del Barranco, la pepita la Kilina, Zacarías y Mercedes, su mujer Mercedes, la Gertrudis que estaba casada con un Plaza, la abuela del cura Ávalos, dos tíos del Cachete, la Pepita de José el viudo y vivían en la calle Mediomanto, un hermano de Fernando que vivía en la calle el Bolo, otro hermano que vivía en la calle San Francisco... En fin, medio Fuentes ha llenado de habas las ollas del otro medio Fuentes.

En ese sentido, Alfonso Moreno, Cachete, es un digno continuador de los habitantes del paleolítico fontaniego. Un resistente contra la moda de traer toda la verdura de por ahí. Aunque ésta sea la Edad de la Haba congelada, el huerto de Cachete da las habas y alcauciles más frescos del mundo mundial. Esta temporada tiene sembrada una hectárea de habas que vende en los supermercados de Fuentes, Morón y Écija. Los antecedentes del cultivo de habas por parte de los Cachete se pierde en la noche de los tiempos. Hortelano fue su padre José María, su abuelo Sebastián y, probablemente, su bisabuelo, cuyo nombre anda perdido por los dobladillos de la memoria, pero no el arte del cultivo de las legumbres y verduras.
Alfonso Cachete es el último mohicano de las legumbres fontaniegas porque sus hijos no seguirán una tradición que se remonta al neolítico y más allá. Hace pocos años laboraban en Fuentes más de cincuenta hortelanos, de los que sólo queda uno. Es el signo de los tiempos. La extinción de la especie. Cierto que no se perderán las habas, pero las traerán de la Conchinchina y sabrán a todo menos a haba. Agua y campo hay en Fuentes para inundar medio mundo de habas. También conocimiento para cultivarlas. Y consumidores de habas dispuestos a pagarlas a buen precio: a 1,50 euros el kilo en este momento. A 2,5 o 3 euros a primeros de diciembre. Cachete tiene habas para seguir vendiendo hasta mediados de abril. Lo que falta es gente joven dispuesta a someterse al sacrificio del hortelano. También faltan ganas de enfrentarse a la cocina de los guisos. Los fritos dan menos quebraderos de cabeza.