De pequeño, en la trasera del piso donde vivíamos y sigo viviendo, abundaba el albero, montículos de tierra y una linde a modo de divisoria de la línea del ferrocarril Sevilla-Cádiz. En primavera, jaramagos y margaritas silvestres campaban a sus anchas, hasta que pasó a denominarse solar y entonces se intentó especular, a pesar del uso social adscrito.
Un parking subterráneo, con zona deportiva en superficie, era la inicial propuesta, si bien no impedía la edificación posterior o simultánea. Mi madre se enteró y empezó su movilización. Al principio eran pocos padres y abuelos, pero pronto la incredulidad pasó a la acción. Hasta el punto que hubo detenciones y hasta aquí llegó la especulación. La difusión en la ciudad de Sevilla llegó a toda su área metropolitana y las autoridades del momento dieron marcha atrás.
Bami sigue adoleciendo como barrio de infraestructuras básicas, como una plaza peatonal con sombra, fuente ornamental, otra de agua potable para beber y calles laterales peatonales en condiciones de disfrute, una biblioteca accesible en el colegio público por las tardes, un pabellón cubierto para cuando llueve, unos juegos infantiles creativos e imaginativos, una parada de línea de metro, cargadores eléctricos en la vía pública -en la actualidad ninguno- un kiosco musical para actuaciones semanales, una torre de biodiversidad y una tienda ecológica para fomento de la alimentación y salud humana.
Antes teníamos un campito y ahora una zona deportiva que cientos de jóvenes, niños y no tan niños, disfrutan diariamente, y es de reconocer que existe gracias a vecinos y vecinos de toda la vida que empiezan por edad a abandonarnos y entre los que se encontraba mi madre, Yeye. Es bueno reconocer buenas personas con buenas acciones.

