Currillo Miseria no había visto Cádiz en su vida. Ni Cádiz ni na de na. Como su propio nombre indica, el hombre lo único que había conocido era la miseria del Fuentes de la posguerra, en la que Currillo se buscaba la vida vendiendo granos, vinos, cochinos, cisco, carbón… Nadie entendía que le apoderan Miseria cuando ese nombre le cuadraba entonces a todo Fuentes. En cualquier caso, a lo que vamos es que Currillo Miseria se apuntó en los primeros años ochenta a una excursión a Cádiz de aquellas que organizaba Carmela la Peluquera. Currillo Miseria, lo mismo que todo Fuentes, había salido de las penurias y quería conocer mundo. ¿Por dónde empezar mejor que por Cádiz en carnaval?
Pocos disfrutaron tanto de aquel viaje como lo hicieron Currillo Miseria y Genaro Crespillo, Potro. La empresa del autocar era Andújar, de Écija, propiedad de los hermanos Madero. Conducía uno de los hermanos conocido en Fuentes como el Barba. Pelirrojo, fumador empedernido, en invierno siempre vestido con jersey rojo y pelliza marrón, el Barba era más enamoradizo que Manolo Escobar y Richard Gere juntos. Tan enamoradizo que aquel domingo se prendó de una gaditana y no quería abandonarla ni a tiros. La subió con los fontaniegos al autobús y daba vueltas y vueltas por la ciudad simulando no encontrar la salida. Por poco tiene todavía a medio Fuentes dando tumbos por la tacita de plata. A su lado, Genaro Crespillo lo animaba diciéndole que aquel viaje le había cogido mayor y casado. De otra forma, se hubiese ido detrás de tantas mujeres guapas que lo rondaban.
En los años ochenta se puso de moda el disparate de hacer excursiones el domingo piñata a los carnavales de Cádiz. ¡Con lo fontanieguista que es la gente de Fuentes, dejar su carnaval para irse al de Cádiz! El caso es que, aunque cueste creerlo, así fue y, deslumbrados, Currillo Miseria y Genaro Crespillo andaban por allí como si estuvieran mismamente en las calles de Nueva York. ¡Cuánta gente, cuántos edificios, qué puente tan grande es el que cruza la bahía! El Golden Gate de San Francisco, pero en Cádiz. Nueva York es Fuentes con más americanos, la Carrera es la Quinta Avenida con más salero.
A ojos de Currillo Miseria, el carnaval gaditano era como el de Fuentes, pero a lo bestia. A ojos de Genaro, Cádiz era igual que Fuentes, pero con miles y miles de mujeres guapas. Nunca Currillo había visto una ciudad atestada de gente y de murgas. Parecía la ciudad de las murgas, aunque sin murgas porque allí las llaman chirigotas, cuartetos, comparsas, coros... Imaginaba aquella guasa todo el año por las calles y no cabía de gozo. En un alarde de cosmopolitismo, el hombre dijo que Cádiz parecía Marchena rodeada de mar. Propio de un hombre muy viajado pareció aquel comentario a la concurrencia. Su amigo el Potro no dijo nada, pero pensó para adentro que Currillo exageraba la belleza marchenera comparada con el desfile de modelos de las mujeres de Cádiz.
Para el viaje todo el mundo llevaba la comida de casa diciendo que los bares de Cádiz iban a estar repletos de gente. El autobús olía a Jueves Lardero, aunque sin la ventilación de la Fuente la Reina: a tortilla de papas, a filete empanado, a chorizo, a morcilla y a papas aliñás. En El Cuervo, el Barba no tuvo más remedio que parar a cambiarle el agua a las aceitunas y, de paso, a rociar un poco de ambientador. Eso fue a la ida porque, a la vuelta, el autobús ya no olía a morcilla, sino a una mezcla de nostalgia por pisar de nuevo Fuentes, de humanidad y de testosterona mal disimulada. Por otra parte, había sido un acierto echar la talega porque en Cádiz la gente se daba tortazos en los bares por conseguir un café. Hubo que almorzar de pie en la primera plaza encontrada a mano.

Poco tardaron los excursionistas fontaniegos en echar de menos las tapitas del domingo piñata ancá Antonio el Parro esperando ver pasar las carrozas y el desfile de majorettes que adornaron el carnaval por aquellos años. Con el tiempo, el carnaval de Fuentes ha ido perdiendo sus mejores plumas. Ya ni circo, ni carrozas ni majorettes hay, que dicen que era una atracción machista. Es verdad que las majorettes eran una costumbre foránea -de USA por lo menos, como el puente de la bahía de Cádiz- y que el circo que venía a Fuentes en carnaval carece de atractivo para los niños de hoy, más pendientes de la pantalla del móvil y la table que de las fieras, los trapecistas y los payasos de la pista.
Ha llovido una jartá desde aquellas excursiones de Carmela la Peluquera. Especialmente este año, que no ha dado tregua ni un día para el disfrute del buen fontaniego y la buena fontaniega. Malhaya el corazón de este carnaval pasado por agua. Si nunca llueve a gusto de todos, este carnaval ha disgustado a tirios y a troyanos. Si viviera Currillo Miseria habría estado buscando máscaras por la Carrera. Lo primero que Currillo hacía cuando veía venir una nube negra era ponerse sus botas de agua. Este año se habría calado sus botas, una máscara, un sombrero de paja y habría echado a andar a grandes zancadas Carrera adelante cantando “si buscas un peluquero que te pele con esmero, esa peluquita bella que parece Labella y te resalte la cara, pos que te pele el Vergara".