¿Habrá cosa más unida a la historia reciente de Fuentes que la estercolera?  ¿Más íntimamente cosida a las entretelas de la vida fontaniega y, a la vez, lejana y olvidada? La estercolera era el lugar al que iban a parar las porquerías antes de que se inventara el carrillo azul de Manolo Perrojato y su borrico. Luego vino el camión de la basura de Rafael Tío los Hierros. En Fuentes, el estercolero castellano se hace femenino y se llama estercolera. En Canarias han hecho suya la feminización diciendo que es un canarismo, cuando estercolera se ha dicho en Fuentes toda la vida de Dios. Será porque en Fuentes todo lo que conlleva sentimiento recóndito o vínculo ancestral con la tierra, lo que realmente importa, tiene voz femenina.

En la estercolera se criaban las gallinitas ciegas, nombre que sugería a los niños de aquellos años historias propias de los tremebundos cuentos de los hermanos Grimm. Las gallinitas ciegas ni eran gallinas ni eran ciegas, sino gusanos rechonchos, proyectos de escarabajos que deleitaban a las verdaderas gallinas que pululaban siempre alrededor de las estercoleras. Las estercoleras eran como volcanes activos de los que brotaban churre líquido en ríos de lava que recorrían las laderas de Fuentes en busca de los albañales del Rueo. Metáfora de una época, sustancia de lo que éramos, mal que nos pese.

Los fontaniegos que nunca hayan visto una estercolera, que en estos tiempos son multitud, deben saber que eran montañas de excrementos situadas al final de cada casa, en el corral, ni demasiado cerca para evitar los malos olores, ni demasiado lejos para dificultar la eliminación de los abundantes desperdicios que generaban muchas casas de Fuentes. Antes de continuar con esta crónica de la nostalgia conviene aclarar que la composición de basura es una de las cosas que mejor definen a un pueblo y que explican su momento histórico. El alma de un pueblo está reflejada en su basura como en ninguna otra cosa. Somos lo que excretamos.

Predominaban en las estercoleras la paja enmohecida, los cagajones de los mulos, la majás de las vacas (boñigas), los purines de los cochinos y el guano de las gallinas. Era lo que abundaba en las casas. No hubo nunca plásticos ni cartones en las estercoleras de Fuentes. La basura actual está a años luz de la antigua. No había olor a pescado podrido porque los boquerones no tenían tiempo para pudrirse, las cabezas de las pescadillas servían para hacer sopa y las tripas se las comían los gatos antes de que llegaran a la estercolera. A nada olían las estercoleras. O sí olían, pero estábamos acostumbrados a convivir con aquellos rudos olores acres, ácidos, podridos, reconcentrados.

Lo más parecido a aquellas estercoleras de antes son las redes sociales, permítasenos la licencia. Apestan de forma similar a rancio, a podredumbre y a odio reconcentrado. Va con los tiempos. A ellas van a parar los cagajones de ahora, las boñigas, los purines y el guano mental. Es un tufo inquietante que impregna los cerebros y adormece los sentidos. Tiene la ventaja sobre el pasado de que no alimenta, al menos de momento, las fosas comunes de las cunetas ni los fusilamientos en las tapias de los cementerios. De momento.

En el Fuentes de las estercoleras había zahúrdas en las que cebar a los cochinos, especialmente las casas algo acomodadas, donde sin discriminación racial cebaban dos cochinos, uno blanco y el negro. El primero para el tocino y el segundo para las carnes mejores. Los vecinos estaban acostumbrados al olor de los cochinos y de las vacas que bastante vecinos tenían en casa para el consumo familiar o para vender. El fontaniego estaba hecho a convivir con la cuadra del borrico y los mulos, con el gallinero, con las vacas, con el cuarto de la paja y con el soberao del grano.

Cuando llegaba el momento de aliviar la estercolera, aparecía Pepe Sarapio con el carrillo y el angarillón, cargaba con la ayuda de los sufridos hermanos Corteza, cobraba la tasa municipal y adiós estiércol, adiós olores, adiós gallinitas ciegas. Había estercoleras para el estiércol de cochino y mulo, como la que tenía José Ruiz Roete cerca de la muralla o Matilde Malaspatas en la plaza abajo. Buen estiércol sacaba Rafael Muñoz "Turutu" de su granja de pollos. Lo mismo que Miguel Atienza de la Peñuela, cerca de la Matalvira, y el niño Escalera de sus cuadras de caballos. Buenas flores daban las macetas estercoladas. Donde hubo una estercolera, buen jardín florece. Y buen dinero hicieron algunos vendiendo el estiércol de las vaquerizas de Fuentes, retirado por camiones venidos de Málaga para alimentar tomates, pepinos y pimientos de la huerta.  

El Fuentes de las estercoleras en los corrales impregnaba el aire de intensidad familiar, de actividad agrícola y ganadera. Tal como éramos. No quedan corrales, ni estercoleras, ni siquiera intensidad familiar, apenas actividad ganadera y la agrícola ha sido desterrada lejos de los hogares. Donde antes hubo una cuadra y una estercolera ahora suele haber una piscina para regocijo de la chiquillada -bueno, hablar de chiquillada es una exageración- y la escasa basura que las casas generan va camino del vertedero de Marchena empacada en confortables vehículos inodoros. Ahora la gente de Fuentes no quiere ni carne de borrego porque huele demasiado fuerte. Alma de Fuentes.