Ante la buena acogida de los lectores y lectoras del anterior artículo, especialmente de la autoridad competente, he decidido seguir con el tema tan querido de nuestro carnaval emulando, sin que sirva de precedente, al carnaval de los “jartibles” de Cádiz. Bien es sabido que el carnaval era una festividad cuyo fin principal era organizar sátiras y burlas contra las autoridades y el orden social establecido. Esto último dio lugar a los famosos mascarones que, vestidos de mujer de la forma más estrafalaria posible, se adueñaban de la calle infundiendo miedo a los niños y niñas, A la vez, eran una atracción a lo prohibido, que nos hacía ir detrás de ellos provocando sus bromas, a veces pesadas, corriendo el peligro de llevarse algún coscorrón de la mano o la escoba del mascarón.
Desde el momento en que el carnaval se reglamenta no puede ser sino una fiesta más, donde debe reinar el buen gusto y la competencia. Cada cual debe mostrar el disfraz más elaborado, más original y más acorde con las modas del momento.
Hubo en nuestro pueblo, por los años setenta primeramente y noventa después, un antropólogo americano, David Gilmore, que estudió nuestro carnaval escribiendo sobre él en varias obras suyas. En los años noventa tuve la suerte de ser una de sus informantes. Lo que más destacó fue esa inversión del orden social como parte primordial de la fiesta y la licencia que sobre lo escatológico se gozaba en los días de carnaval. Poco queda ya de ese carnaval tan nuestro y a la vez tan universal donde una mujer “casada y decente” podía bailar a su marido en la puerta de un bar sin que éste la reconociera, después de haberse aliviado de aguas menores en un portal de una familia de bien o la mirada atónita de unas niñas mirando como un mascarón comía “cagajones”, o al menos eso era lo que parecía.
Sí, los tiempos cambian y con ellos las maneras de vivir las fiestas. No pretendemos ser inmovilistas, pero sí reconocer que la máscara es un personaje que, igual que en las tragedias y comedias griegas, representa un personaje que vive una catarsis. Si no, que se lo pregunten a la máscara del baile delante de su marido. Como hoy se representan como inmortales las obras de los clásicos griegos, dejad que los personajes ancestrales del carnaval revivan por unas horas creando pertenencia a un grupo, una sociedad y a su cultura popular.
Ahora sí, ahora renuncio a seguir hablando del carnaval. Por ahora, aunque la autoridad me lo pida.