No sé si empezar con el consabido “Querida Teresa”. Me da pudor a pesar que te conozco desde hace mucho tiempo. No estoy segura de si puedo tomarme esas libertades contigo, una persona que para los creyentes está en presencia de Dios y eso impresiona incluso a las no creyentes. No creyente en la iglesia que te hizo Santa, pero sí creyente en tu persona. Hace tiempo que te voy buscando en tus escritos y en los que otras personas han escrito sobre ti. Como aquello que escribió Ramón J. Sénder en su libro “El Verbo se hizo sexo”, que habla sobre ti, Teresa: “No me he propuesto al decir “el verbo se hizo sexo” rebajar al Verbo, ni a la santa, sino en todo caso elevar el sexo, que tanta importancia tuvo en el misticismo”.
También te he seguido en el cine y la TV: en aquella serie inolvidable protagonizada por Concha Velasco y, más reciente, en la película “Teresa”, dirigida por Paula Ortiz. Sólo una mujer podía recrear en imágenes la obra de teatro “La lengua a pedazos”, del dramaturgo Juan Mayorga. Contemplar el primer plano de Blanca Portillo con el brazo de Jesús acariciándole el rostro es ya un goce suave y místico, y digo bien, goce del que tanto nos hablas.
He aprendido a gozar entre los pucheros de la cocina, atendiendo a las cosas pequeñas, al canto de un mirlo en la mañana, al olor del limón recién cogido del árbol del patinillo, ese espacio encerrado entre cuatro paredes que a veces es jardín interior, a veces selva amazónica, a veces un lugar sosegado donde leer al sol, ese sol que nos da la vida que después del invierno nos brinda el calor, ese calor suave antes de los ardores del estío, ese que nos adormece y nos hace suspirar la brisa fresca de la noche, esas noches maravillosas de verano anunciadoras de las estrellas fugaces. Tú sabes que esas estrellas, que nos hacen pedir deseos, sólo son polvo esparcido por nuestra atmósfera después de viajar por el universo formando rocas eternas para nuestro sentido del tiempo. No importa, verdad, están ahí en las noches de agosto para hacernos soñar y gozar, siempre el gozo.
Quisiera preguntarte, a ti que fuiste una mujer tan valiente que hiciste frente a la Santa Inquisición, el terror de tu tiempo, que escribiste sólo lo que tu confesor vigilante te autorizaba, tu tiempo histórico no te dejaba otra opción. Cristina Morales en su novela “Ultimas tardes con Teresa de Jesús” te ha hecho hablar a través de la literatura todo lo que no pudiste decir en tu época. Te ha hecho decir lo que piensas de este mi tiempo, de nuestro amor al fingimiento y a la apariencia -postureo lo llamamos ahora- donde el planeta Tierra, ese que tu amado Jesús creó, según tu fe, para que sintiéramos su amor por nosotros, para poder vivir sin tener que desear más vida que la unión con el amor divino (para mí, el amor al universo entero) lo que piensas de que olvidemos lo efímero de todo lo humano y solo pensemos en el hoy sin plantearnos el mañana, lo que vamos a dejar a los que heredarán la tierra.
¿Cómo lo ves desde allí donde estés? Supongo que nos mirarás con indulgencia o con ese genio que a veces te invadía cuando tenías que aguantar las vanidades de marquesas y otras aristócratas que querían tenerte a su lado por “postureo”. Supongo que te habrás acostumbrado a esta palabra. A propósito de las palabras, tengo que decirte que desde que descubrir tus escritos me cautivó tu forma de escribir, de decir. Me caíste bien desde el principio y eso que entre tú y yo hay más de cuatro siglos y dos cosmovisiones distintas. En fin, Teresa, que te agradezco lo que has hecho por mí, por enseñarme a gozar de lo pequeño y dar gracias a la naturaleza, Dios la llamas tú, y no tener miedo a las dificultades de emprender tareas que parecen imposibles. Un abrazo y saludos ahí arriba, siempre es bueno estar a bien con todo el mundo, por si acaso.