El verano del calendario se agota, el climatológico parece no tener fin. Los veranos ya no son como los de antes, nada ha sido nunca como fue. No hay que dejarse arrastrar por la nostalgia, todo muere para regenerarse. En contra de lo que tipos cargados de ignorancia y ansias de autoritarismo vomitan en las redes sociales, con Franco no se vivía mejor, sino mucho peor. Eso sí, los que vivimos los coletazos del régimen éramos más jóvenes y despreocupados. Muchos de los que escriben sandeces tales como que había libertad, trabajo, orden y ley, no habían nacido. Tampoco les enseñaron en la escuela lo que fue la sangrienta dictadura de  Franco porque a enseñar historia, la derecha siempre lo ha llamado adoctrinamiento. Sé lo que es el adoctrinamiento porque fui adoctrinado en la escuela nacional-católica.

Franco era caudillo de España por la gracia de Dios, lo que significaba que fue un traidor a la patria por la gracia de sí mismo. Se sumó a un golpe de estado fallido que dio origen a una guerra civil. Perdió la democracia, ganó el dinero y los militares cuarteleros africanistas que creían vivir aún en un imperio, una iglesia ultra que gozaba de enormes privilegios desde la alta Edad Media y la versión hispánica del fascismo italiano. Los que reescriben la historia a su antojo no son nostálgicos, nostálgicos son los que añoran a Luis Aguilé. Los que quieren que vuelva la dictadura, o pertenecen a las familias que se beneficiaron del régimen o son directamente imbéciles.  

Tener nostalgia de los años setenta en mi caso es otra cosa. En mí siguen varados los veranos de mi infancia y sus domingos en la piscina de aguas calientes en Pinos Puente y  “Fantasy” de “Earth Wind & Fire” sonando por la megafonía. Otros domingos íbamos a Salobreña o Torrenueva, las playas más cercanas a Granada. Las caravanas a la vuelta duraban horas, pero “sarna con gusto…”. Había alternativas aún más baratas consistentes en ir al río Dílar, La Fuente de la Bicha en el Genil, el río Aguas Blancas… o a cualquier regato cercano con pozas para bañarse en las aguas muy frías del deshielo de Sierra Nevada. Todas las ciudades y pueblos del país tenían ríos y piscinas o playas cercanas a las que ir durante todo un día. Siento nostalgia de aquellos madrugones, aquellas tortillas de patatas y filetes empanados regados con Fanta de naranja ¡Qué poco pijos éramos entonces!

Los padres y madres de aquella época, no solo los míos, eran auténticos héroes que criaban cinco hijos de media, sufriendo represión, pobreza y en muchos casos, emigración. A esos mismos, ahora mayores, un grupo de niñatos que nunca han dado un palo al agua quieren quitarles las pensiones. Cuánto esfuerzo para crear un estado moderno basado en el respeto, la justicia, la solidaridad, los derechos civiles y la democracia, un estado del bienestar, para que unos privilegiados usen a matones (de momento de palabra) para dinamitarlo todo con embustes, insultos y amenazas.

Echo de menos el sentimiento de pertenencia a una clase social, la clase obrera, que había en mi barrio. Cuando llegó el invento de la clase media todo el mundo se desclasó. Los currantes pasaron a ser empleados y los autónomos empresarios, aunque todos seguían siendo unos tiesos. Ahora este país es mucho más rico y también mucho más egoísta, la ignorancia sigue igual, aunque ahora se alardea de ello.

En la tele Iberia vi como Nadia Comaneci triunfaba en las barras asimétricas. Tras quitarme la camiseta de Montreal´76 para no quedarme pegado al sofá tapizado de skay de color verde eléctrico, merendé un bocadillo de pan con aceite y azúcar que había dejado descansar en un plato Duralex de color ámbar sobre la mesa de railite. En mi casa no había ni siquiera un ventilador. Antes no hacía tanto calor como ahora, eso también ha cambiado aunque hay quien no lo quiere ver. En aquellos años ni mi imaginación ni la de nadie daba para pensar que algún día viviríamos en uno de los mejores países del mundo y que aún a pesar de eso, estuviésemos constantemente hablando del borde del abismo como dicen los agoreros ultras, hecho que ocurre sólo cuando ellos no gobiernan.

Esperamos el futuro como si tuviera que ser obligatoriamente mejor que el presente. Supongo que esto ocurre porque los que tenemos edad y memoria recordamos aún con cariño un mundo mucho peor que este. Pero nada hay garantizado, lo que costó tanto tiempo y esfuerzo levantar se puede hundir a posta en momentos. La acción destructiva de unos triunfará si se suma a la inacción de otros. Podría darse el caso que dentro de unos años alguien escriba un artículo que hable de la nostalgia del pasado, nuestro presente, afirmando que fue mucho mejor y que tenga razón.  Mi patria es mi infancia, pero no fue el país de “Nunca Jamás”.