El ayuntamiento y el palacio de Ulloa resplandecían bajo una iluminación ceremonial. Las manecillas del reloj marcaban la una de la madrugada. Las calles eran ya una alfombra de vasos de plástico, vidrios rotos y colillas sobre la que bullía una algarabía de bailes y gritos. No eran pocos los que ya caminaban con el paso perdido. Una pareja de policías sorprendió a tres jóvenes que, en pleno delirio etílico, aullaban y bailaban semidesnudos sobre el techo de un coche, uno de ellos, rey de la bacanal, con la cabeza coronada por una escupidera Una muralla de altavoces flanqueaba el escenario. La alfombra roja cobraba vida con la presencia de don Vicente Espetaperro en el proscenio, supervisando la megafonía.

Allí, sobre la tarima, bajo la mirada severa del obispo Agustín Galafate y entre los acoples agudos del sonido, aquel colaborador ocasional de pompas fúnebres dirigía la prueba acústica. Tenía la boca casi desdentada pegada al micrófono y vestía su emblemática guayabera azul marino. Pero, en lugar de las típicas palabras de ensayo —«sí, sí, hola, hola, ¿se me oye?, ¿se me oye?»— intimidado por la presencia de su ilustrísima, impostó un tono grave y, como si persiguiera un eco catedralicio, salmodió:

—Pecadooooo, pecadooooo, amennnnn, amennnnn.

Mientras tanto, su sobrino —otro vástago de la misma estirpe nudosa y flaca— se encargaba de mejorar el sonido. Verlo manipular con histriónica convicción los mandos del amplificador, aferrado Dios sabe a qué asidero teórico, constituía un espectáculo desconcertante. Los ojos clavados en las agujas de los niveles, la boca entreabierta y la cabeza ladeada hacia el aparato: la imagen de alguien en trance, empeñado en descifrar el misterio de las dramáticas resonancias que su tío profería por el micrófono. En ningún momento perdían la solemnidad; una solemnidad exenta de presunción. Era difícil entender qué extraño mérito les habían reconocido a aquellos dos pájaros para encomendarles la tarea que tenían entre manos.

Terminada la prueba, todo quedó dispuesto para comenzar. De inmediato, una cuadrilla de camareros de gala desplegó bandejas con viandas primorosamente dispuestas y cristalería reluciente. La cúpula política, religiosa y judicial —insultantemente peripuesta— y los invitados de mayor alcurnia subieron a la tarima para departir bajo el cuidado de aquel distinguido servicio. Entretanto, los del mono azul repartían bocadillos, refrescos y banderitas pontificias entre la muchedumbre que permanecía fiel a sus sillas plegables. Con todo dispuesto, el obispo, antes de dar inicio al festín, santiguó el banquete con dos pinceladas solemnes al aire, ejecutadas con impecable profesionalidad.

En el escenario el alcalde, el obispo y otras fuerzas vivas —incluido el salseo— se atiborraban de delicatessen. Algunos comensales, amedrentados por la muchedumbre airada, vacilaban entre persistir en el banquete o retirarse con discreción ante el amenazante destello de los flashes. Julio Osorio y el prelado parecían empeñados en que nadie abandonara la mesa, como si temieran que la deserción pudiera desplomar la farsa. Pero la gula es un instinto difícil de contener: algún glotón se permitió un último bocado infinito. Aquella postrera concesión al estómago desató una andanada de insultos, improperios y mofas de toda índole. El alcalde, mientras tanto, se acariciaba el vientre con deleite, ajeno a la inquietud. Recordé la reciente columna del profesor Escolástico de Prada:

“[...] cierto fenómeno, de naturaleza afín a la transustanciación, por el cual la esencia espiritual del cuerpo ciudadano se encarna en quien ostenta la representación pública. Se colige que los alimentos ingeridos por el mandatario en acto de servicio revisten un carácter puramente mediador; de modo que quien verdaderamente se deleita con tales manjares no es el portador del cargo institucional que, en nombre de la colectividad, se somete al duro sacrificio de la vianda pública, sino el ciudadano de a pie: la abnegada ama de casa, el esforzado obrero; en suma, esa amalgama que hemos convenido en llamar gente corriente.

«Vaya sorpresa: no sabía que fueses devoto del socialismo autogestionado yugoslavo, ese milagro político de la era de Tito tan generoso que permitía al pueblo viajar en limusina por mediación de sus representantes», ironizó Merlín Folgado durante una tertulia radiofónica en la que coincidía con el autor del artículo. También aludió al texto de De Prada en un célebre artículo, “Elogio del palillo de dientes”, cuyo título evocaba el tormento que padecía la alta institución en otro pasaje del texto, al hincar aquellos tenedores de diseño. «Habrá que esperar —me dije— a que el tiempo dicte si este título acabará dando nombre a la propaganda refinada».