“Andrés, te llama la directora. Eso fue lo que me dijeron el día que mi viejo se murió. Yo entonces odiaba la heroína, me bastaban con los porros. Ahora es igual, aunque de vez en cuando me meto una raya que otra. La directora me miró con cara de lástima. Estaría pensando: pobre, su padre siempre fue un drogadicto y él va por el mismo camino. Se irá sin acabar la ESO. Se equivocó a medias; tengo la titulación por la Básica, pero para lo que me ha servido.
Para servir desayunos, en el bar ese que tuve que dejar por culpa del gilipollas aquel que se quejó de que el café estaba frío y la tostada quemada y diciendo que dónde había aprendido el oficio. Me calentó la sangre. Intenté echarle el café por encima solo para demostrarle que no estaba frío, pero el tío intentó esquivarlo y entonces fue cuando yo lo ayudé a caer, fue divertido. No me importó que poco tiempo después de aquello me dejara la Carmen, total ya por entonces no aguantaba sus consejos de niña bien. Poco antes de morirse, mi padre desaparecía días y días de la casa. Una vez, mi madre y mi abuela tuvieron que ir a buscarlo al barrio las Vegas. Se había metido en un buen lío, debía dinero a un camello. Mi abuela sacó todos sus ahorros de la Caixa para sacarlo de aquel barrio. No me importó mucho que se muriera.
Recuerdo cómo la maestra de la Básica me miraba cuando llegaba el buen tiempo. Yo me ponía la camiseta ajustada y se me señalaban los músculos de gimnasio, con mi pelo rubio ondulado que me peinaba antes de salir al recreo mirándome en la pantalla del ordenador. Mi abuela siempre me decía que tendría muchas novias con este cuerpo y esta cara.
A quien más he querido ha sido a la Carmen. Ella también me quería, pero siempre estaba diciéndome que dejara los porros, que buscara un trabajo cuando me echaron del bar. No podía soportar su monserga. Además, la Merche le decía que si yo la controlaba, que si era un maltratador. Total, porque un día le di un bofetón, qué bestia fui, porque no dejaba de tontear con el pijo del Carlos y solo porque tiene un cacho coche como la hostia. Las mujeres te complican la vida. La Carmen siempre pregunta por mí a mi abuela y le dice que me dé recuerdos. Ahora anda con el Lavandero que tiene un taller de motos y les va muy bien, pues le deseo lo mejor.
Lo que sí me gustaba de la Básica era cuando la maestra nos hacía escribir redacciones después de las vacaciones de Navidad y Semana Santa. No sé por qué siempre me ha gustado escribir, será porque mi abuela me leía cuando iba a verla y me contaba cuentos. Hasta la maestra me felicitó un día por una redacción. Me dijo que escribía bien y que debería seguir escribiendo. Déjame en paz le dije.
Creo que la maestra le tenía miedo a mi metro ochenta y cinco de estatura. Si no ¿cómo se explica que no me expulsara nunca de la clase cuando gritaba, cuando no hacía nada más que armar follón o cuando le hablaba como me daba la gana? El Mediocorte me decía que era porque yo le gustaba. No sé. A mí en realidad me daba lástima, era buena gente. Cuando aprobé me felicitó por las notas. Me dijo que siguiera estudiando, que podía hacer el módulo que quisiera.
Solo mi abuela se preocupó de averiguar eso del módulo, pero al final mi vieja me mandó a trabajar con mi padrino a la chatarrería. Dos semanas duré allí. Mi padrino me dijo que me fuera porque llegaba todos los días tarde y emporrao. Por eso me coloqué de camarero en el bar ese del que salí pitando. Ahora ando con el trapicheo, pero tengo pensado un negocio que en cuanto pueda me va a sacar de esto. Se trata de montar una chatarrería como la de mi padrino, que es primo de mi abuelo, pero con piezas de coches de lujo. Claro que esas piezas habrá que sacarlas de algún sitio y eso ya no se puede contar.
¿Y por qué cuento todo esto? No sé, tal vez porque he leído una novela durante el tiempo que he estao en el hospital por un problemilla que me dio un navajazo el Correpoco por tonterías. Vamos, que decía que yo le debía dinero y me han entrado ganas de escribir. Creo que lo hago fatal, pero poco a poco a lo mejor sirvo para esto”.