Veo a una pareja mayor, caminan muy despacio cogidos de la mano, como dos adolescentes, como yo cuando tomé por primera vez la mano de aquella chica. Temblaba de emoción, no había nadie más nervioso en el mundo. No hay edad para amar, como no la hay para soñar. Somos como los pingüinos (unos más que otros). Andamos despacio sobre dos patas y somos monógamos, nos emparejamos de por vida (unos más que otros). Claro que también hay monógamos múltiples, quizá todos lo somos, encadenamos parejas hasta dejar la naranja sin zumo. Repetimos una y otra vez, hasta que encontramos a la persona de nuestra talla, que nunca es perfecta. Lo habitual es que nos acoplemos por amor, ese maravilloso estado de narcótica estupidez, en el que pensamos que la persona amada es la más hermosa, la más inteligente, la mejor amante. Ni siquiera es de este mundo.
“Fly me to de Moon”.
Llegan las promesas de amor eterno y los contratos escritos en el viento, se impone la convivencia. Hay que ordenar el tablero, el juego y la batalla. Trazamos líneas de muchos colores, también rojas. El cura/juez bendice con la biblia o la constitución en la mano, el amor a perpetuidad. Después del convite o del acto de arrejuntamiento alegal, comienza la carrera de fondo, llena de curvas, baches, desatinos y olvidos, el desgaste cotidiano con frecuencia conduce al adiós.
“¡Qué poco dura la vida eterna!”.
Si dos personas libremente son capaces de soportarse durante años, sin tirarse a la cabeza la fuente de porcelana, regalo de la tía Merceditas, se acaban convirtiendo en el arquetipo de matrimonio. Desayuno a desayuno, va pasando el tiempo hasta que los lunares se convierten en verrugas. El amor de nuestra vida deja de toser como los ángeles y descubrimos que ronca, “al contrario que nosotros”. El amor, el de verdad, está lleno de viajes al supermercado y salidas a deshoras a bajar la basura. La vida de los amantes perpetuos transcurre entre broncas y reconciliaciones. Todo mucho más prosaico de lo que creen los adolescentes, nadie se muere de amor.
Los boleros saben mucho del dolor de amores. Son micro relatos imposibles de corazones astillados con música de piano, maracas y trompetas de tristeza. No hay estado más creativo que el de la pena negra. Dos amantes bailan abrazados, aferrados a la noche, rogándole al reloj que “no marque las horas, que nunca amanezca”. Saben que sus vidas acabarán en cuanto despeguen sus mejillas. Algo se habrá muerto para siempre en cuanto dejen de olerse.
Un amor tan grande, de esos que no caben en ningún bolero, se sustenta en la admiración, sin ella adorar es imposible. No podemos ser tan necios como para perder lo que más queremos, sólo porque la perfección no existe. Toleramos, soportamos y resistimos porque encontrar a alguien que nos aguante tal cual somos, tan llenos de neuras, manías y egoísmos, es un auténtico milagro. A menudo no nos soportamos ni nosotros mismos… Por eso, “el que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide” como cantaba Gigliola Cinquetti, pero sin olvidar que “tres cosas hay en la vida”, dinero, dinero y dinero. Hasta para amar hace falta dinero, no basta con panes y cebollas.
Mucha gente se pregunta si perdonaría una infidelidad. Claro que primero habría que determinar qué es una infidelidad, si se peca de obra o de pensamiento. ¿Es infiel imaginar islas desiertas en compañía? ¿Es una traición intercambiar miradas? ¿Los besos cuentan? ¿Puede morirse uno habiendo probado una sola fruta de la pasión? Ante la infidelidad aparece la representación impostada de la tragicomedia italiana, que suele quedar en opereta o en separación. Como dijo Berlanga “Yo perdonaría antes una infidelidad, que encontrarme pelos en el lavabo”. Amar es aceptar y perdonar, no poseer. A ver quién le explica esto a los cobardes asesinos que matan a sus mujeres con la excusa de “la maté porque era mía”.
Lo mejor que le puede pasar a alguien es amar y ser correspondido, pero a veces se deja de corresponder, se deja de querer. Llega el desamor, maldito desamor, con palabras crueles, arrebatos y despechos; son la constatación de que el paraíso no existe, de que nunca ha existido.
Amar hasta el colmo es admirar hasta el fondo. Aceptar las imperfecciones ajenas es lo que nos diferencia de los dioses. No se puede vivir teniendo el corazón de acero inoxidable, inconmovible por cobarde, solitario por olvidado. Amamos a personas que cada día matan un poco a su yo de ayer, nunca se repite un día. La vida en común está llena de domingos por la tarde, renuncias y negociaciones al límite, de amigas entrometidas y pesados amigotes, de cuñados y suegras. Pero merece la pena ver su cara junto a la tuya al despertar, compartiendo su vida contigo. Eso compensa la discusión sobre a quién le toca bajar la basura esta noche.