Una vez, hace algunos años, dimos con nuestros huesos en una jaima solitaria perdida en mitad del desierto al sur de Nador (Marruecos). Los habitantes de la tienda de campaña, casi todas mujeres -los hombres probablemente habían emigrado a la ciudad o a Europa- que tenían lo justo para sobrevivir en mitad de la nada, nos acogieron ofreciéndonos dátiles, un té muy azucarado y frutos secos. No les pedimos nada, pero nos dieron lo mejor que tenían, aun a costa de su propio bienestar, y nos invitaron a quedarnos el tiempo que quisiéramos. Cuando les dejamos atrás, la conclusión fue que la gente que menos tiene es la más generosa y que, con frecuencia, la más roñosa es la que nada en la abundancia.

El recuerdo de aquella experiencia lo ha traído la campaña de “prioridad nacional”, acuñada por el demente Donald Trump y abrazada con entusiasmo por la desalmada derecha española. Los españoles primero, repiten como loros los acólitos del emperador desquiciado que lanza misiles desde su despacho blindado de la Casa Blanca. Por eso dicen que los extranjeros son unos privilegiados y que nada más llegar son agasajados por el gobierno con viviendas, medicinas gratuitas y salarios generosos.

Es mentira y lo saben, pero lo repiten pensando que siempre habrá incautos que les crean y les voten. La mentira es su principal baza política. Antes han mentido acusando a los partidarios de la igualdad de género de atentar contra los derechos de los hombres. Las personas migrantes sufren lo mismo que los andaluces las dificultades de la falta de viviendas, agravadas en su caso porque muchos propietarios desconfían de ellos, y la saturación de los servicios sanitarios provocada por la falta de inversiones públicas para arrimar negocio a las aseguradoras privadas. Las personas migrantes contribuyen al enriquecimiento de Andalucía con su trabajo, sus impuestos y su consumo.

Frente a la “cultura” del rechazo al forastero, tan ajena a nosotros, a los andaluces nos educaron diciéndonos que al que llega de lejos hay que darle de comer y beber, así como dejarle el mejor cuarto y la mejor cama de la casa. Siempre hemos creído que la hospitalidad es un rasgo distintivo de la cultura andaluza. Un símbolo de ello es que las puertas de las casas de nuestros pueblos han estado abiertas desde buena mañana hasta la hora de irse a dormir. Quien quiera entrar tiene un plato en la mesa. ¿Quiere usted comer? es pregunta obligada para el que llega a la hora del almuerzo o de la cena. Ahora, estos bárbaros pretenden no sólo que comamos sin ofrecer, sino que cerremos las puertas y neguemos el pan y la sal al que viene de lejos. 

Si decir “los españoles primero” es una barbaridad, decirlo de los andaluces es una aberración que va contra la esencia de nuestra cultura, contra nuestra posición geográfica y contra nuestra historia. Aquí creemos que es un crimen de lesa humanidad clasificar a ciudadanos en primeros, segundos o terceros en derechos por el lugar donde hayan nacido. Quienes crean categorías de seres humanos por su nacionalidad, raza o religión están abriendo la puerta a la perpetración de futuros genocidios y, tarde o temprano, tendrán que acabar rindiendo cuentas ante la historia. Los andaluces no creemos en categorías basadas en el origen, en la cuna o en la cuenta bancaria, sino en las necesidades de cada cual. Creemos en la justicia que consiste en dar más al que menos tiene y menos al que más tiene. Somos hospitalarios porque creemos en la justicia y en la equidad.

Esa es la cultura andaluza, aunque cabría decir que es la cultura cristiana en general. Lo ha dicho el Papa y, recientemente, la presidenta de México, Claudia Scheinbaum: “por el bien de todos, los pobres primero”. Como los débiles, los perseguidos, los humillados. ¿Quién quiere vivir en una sociedad donde haya una legión de marginados por su lugar de origen? El andaluz, la andaluza, sabe lo que son la emigración y los abusos de los poderosos. Los ha conocido y sufrido en propia carne y por eso se identifica con el débil. Por eso se muestra duro con el fuerte y compasivo con el débil. Así es nuestra gente y quienes pretendan otra cosa se quedarán solos más temprano que tarde. Lo va a demostrar una vez más este domingo en las urnas porque Andalucía es un cruce de todas las culturas, una tierra abierta a los cuatro vientos.