Oír a Lucrecia Martel, directora de cine, guionista y productora de cine argentina, decir palabras parecidas a estas: “Observad lo que ocurre en Argentina porque lo que ocurre río arriba termina por llegar río abajo. Aún tenéis tiempo de frenar a la ultraderecha y todo lo que significa”. Esas palabras deberían ponernos en guardia y empezar a movernos, no quedarnos con cara de pena pensando que nada se puede hacer, que es precisamente lo que quieren que hagamos los grandes oligarcas del capital.
Estos días todas y todos hablamos de Mari Carmen, algunos incluso intentando deshumanizarla, incluso haciéndola responsable de su situación o acudiendo a las leyes del mercado que son por las que nos regimos todos. Leyes que según nos interesen son defendibles o no. Ahí radica el problema, creo, porque el capitalismos salvaje que ha venido desarrollándose desde hace décadas nos ha incubado “el huevo de la serpiente” sin que nos percibamos. En el fondo, la rabia, que tendría que dirigirse contra los poderosos, la vamos dirigiendo contra nuestros iguales, contra el pobre, contra el aún más pobre, mientras la serpiente que se oculta dentro del huevo va creciendo hasta salir y convertir el futuro en una pesadilla contra nosotros mismos. Seamos conscientes de que somos más la gente de buena voluntad, las que queremos un mundo mejor.
Puede sonar a hueco el decir que estamos en un momento histórico, de cambio. Seguramente eso es verdad, pero de lo que deberíamos estar seguros es de que el futuro no está escrito, que depende de todas y todos. Es difícil escapar de los bulos y de las redes (redes, red, fijaros en su verdadero significado) que nos envuelven y manipulan. Pensemos, leamos, reflexionemos, a pesar del modelo de vida que nos hemos dado, que nos han impuesto, donde importa el ser visto engañosamente felices, disfrutando de viajes a lugares de moda donde no nos dejan salir del recinto artificial, porque es peligroso, donde nos sirven trabajadoras y trabajadores explotados. Nos sentimos importantes imitando a famosos que enseñan sus casas para que pretendamos ser iguales, aunque eso implique no tener empatía por los pobres, los vulnerables. Ellos son culpables, nos dicen de forma subrepticia, porque no se esfuerzan, pretenden vivir de los demás, ignorado que es el sistema quien los condena.
Queremos una sociedad en la que no te humillen ni pretendan que seas una mujer “como hay que ser”, esto es sumisa, feliz por cuidar de la casa, del marido, de los hijos e hijas, estar en forma físicamente, saber de modas y cocinar como los ángeles. Una sociedad donde no te desprecien por ser gay, lesbiana, bisexual, asexual, no binaria o lo que te dé la gana. Una sociedad donde la sanidad, la vivienda, la educación sean derechos y no negocios. Una sociedad donde el ocio no sea a cambio de la explotación del otro. Una sociedad donde la cultura sea un bien al que todos y todas podemos acceder. Tengamos sentido común, sepamos quiénes no están dispuestos a esa sociedad, sepamos quién es el adversario y actuemos en consecuencia.

