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Apenas hemos pasado la última página del anterior ensayo publicado por Daniel Innerarity —Una teoría critica de la inteligencia artificial— donde reexamina a fondo el concepto de democracia en la actual encrucijada tecnológica, y ya tenemos entre las manos una nueva propuesta: El futuro de la democracia. Innerarity es catedrático de Filosofía Política y titular de la Cátedra Inteligencia Artificial y Democracia en el Instituto Europeo de Florencia.

Este pensador no defrauda, ni por su forma de escribir ni por el contenido. Y no solo en sus ensayos: también sus artículos son celebrados por su clarividencia y por la capacidad de ofrecernos claves para comprender la realidad política y social. Pero hay algo más: escribe muy bien. Explica con una claridad y una pedagogía admirables, con una naturalidad y una sencillez que se agradecen.

Me parece especialmente acertado cómo arranca este último libro con esa imagen tan sugerente de Fabrizio del Dongo, el joven protagonista de La cartuja de Parma, de Stendhal, que se incorpora al ejército napoleónico y acaba llegando a Waterloo. Allí oye el estruendo de la artillería, ve pasar a los soldados, corre de un lado para otro entre las tropas, presencia escenas aisladas de la batalla y, sin embargo, es incapaz de comprender qué está sucediendo realmente. Está dentro de la batalla, pero no alcanza a verla: no sabe dónde está, qué papel desempeña ni siquiera si aquello que ha vivido puede llamarse propiamente una batalla.

Una metáfora extraordinariamente poderosa del momento en que vivimos. Como Fabrizio en Waterloo, asistimos a acontecimientos decisivos, percibimos sus efectos, vemos desfilar ante nosotros infinidad de datos, conflictos y movimientos, pero nos resulta difícil distinguir el conjunto de la escena y comprender hacia dónde nos conduce. Estamos, de algún modo, en medio de la batalla sin disponer todavía de la distancia necesaria para entenderla.

En este nuevo ensayo, Innerarity se pregunta por el futuro de la democracia, pero no tanto para aventurar cómo será como para examinar nuestra dificultad para pensarlo. Analiza la deriva presentista de la política, la fragilidad y, al mismo tiempo, la capacidad de resistencia de las instituciones democráticas, los efectos de la polarización y los populismos y la necesidad de recuperar una perspectiva capaz de anticipar los problemas que hoy apenas alcanzamos a vislumbrar. Porque, en última instancia, la cuestión no es solo si la democracia tendrá futuro, sino qué futuro será capaz de construir y ofrecer.

Uniendo estos puntos surge una argumentación que nos ayuda a comprender nuestro presente y, sobre todo, el futuro que podemos abrir o cerrar. La cuestión de fondo es, precisamente, qué manejo hacemos del futuro en una democracia. Porque nuestro mayor o menor afecto por el sistema dependerá también de la capacidad que tengamos para imaginar un porvenir compartido y no únicamente para defender el presente o preservar lo que ya tenemos.

De entrada, aparece una paradoja: conservadores y progresistas son, en cierto modo, conservadores en su relación con el futuro. Los primeros temen que desaparezca el pasado —«Hagamos grande América de nuevo», «volvamos a la Gran Bretaña imperial» anterior a la nefasta integración en la Unión Europea—; y los segundos, que desaparezca el futuro —«que me quede como estoy» parece ser su lema—. Unos y otros temen, en definitiva, que algo desaparezca.

Desde esta perspectiva, la polarización que contemplamos puede resultar más aparente que real: ambos exageran aquello que los separa y radicalizan sus posiciones para movilizar a sus respectivos electorados. La confrontación termina convirtiéndose así en una cacofonía que dificulta pensar hacia dónde queremos ir. Innerarity dice que se nos olvida que una de las grandes aportaciones de la democracia a la historia de la humanidad es el invento de la oposición. Hemos normalizado que, si hay un gobierno, hay una oposición, pero el género humano ha vivido durante miles de años bajo sistemas de organización del poder en los que quien lo detentaba podía ejercerlo sin límite y por tiempo indefinido.

La calidad de una democracia se mide también por el respeto que se tiene a quien ha perdido las elecciones. Pero hay una institución menos visible, y no por ello menos importante: el consentimiento de los perdedores. Quien pierde unas elecciones debe entender que las ha perdido en buena lid, con la oportunidad de haberlas ganado. Perder siempre es una faena, pero aceptar el resultado permite iniciar una reflexión y, llegado el caso, cambiar de programa, de líder o de estrategia.

El asalto trumpista al Capitolio, el asalto bolsonarista a las instituciones de Brasilia o las dudas sin fundamento sembradas históricamente por el Partido Popular —Aznar, Feijóo y Rajoy— sobre la legitimidad de los resultados electorales y, recientemente, acerca de la limpieza de los procesos electorales nos recuerdan que el consentimiento de los perdedores no puede darse por garantizado. En España esta falta de consentimiento también es asimétrica: se concentra abrumadoramente en la derecha. Y esta circunstancia aboca a un país mucho más difícil de gobernar.

Pero la cuestión del futuro no afecta únicamente a la disputa política, sino también a su reparto, apunta María Eugenia Rodríguez Palop. Las cuestiones sociales dependen del modo en que se distribuyen las expectativas de futuro: hay colectivos que pueden contemplar el porvenir con cierta confianza mientras otros lo perciben como una amenaza. Y ahí aparece una de las cuestiones más sugerentes del libro: el resentimiento hacia las personas migrantes puede tener también que ver con esa desigual percepción del futuro. Estas parten de un presente muy precario y, sin embargo, viniendo de una situación como la suya, todo parece indicar que su futuro puede ser mejor.

Mientras que hay personas que son nacionales, españoles, que, desde su perspectiva, tienen un presente seguramente más estable pero un futuro más incierto. Esta sutileza psicológica me recuerda a la observación del profesor José Luis Villacañas sobre los chinos; personas que hace apenas unas décadas vivían en condiciones muy precarias y que, tras experimentar una mejora extraordinaria de sus condiciones de vida, pueden aceptar con facilidad las restricciones de un régimen autoritario, una distancia respecto de la democracia que los tecnooligarcas envidian.

El futuro se presenta hoy más incierto porque ya no vivimos bajo la lógica lineal del progreso. En su lugar, parece imponerse una permanente reivindicación de un pasado idealizado, de esa suerte de Arcadia que Clara Ramas ha analizado al hablar de los nuevos melancólicos: qué hemos perdido, cuánto nos duelen esas pérdidas, quién ha perdido más y quién puede considerarse víctima. La vivienda constituye un ejemplo especialmente revelador de esta nueva lógica. Sorprende que se haya convertido en un elemento de lucha intergeneracional, en un conflicto artificial entre las generaciones nacidas en la segunda mitad del siglo XX y las nacidas posteriormente, entre quienes supuestamente han recibido más de lo que merecían y quienes se sienten agraviados porque consideran que las generaciones anteriores disfrutaron de un presente y un futuro mucho mejores, a costa de perjudicar a los nietos. Decía Adorno que el fascismo tenía mucho que ver con el miedo a la movilidad descendente: el temor a vivir peor que quienes nos precedieron o peor incluso que el inmigrante produce una sensación de desesperación, la sensación de futuro incierto.

Cuando el futuro deja de percibirse como un horizonte colectivo, se produce un nuevo desplazamiento: su privatización. Si ya no confiamos en que exista un futuro común, cada cual intenta asegurarse el suyo. La vivienda, los recursos, la herencia, todo aquello que pueda garantizar una posición relativamente segura adquiere entonces un valor defensivo. A quien percibe que el futuro ofrece cada vez menos oportunidades y que otros pueden disputarle las que quedan se le abren las puertas de otra lógica, la que alientan las redes sociales, y deja de pensar en un futuro compartido para empezar a preocuparse por asegurarse el suyo propio. Esta perspectiva cada vez más individualista crea el caldo de cultivo para la privatización de los servicios públicos, incluso con el aplauso de sus principales perjudicados. El futuro individual comienza así a separarse del futuro de la comunidad.

Innerarity recuerda que Marx decía, en los Manuscritos de París, que en una sociedad sin clases la gente se olvidaría de su interés particular. Ese error de Marx ha dado lugar a equívocos que los reaccionarios, muy dados a pescar en terreno revuelto, han sabido aprovecharlo. El interés particular no se puede olvidar. Lo que podemos hacer es redimensionar el interés individual, conectarlo con el interés colectivo, entenderlo bien. El problema aparece cuando el interés individual queda reducido a mi interés inmediato, cortoplacista.

Ese individualismo reducido al interés propio e inmediato desemboca en una disputa por la autoridad, que constituye buena parte de lo que ahora está planificando la extrema derecha: acabar con las universidades, irrumpir en ellas, desprestigiarlas; hacer creer que la universidad ya no es el lugar del conocimiento. Y, para ello, recurre a una especie de tribalismo epistémico en el que la verdad deja de depender de procedimientos rigurosos de verificación, sustentados en metodologías científicas, y pasa a considerarse verdadera porque la afirma alguien de los nuestros.

Éric Sadin, filósofo y ensayista francés, en La era del individuo tirano explica por qué el triunfo de las redes sociales ha dado lugar a esa soberbia por la que uno cree que lo sabe todo y se siente capacitado para discutirle al médico los remedios que le plantea o al abogado las herramientas que le ofrece, porque ya lo ha visto en las redes sociales. Se confunde así estar sobreinformado con estar bien informado.

Máriam Martínez-Bascuñán sostiene que los medios tradicionales, los científicos y las universidades han quedado desactivados. Incluso cuando se pronuncian, alimentan más el ciclo de desautorización, porque su autoridad está completamente cuestionada. Se desacredita cualquier autoridad que no sea la que determinados actores dicen representar, ya sea el dueño de una tecnológica o quien, en un alarde de populismo, pretende hablar en nombre del pueblo.

No es una hipótesis: está escrito negro sobre blanco. Existe un ataque organizado contra las universidades. JD Vance argumentó que las universidades desempeñan un papel desproporcionado y sesgado en la formación del pensamiento estadounidense y en la percepción de la realidad. Y esto se inscribe, además, en una vieja tradición de la sociedad norteamericana de sospecha hacia las élites, que ahora se ve reforzada por una doble crisis en la creación y en la difusión del conocimiento. «Los profesores son el enemigo», dijo Nixon en 1972.

Dice Innerarity que hay personas que tienen mucho éxito difundiendo conocimiento, mientras que a los profesores, por mucho esfuerzo que hagan en su transferencia —así se llama ahora— les cuesta muchísimo. Su trabajo tiene unos ritmos y unas tecnologías de verificación poco sexis frente a los de las redes sociales. La autoridad que tienen depende precisamente de un trabajo sometido a esos ritmos y mecanismos de comprobación, mientras que las redes sociales favorecen una difusión mucho más rápida y atractiva.

Y de ahí se llega inevitablemente al presentismo. Si el futuro colectivo deja de ofrecer confianza, solo queda el presente. Una noticia tapa otra y un escándalo tapa otro. No hay nadie ocupado en el futuro, nadie mirando más allá de las elecciones, más allá del presente inmediato. Y esto no tiene que ver solo con el sistema político, sino también con la psicología individual: el momento de la gratificación y de la expectativa se ha reducido al tiempo presente. El tipo de economía que tenemos, la psicología de la atención, las redes sociales y otros muchos factores explican que estemos instalados en una especie de falta de paciencia, sin tiempo para pensar más allá de lo inmediato. Pero la democracia necesita lo contrario: dice Rodríguez Palop: tiempo, continuidad, previsión y compromiso. Necesita incluso el compromiso de los perdedores, porque quien pierde unas elecciones debe poder aceptar que su derrota es provisional y reversible: hoy pierdo, mañana puedo ganar. Si todo se reduce al presente, esa lógica se rompe.

El resultado es la aceleración y la personalización de la política. Las instituciones democráticas empiezan a parecer demasiado lentas e ineficientes frente a la urgencia permanente, mientras los partidos, sindicatos y demás organizaciones pierden peso en favor de liderazgos cada vez más personalizados. El carisma, el tacticismo y la capacidad de concentrar la atención sustituyen progresivamente a las estructuras y los proyectos de largo alcance.

Y en ese proceso aparece también una idea especialmente peligrosa: que la democracia es el problema, que está agotada y que ya no resulta adecuada para afrontar los grandes problemas de la humanidad. Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir y figura decisiva en la trayectoria política de JD Vance considera que esos problemas son fundamentalmente de naturaleza tecnológica y que la democracia no constituye el sistema adecuado para resolverlos. De fondo hay un desacoplamiento entre el futuro individual y el futuro colectivo, como si ambos pudieran seguir caminos diferentes. Pero no son tan diferentes. La libertad y la democracia tampoco son incompatibles, por mucho que se pretenda hacernos creer lo contrario. Lo que está en juego no es tanto una crisis de la democracia como un proyecto contra la democracia: nuevas formas de fascismo, el poder de los tecnomagnates y la destrucción de ese suelo común que permite reconocernos como parte de una misma comunidad política.

Y es precisamente en ese terreno donde encuentra espacio la extrema derecha. Ha sabido comprender que la política no se juega únicamente en el terreno de los datos económicos o sociales, sino también en el de las emociones, los miedos y las percepciones. Ha explotado el pánico moral, ha convertido la incertidumbre en resentimiento y ha ofrecido culpables a quienes sienten que les han robado el futuro. Al mismo tiempo, ha sabido apropiarse de cuestiones tradicionalmente vinculadas a la izquierda —la libertad, la igualdad o la identidad— y ha aprendido a utilizar las propias instituciones que antes pretendía abandonar.

De este modo, estos movimientos terminan formando una misma cadena: una determinada relación con el futuro condiciona su distribución; su privatización refuerza una lógica individualista, y ambas contribuyen al presentismo; esto favorece la aceleración y la personalización de la política; y todo ello crea un terreno especialmente propicio para el pensamiento reaccionario. La batalla política acaba siendo, en buena medida, una batalla por el futuro.