“La selva está viva. Los blancos se empeñan en destruirla. Estamos muriendo uno tras otro y también ellos morirán. Al final, todos los chamanes morirán y el cielo se derrumbará. Tenéis que escucharme, no queda mucho tiempo”
Las anteriores palabras son de Davi Kopenawa, un chamán y portavoz de los yanomamis. Refleja claramente lo que está ocurriendo en la Amazonía y que aquí, en el norte global, nos suena lejano, ajeno a nuestra vida y nuestro futuro. Podemos pensar, con nuestra buena intención de blancos y blancas occidentales, que debemos cuidar el medio ambiente, que no seamos agresivos con los bosques tropicales, solo lo necesario por el bien de ellos y de nosotros. Habrá que construir carreteras para ellos también, para que se beneficien del progreso, que lleguen hospitales y colegios. ¿Realmente nos importan? ¿No queremos aprovecharnos, colonizarlos como el norte ha hecho siempre, sin darnos cuenta de que todos los seres vivos, animales, plantas, virus, bacterias, estamos unidos, que la salud es una en el planeta.
Hace una semana estábamos preocupados por un virus que al parecer había salido de la nada, en un yate de lujo. Solo queremos estar a salvo, sin pensar ni informarnos de dónde sale el hantavirus. Sólo existe aquello que nos puede hacer daño, causar enfermedad y muerte, ignorando que en 2018 había habido contagios del mismo virus en Chile y Argentina, de donde es originaria la variedad del hantavirus que vive en ratones llamados colilargo y puede hacer que los humanos nos contagiemos unos a otros, aunque esta posibilidad sea difícil según los epidemiólogos. No tuvimos apenas noticias de este caso de contagio, total era en el hemisferio sur, no nos preocupaba. Sin embargo, el hantavirus, como miles, millones de virus, existe desde hace millones de años viviendo en animales a los que no hacen daño, su sistema inmunológico está adaptado, son reservorio de esos patógenos.

Qué pasa cuando el hábitat de ese reservorio es destruido y la alimentación de los animales escasea, se vuelven hambrientos, tienen estrés y en esos momentos el virus se reproduce más, mientras los animales salen de su hábitat natural y se encuentra con los humanos. Otras veces son los humanos quienes vamos en su busca en la fiebre de viajar a sitios extraños, exóticos desde nuestro punto de vista. Al final de todo este proceso puede darse, y de hecho se da, el salto del virus al humano. Desgraciadamente cuando esto ocurre en zonas del sur global apenas le prestamos atención, sin darnos cuenta de que toda la humanidad es una y toda depende de la salud del planeta.
Cuando se construye una carretera, como decía más arriba, estamos partiendo un territorio y separando animales con virus letales para nosotros, destruimos el hábitat natural de los mismos. Si a esto añadimos que hemos olvidado los saberes ancestrales de culturas que viven en la selva, como los yanomamis, cada vez estamos más expuestos y expuestas. Hay un libro, La caída del cielo, que nos enseña y mucho, sobre todo esto. Como dice Gaspar Domínguez, médico chileno que conoce muy bien el virus hantavirus y su variedad Andes, que es el que ha infectado a los viajeros del yate famosos, todo lo relativo a una epidemia y pandemia ocurre río arriba, pero solo cuando nos llega ponemos remedios que a veces solo se aplican a países ricos: vacunas, medicinas, hospitales , olvidando todo lo demás. Nos movemos por todo el planeta, destrozamos el medio ambiente, dejamos países que se desangren en guerras y genocidios y cuando un virus nos llega y nos enferma, clamamos al cielo, las noticias nos aterran y queremos una vacuna, un medio que nos salve. Davi Kopenawa, tiene razón y además es sabio.

