A la hora prevista el avión con rumbo al norte despega. Se eleva y da un giro que permite disfrutar del impresionante paisaje guineano, me emociona su exótica belleza y frondosidad. Qué hermoso es nuestro planeta, qué poco lo apreciamos, cuánto daño le hacemos. Dicen los viejos que ya no llueve como antes, que la estación húmeda es cada vez menos húmeda, pero la estación seca sigue tan seca como siempre. Dejo atrás la ciudad de Bissau y con ella un universo paralelo en el que las cosas no son como las imaginamos desde Europa. No podemos aplicar la lógica del norte, aquí existe otra, la de resignarse ante las circunstancias adversas y la resistencia.

Los guineanos que prosperan lo hacen gracias a una mezcla de heroísmo y suerte. Vivir en África es una carrera de obstáculos, una maratón, salto de altura y longitud al mismo tiempo, pero a velocidad de marcha atlética. El suministro de luz eléctrica llegó a la ciudad de Bissau hace un año, a Bafatá (la segunda ciudad del país), hace quince días. Abrir el grifo y que salga agua “potable” es una rareza que ocurre una vez a la semana durante toda una hora. Los funcionarios públicos, los sanitarios, los profesores, ganan una miseria y además con mucha frecuencia se tiran meses sin cobrar. El hartazgo produce desidia: “como no me pagan no trabajo”, piensan muchos coherentes con toda lógica, africana o europea.

¿Por qué la gente no estudia? ¿Por qué no se repara lo que se estropea? ¿Por qué un pueblo tan vital como éste dormita? Porque hacer lo contrario significa partirse la cabeza contra el muro. Pese a todo hay gente que se la parte a diario. En las tabancas (aldeas), hay camas inmensas hechas con cañabrava sobre las que dormitan los hombres mientras las mujeres cosechan arroz y pastorean el ganado. Son las mujeres las que consiguen que este pueblo sobreviva, son silenciosamente heroicas. Siguen la fuerza de la costumbre, la inercia de la tradición se impone, el concepto de progreso está por descubrir.

Da la impresión de que los africanos a fuerza de estar desconectados del progreso son cándidos, menores de edad. Se les ha engañado como a niños para robarles sus tesoros o cambiárselos por baratijas. Se repartieron sus tierras a sablazos, a cañonazos. Hasta sus vidas fueron vendidas al peso en mercados de esclavos. Es el arte de la rapiña. Las religiones han sabido practicarlo y alimentar conciencias beatas que sin duda ayudarán a comprar una parcela a perpetuidad en el paraíso. Cuánto clérigo, cuánto imam, ha medrado con el cuento de la beneficencia, cuánto poder ejercen. Existe también otra postura, la de “apadrina un negrito”, el paternalismo de Papá pitufo que cuida de sus criaturas. Algunos actúan como la señora marquesa de “Los Santos Inocentes” de Miguel Delibes. La moral queda limpia como los chorros de oro a base de regar con plata estas desamparadas tierras y a sus pobres moradores.

Hay ONG que realizan un trabajo encomiable.  Pero hay otro tipo de “ayuda” del postureo, el oenegerísmo pijo. Consiste en una nueva forma de turismo de aventura, en lo que podríamos definir como un híbrido entre vacaciones exóticas y ecoturismo humanístico urbanita. Los exvotos que ofrecen al mundo en este caso son los selfis que acompañan toda buena acción.

El sur no conoce muy bien el norte, están acostumbrados a que todo lo excelente lo trae la gente de piel rosita. Como dice un amigo mío “cuando ven a un blanco en realidad ven un banco”.  Nos imaginan a todos nadando en una piscina de monedas de oro como el Tío Gilito. Definitivamente el sur quiere ser como el norte, nos envidian aunque no saben muy bien qué es lo que anhelan, por eso no valoran lo que tienen. Lo que sí valoran es lo que no tienen.

Miro por la ventanilla del avión y me pregunto cuánta gente está sufriendo en este momento por no tener asistencia médica, cuántas personas brillantes están perdiendo oportunidades por falta de medios, cuánto genio se desperdicia. Cuánto superdotado está cuidando cabras. Cuántas lumbreras no arderán nunca. Desde las alturas no se ven, pero existen. Algunos lo saben, por eso huyen, por eso cruzan desiertos y océanos, por eso saltan vallas aunque sospechen que allí no se les quiere pese a necesitarlos.  

Llegó por fin al desarrollado, ordenado y lógico norte. En el aeropuerto me roban el móvil, sin móvil no se puede sobrevivir en occidente. Lo denuncio a la policía, me atienden cuatro agentes, señalan una pantalla, creo que están analizando las cámaras de seguridad que están por todas partes, en realidad su discusión va sobre la redacción de la denuncia. Un taxista me presta su celular, me dice que Lisboa está invadida por inmigrantes, no es un fascista, es un buen hombre pero ha sido abducido por el odio. El sur quiere ser el norte pero el norte ha perdido la brújula.