Costó mucho liberar a nuestra tierra de caciques de pueblo y señoritos de casino. Pero el sufrido pueblo andaluz decidió construir un ámbito de decisión propio. Decidió pensar “por sí, para España y la humanidad”. Con las cenizas del franquismo, con funcionarios que no creían en la autonomía y mucha propaganda en contra, se construyó una autonomía, la nuestra. La derecha se negó a la existencia de un ente político. Sólo éramos el sur de España, de ahí la insistencia en llamar a Andalucía, región. Tras muchos años de gobiernos socialistas, con errores, pero también con aciertos, a esta tierra no la conoce ni Dios. Ahora nos respetan, aunque sólo sea porque estamos organizados.
Para conquistar el corazón de los andaluces, Javier Arenas, el eterno aspirante, cantaba “Andaluces pedid tierra y libertad”. A partir de ahí el PP se envolvió en la Arbonaida, tal y como había hecho tradicionalmente con la bandera de España. Pese a todo, Javier Arenas no se comía una rosca, no era creíble cuando salía en una foto con un limpiabotas abrillantándole los zapatos con él dentro. En esto llegó el hombre de la sonrisa nacarada que da la mano blanda como los curas. Encantadoramente protocolario, es el yerno perfecto, Moreno Bonilla decía, “llámame Juanma”.
Hay quien dice, yo entre ellos, que es la versión educada de la señora Ayuso, son dos estilos para un mismo fin. María Moliner se echaría las manos a la cabeza al constatar la confusión entre educación y moderación. Juanma es más educado que nadie, más andaluz que nadie, más centrista que nadie. Es más o menos como “Gundisalvo” el personaje de Mingote que triunfó durante la transición y que era: Demócrata, liberal, social, ecologista, cristiano, moderado, progresista, autonomista y lo que haga falta.
Habla sin empacho de la estabilidad política, como si fuese obra suya, como si no hubiesen sido los ciudadanos los que le dieron su absoluta y estable mayoría. Hay que recordar que este patriota casi, casi, nacionalista andaluz, firmó su primer acuerdo de investidura en Madrid, tragándose a Vox con todas sus espinas, sin pan ni vino; un lío. A Juanma el campechano no lo conocían ni en Alhaurín el Grande. Para conseguir fortuna y gloria mantuvo una conversación con una vaca frisona a la que le pidió el voto. ¡Dios mío, qué sonrisa más blanca! (pensó la vaca).
Gracias al desgaste, los ERE y la juez Alaya, llegó a San Telmo la moderación. Llegó la modernización moderna, llegó el “malagueñizador” cosmopolita, el artista del truco del almendruco que convierte en éxito propio lo que otros hacen y, ante el desastre, responde como Bart Simpson “Yo no he sido”. Es verdad que atiende muy bien a las desamparadas élites acomodadas bajándoles los impuestos, a los regantes ilegales del entorno de Doñana y a las clínicas privadas. A cambio nos hace esperar a todos hasta desesperarnos para que nos atienda un médico. Lo saben muy bien las enfermas de cáncer, aunque la culpa es de AMAMA.
Ahora ya con el poder “asegurado”, como Carlos Mazón, se ha dado a la música popular. Ya cantaba “El novio de la muerte” el Jueves Santo en Málaga, pero ahora se ha venido arriba y canta “Kilómetro sur”, un ripio topicazo sobre una Andalucía supercuqui, te lo juro por Snoopy, con música pachanguera al estilo de “Siempre así”. La asociación de fabricantes de “sonotones" y trompetillas dice que estos ruidos les espantan a la clientela. En algunos cementerios se han detectado movimientos extraños entre fuegos fatuos. Manuel de Falla, Camarón de la Isla, Manolo Escobar, Pastora Pavón, Andrés Segovia, Enrique Morente, Rocío Jurado y Carlos Cano, se revuelven en sus tumbas.
A Juanma habría que decirle algo parecido a lo que le dijo Petronio a Nerón en la versión cinematográfica de “Quo Vadis”: Oh, presidente, oh faro deslumbrante, oh sonrisa del régimen. Sustituye la tarjeta sanitaria por la visa oro. Deja las universidades públicas sin verdes y sin blanca. Apoya a academias privadas y llámalas universidades. Cárgate la educación pública de una vez. Llena Canal Sur de toreros. Sal de monaguillo en Semana Santa y de rey Baltasar en la cabalgata. Devuélvenos a la charanga y a la pandereta.
No construyas vivienda pública o hazlo y dásela a quien no la necesita, para que se gane unas pelillas. Convierte las ciudades históricas en parques de atracciones. No des un duro para la dependencia. Acaba con todo lo construido, si eso es lo que quieren los ciudadanos. Pero por amor a la música, a la estética y al arte de no dar pena, por amor al sentido del oído, no des el cante. Tenle respeto al cargo y no nos agredas con ñoñas melodías con tono neocatecumenal. Josep Tarradellas, tu paisano, dijo que “en política se puede hacer de todo menos el ridículo”.
Recuerda que en esta tierra hay gente llena de talento, que podría cantarte como el llanito Albert Hammond, “Suave, que me estás matando”.

