En las noches tórridas, que ya no son patrimonio exclusivo de Andalucía, no hay silencio, lo cual es terrible porque es obligatorio tener las ventanas abiertas. Los aparatos de aire acondicionado zumban por cientos regalándole a la ciudad un ruido de fondo estrictamente veraniego. Es la señal evidente de que la cosa está fatal, que no hay un duro, que estamos peor que nunca, que la economía se hunde. Los fines de semana baja la intensidad de la banda sonora porque a la gente que está de vacaciones todo el mes se suman muchos migrantes de playa temporales. Ocurre todos los veranos, las ciudades se llenan de guiris mientras se vacían de aborígenes.

De noche los pajarillos duermen tras otro día de calor extremo. Las personas buscan la horizontalidad que les permite volver a ser “Homo erectus”, o para ser más exacto, “Homo tumbatus”  o “Homo procrastinatus”. La horizontalidad es el premio merecido por ser activo a la par que erguido. Los romanos (los ricos) se reunían con sus invitados a comer, beber y escuchar música tumbados sobre lectus, divanes muy cómodos rellenos de plumas y decorados con lujosas telas. Desde esa posición los patricios dirigían el mundo o conspiraban para hacerlo. El común de los ciudadanos nunca ha dirigido absolutamente nada, ni de pie ni tumbado, ni en el imperio romano ni hoy en día, ni siquiera su destino.

Dormimos un tercio de nuestra vida, creando y creyendo en sueños imposibles que vuelan libremente por el subconsciente. De la ensoñación nace la necesaria utopía, pero también las absurdas quimeras. Aun así, estamos obligados a dormir, somos esclavos de los sueños, aunque casi nunca recordemos nada.

Si el sueño es profundo nada puede perturbar el descanso. ¿Nada? Es aquí cuando aparece la venganza de la naturaleza caída del cielo, el castigo que siempre nos pilla desprevenidos como víctimas incautas. A las tantas, un volátil se abre paso en la oscuridad. El objetivo del pequeño insecto, nada entrañable, son nuestras apetitosas carnes más o menos morenas. Nuestros cuerpos semidesnudos son una fuente de sangre fresca para unas madres responsables de una numerosa prole, que no son precisamente unas mosquitas muertas.

Más que el daño de la picadura vampírica que nos deja la piel parecida a la superficie de Marte, el suplicio radica en el pertinaz zumbido. No sé si lo emiten para anunciar su llegada o por pura chulería. Atacan pregonándose mientras se lanzan en picado como un Stuka de la Luftwaffe de la Alemania nazi; puro fascismo con alas con un tamaño diminuto. Son los mensajeros que entregan su paquete sangriento, los vectores que distribuyen virus provenientes de zoonosis provocadas por el propio ser humano.

No es ni orca ni tiburón, no es hiena ni león, no es cobra ni mamba negra, no es cocodrilo ni hipopótamo, no es influencer ni inspector de hacienda, no pica como un “periodista” amaestrado, ni da el cante como un pregonero del odio. Pero es un asesino muy peligroso, responsable de 750.000 muertes al año ¿Cómo habrá llegado hasta aquí el mosquito tigre portando el mortal virus del Nilo? Seguro que no ha sido volando por sus propios medios, detrás está la torpe mano del hombre, seguro que ese hombre o mujer no son inmigrantes.

Ay, mosquito trompetero armado con estoque de cruceta, culpable de la transmisión de terribles males, no eres poético como las moscas aludidas por Antonio Machado, pequeñitas y revoltosas que evocan todas las cosas. Tampoco tu música sinfónica puede compararse con la de Rimski-Kósakov en “El Vuelo del Moscardón”, aunque te sufrimos “Mil y una Noches”.  No eres la divertida mosca que le amargaba la vida a la Pantera Rosa en un tronchante episodio de la serie de dibujos animados. Lo tuyo es cantar a capela "¡Tenno Heika Banzai!" como los kamikace, reclamando un combate justo. Sin habilidad alguna intentamos acabar contigo sin éxito, con un golpe de karate. La lucha es totalmente desigual, un mosquito es más ágil y rápido de lo que era Bruce Lee.  

Esta noche pensaré en ti como todas las noches esperando no oír tu música de viento que no me recuerda a una flauta dulce ni a un mariachi de Jalisco, ni a Benny Goodman o Dizzy Gillespie. Alguna vez en estado de duermevela he creído escuchar las cornetas de la Macarena en “La Madrugá” sevillana. Pero no te hagas ilusiones, jamás sonarás como Miles Davis. Tal vez seas tan temido, diminuto insecto, no por tus virtuosas interpretaciones, sino por no tener competencia, la noche es tuya. Aquí no hay variedad de insectos, ya me gustaría verte en el África tropical compitiendo con bichos rarísimos, enormes y agresivos. No te sería tan fácil cantar rodeado de pajaritos, pajarracos, murciélagos y sapos cancioneros dispuestos a cenarte.

Mosquito infame, te alimentas de mi sangre, pero sobre todo de mis sueños.

“El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño”. (Lorca)