A veces, cuando el tiempo se hace infinito en un minuto, todo nuestro universo cambia, todo lo que creíamos saber sobre nuestras vidas se desvanece. Nos damos cuenta de que la naturaleza de nuestras emociones no es lo que antaño tomábamos como verdad. Tal vez hemos vivido en el lugar equivocado, creyendo en una vocación en el trabajo que nos salvaba en esos momentos, sin darnos cuenta de que lo hacíamos para ser vistas, amadas. Eso ya pasó, hoy solo queda la nostalgia de haber vivido, de haber intentado ser alguien al que los demás veían y apreciaban.
El tiempo, ese misterioso espacio que nos hace ir y venir en la creencia de que lo conocemos, como si fuera uno en todo el universo, sin darnos a conocer su verdadera naturaleza más allá de los confines del sistema solar. Ese ha sido mi deseo siempre, poder conocer el espacio y el tiempo que no podré conocer nunca. No está al alcance de nuestra corta vida. Qué más da si somos una casualidad que nunca sabremos para qué surgió. Seamos humildes, seamos alegres en medio de la luz, de los árboles, esas magnificas criaturas de las nubes que forman continentes e islas en medio de un océano azul engañoso.
¿Habéis pensado alguna vez que no podremos comunicarnos con seres de otras galaxias, en el supuesto de que existan? A menos que, como en Contac, la película basada en la novela de Carl Sagan -la veo una y otra vez- sean ellos los que inventen un sistema para empezar a comprendernos a pesar de nuestra incredulidad. Las noches de verano son propicias para acercarnos al mundo de ahí fuera, aprovechémoslas.

