De ser “una parcela o coto cubierto de matorral y alcornocal” siglos atrás, Doñana se ha convertido en la denominación del “complejo mundo de marismas y arenas que componen la margen derecha del delta del Guadalquivir”. Esto decía el investigador y escritor Miguel Delibes de Castro en su libro de gran formato Doñana patrimonio del mundo, publicado en 1981, autor del ameno texto que acompañaba a las bellas imágenes de Antonio Camoyán, eminente fotógrafo, desgraciadamente ya fallecido.
“¿Cómo describir Doñana, tantas veces descrita, sin seguir paso a paso los caminos que otros han trazado? ¿Cómo conseguir que se la entienda, se la quiera y se la defienda, sin repetir una tras otra las verdades que por sabidas son ya tópicas?”, se preguntaba por entonces Delibes. Si la descubrió poco a poco hasta comprenderla y amarla “¿Por qué no contar cómo lo hizo?”, hacer “la historia de mis relaciones con Doñana”.
Eso hace este biólogo nacido en Valladolid en 1947, que se instaló en el Coto en 1972, donde vivió cuatro años. Allí hizo su tesis doctoral sobre el lince ibérico. Una historia fascinante de quien estuvo en el terreno, con su esposa, durante gran parte de esa primera década del devenir del parque nacional y la estación biológica, “muy aislados, sin electricidad, sin correo, sin teléfono, a muchos y (difíciles) kilómetros de un café o un mercado”, como recuerda en el prólogo a la reedición de El mito de Doñana, de Aquilino Duque. Testigo insustituible. Constataba una sensación que muchas personas tienen cuando conocen por primera vez Doñana: “La toma de contacto tuvo algo de decepcionante”. “A primera vista Doñana puede parecer monótono, pues su belleza cala poco a poco, es discreta y no agresiva”. “Lisa como la palma de la mano”, “tierra de horizontes infinitos, bajo un sol cegador y un calor agobiante”, pero que tiene el embrujo de sus pequeños detalles: “la luz en un rincón, el vuelo de un pájaro o la intensidad de un perfume”.
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Su primer día fue invitado por José Antonio Valverde “a anillar a la bulla”, patos y fochas que no podían volar, “unos por mancones, por haber perdido de golpe, por mor de la muda, las plumas largas de las alas, y las otras por demasiado jóvenes, por no haber completado aún su desarrollo”. Sobre ese día, a la vuelta, Miguel Delibes escribe cómo “Doñana había empezado a calar dentro de mí”. “Era un mundo reservado, pero rabiosamente vivo”. Había que captarlo por el oído, por el olfato y, también, por el tacto, por todos los sentidos. “Y yo estaba empezando a hacerlo”.
Allí recorrió las dunas móviles y la playa, donde encontró “un alcatraz, aún vivo, provisto de un amplio chubasquero. Sí, sí, como lo leen”. Lo había perforado con su pico, “introduciendo a través del hueco todo el cuello hasta los hombros”
Una mañana el guarda mayor, Pepe Boixo, le informó que había muchos peces muertos en la laguna de Santa Olalla: “miles de cadáveres de carpas y anguilas se amontonaban en las playas de barro”. Después de tres días a la expectativa, dispuestos a recogerlos para incinerarlos, “lo que nadie esperaba que ocurriera, ocurrió”: al amanecer, en la orilla de la laguna apenas quedaban los restos de algún pez; todo el terreno estaba sembrado de huellas de jabalíes, que habían comido allí esa noche. Un problema resuelto, decía Delibes. “Nos vino muy bien y nos permitió, de paso, reafirmar nuestra confianza en la capacidad de la naturaleza para protegerse a sí misma”. Aunque no siempre ocurre así.
En un denso brezal confiesa que pasó miedo. Entró a gatas desde un camino y, al poco rato, no podía andar ni retroceder. Desesperado por no encontrar salida, el sonido de un Land Rover lo orientó y, con gran esfuerzo, pudo volver al carril. Se dio cuenta que “apenas había progresado en el monte negro una treintena de metros”, suficientes para sentir que estaba “totalmente aislado del mundo”.
Recuerda haber visto cazar a los milanos negros, muchos de ellos con nidos al borde de la marisma, de donde obtenían sus presas. Viendo a cinco pequeñas fochas de color negro y cabeza colorada, a los que la madre daba de comer “tiernamente”, observó cómo “de pronto apareció un milano muy bajo, picó dando media vuelta en el aire, y con una sola pata, sin llegar a mojarse, se apoderó con extrema facilidad de uno de los pollos”. En unos segundos dio cuenta de él. Imagen nada bucólica de la crudeza de la naturaleza.
Uno de estos primeros años de vivir en el Coto, primavera de 1973, estuvo por allí su padre, el reconocido escritor Miguel Delibes, de segundo apellido Setién. Así no se confunden ambos. “Apenas unos meses más tarde, en septiembre, se produjo una gran mortandad de aves en la zona de Las Nuevas, y el periodista de raza que era mi ascendiente se sintió obligado a volver para contarlo de primera mano”, dice Delibes de Castro en el prólogo de El mito de Doñana. En aquel momento se achacó a los plaguicidas empleados en los cultivos de alrededor. Según contó Delibes Setién en una serie de dos artículos, publicados en el diario Informaciones en septiembre de aquel año, con el título El desastre de Doñana, “si uno tiene la curiosidad de introducirse entre los carrizos y espadañas y hurgar entre ellos, observará que los cadáveres se multiplican. Hay patos -muchos- que han tenido el pudor de esconderse para morir”. “Todos los que veranearon en la marisma y las nidadas de primavera han sucumbido a la acción del veneno”.

La constatación de este desastre ecológico, el primero de esa magnitud ocurrido en Doñana, llevaba al escritor y periodista a una reflexión: “esto de la contaminación -que los españoles asumimos con humor improcedente y ciertas dosis de reticencia- es no solo un hecho, sino un hecho muy grave, tal vez el más grave con que hoy se enfrenta la humanidad”. Si algo positivo veía en este desastre era la sensibilización social, “el hecho de haber abierto brecha en el escepticismo popular para hacer ver a las gentes que todo eso del equilibrio ecológico y la necesidad de preservarlo no es un problema de especialistas”. “La contaminación está ahí y, en una y otra forma, nos amenaza a todos”. “Es preciso vigilar y sancionar”. Quizás también se hablaba a sí mismo.
Esto decía el reconocido escritor -premonitoriamente, cabe decir- cuando aún faltaban casi dos años para que pronunciase su discurso de ingreso en la Real Academia, el 25 de mayo de 1975, aquel avanzado y ecologista S.O.S. El sentido del progreso desde mi obra. En él manifestaba que muchas de las palabras que utilizaba en sus novelas de ambiente rural “como por ejemplo aricar, agostero, escardar, celemín, soldada, helada negra, alcor (…) van a necesitar pronto notas aclaratorias, como si estuviesen escritas en un idioma arcaico (…) cuando simplemente han tratado de traslucir la vida de la naturaleza”. No obstante, concluía su discurso con un mensaje esperanzador a la juventud, en la que encarnaba una necesaria conciencia moral universal, en pos de un mundo más puro. Esto suena actual.
Y su hijo, Miguel Delibes de Castro terminaba su libro preguntándose “¿qué sentido tiene Doñana para el hombre, qué utilidad?”. Y se contestaba: “¿Que para qué sirve Doñana? Pues para nada, igual que el Museo del Prado”. Una ironía o una licencia que solo los grandes pueden permitirse.

