“J. D. Vance, el vicepresidente de EE.UU., cuenta una broma que le gastó su presidente. Parece un chiste, pero es real. Están los dos solos en el despacho Oval. No hace ni diez días que han jurado el cargo. Trump está hablando por teléfono con un líder mundial que se le resiste. Vance no dice quién. ¿Putin? ¿Zelenski? ¿Macron? La conversación no va bien y Trump le muestra a su vicepresidente un botón rojo que tiene sobre el gran escritorio presidencial. Vance lo observa con los ojos desorbitados, intentando descifrar el significado de aquel gesto. Y Trump le dice «Nuclear. Nuclear». Así, en inglés americano. Vance ya piensa que le está vacilando, pero no acaba de tenerlas todas consigo; seguramente en relación con Trump nunca acaba de saber qué terreno pisa. ¿Y si ese tío está realmente como una regadera?”
Tomo la anécdota de Apocalipsis y Democracia, un sugerente ensayo de Jordi Ibáñez Fanés en torno al panorama político actual y los desafíos del futuro. También puede encontrarse narrada por el propio Vance en YouTube. “Entonces Trump, inexpresivo, mirando fijamente a Vance, aprieta el botón, mientras mantiene la conversación con el líder mundial díscolo. El vicepresidente se alarma un poco. «Y ahora… ahora…, ¿qué pasará?», le pregunta. Trump sigue mirándolo fijamente sin decir nada. Al cabo de unos momentos, llaman a la puerta. El magnate inmobiliario dice que adelante. Y aparece un camarero con la Coca-Cola del presidente. El botón rojo es el botón para pedir sus Coca-Colas light. Bebe no se sabe cuántas al día”.
Jordi Ibáñez se pregunta qué distancia nos separa de la broma de la Coca-Cola y del apocalipsis nuclear; y si al apocalipsis se llega con la misma facilidad que a la Coca-Cola. Aparte del impacto de un asteroide, la guerra nuclear es el único escenario capaz de acabar en cuestión de horas con el mundo tal como lo conocemos. Hasta ahora, nadie fuera de los círculos oficiales ha sabido con exactitud qué sucedería si un estado rebelde lanzara una cabeza nuclear contra el Pentágono.
Recientemente se tradujo Guerra Nuclear: un escenario, un libro de no ficción de la periodista estadounidense Annie Jacobsen que describe la cronología de un hipotético primer ataque de Corea del Norte contra el territorio continental de Estados Unidos. La autora narra, segundo a segundo, los acontecimientos, acciones y protocolos reales que coreografían el fin de la civilización. Su autoridad en la materia está avalada por una trayectoria que incluye seis obras previas sobre seguridad nacional.

Las decisiones que afectan a miles de millones de vidas deben tomarse en seis minutos a partir de información incompleta y parcial, y a sabiendas de que, una vez se ejecuten, nada es capaz de detener la destrucción. A partir de docenas de entrevistas con expertos militares y civiles que han construido estas armas, que han formado parte de la creación de los planes de respuesta y que deben asumir la responsabilidad de las decisiones cruciales, Jacobsen, finalista del premio Pulitzer con esta obra, logra el más fidedigno y escalofriante relato de las consecuencias definitivas de una guerra nuclear.
La humanidad ha convivido con la amenaza nuclear durante ocho décadas. Aunque no se ha utilizado un arma nuclear desde la segunda Guerra Mundial, el riesgo persiste y, según los cálculos técnicos, transcurrirían apenas 72 minutos desde un lanzamiento hasta el colapso de la civilización. Esta premisa se consolidó durante el proceso de investigación del libro tras una entrevista de la autora con el general Charles Robert Kehler, excomandante del mando estratégico de los Estados Unidos (USSTRATCOM), entidad encargada de custodiar el arsenal nuclear del país. Al ser cuestionado sobre las consecuencias de un intercambio nuclear a gran escala entre Estados Unidos y Rusia, el general respondió: «Annie, el mundo podría terminar en cuestión de horas». En ese momento supo que esa sería la conclusión del libro.
El escenario que se desglosa en el libro comienza con un incidente aparentemente menor: la detección de una señal o «parpadeo» en una pantalla de radar, interpretada en el relato como un lanzamiento ficticio desde Corea del Norte. Según detalla Jacobsen, Estados Unidos mantiene un sistema de satélites situado a una distancia equivalente a la décima parte del trayecto hasta la Luna, diseñados para monitorear permanentemente a las potencias nucleares. El departamento de Defensa es capaz de detectar la firma térmica de la combustión de un misil en apenas un segundo. A partir de las dimensiones y características de dicha firma, el sistema identifica si se trata de un misil balístico intercontinental. En caso afirmativo, el departamento de Defensa activa un protocolo de respuesta predeterminado. En el escenario que la autora plantea en el libro, el sistema requiere cuatro minutos para confirmar que la trayectoria tiene como destino territorio estadounidense. Tras esta confirmación, la información se traslada al presidente.

La capacidad de desencadenar un conflicto nuclear reside, en última instancia, en una sola persona: el presidente de Estados Unidos. No requiere el permiso del secretario de Defensa, ni del Congreso, ni de ninguna comisión. Tal y como advierte la periodista Annie Jacobsen, esta realidad, confirmada por investigaciones del propio Legislativo, choca con la percepción de la mayoría de la ciudadanía, que asume erróneamente que una decisión de tal magnitud requeriría un consenso previo.
En las páginas de The Guardian, Jacobsen sostiene con absoluta cordura: “Sería deseable tener un comandante en jefe que esté en pleno uso de sus facultades mentales, que controle plenamente su capacidad mental, que no sea volátil, que no esté sujeto a la ira. Éstas son cualidades de carácter importante que se deben tener en cuenta cuando la gente vota para elegir un presidente, por la sencilla razón de que el presidente tiene la autoridad exclusiva para lanzar armas nucleares”. Resulta inquietante reflexionar sobre el perfil de quien ha sido designado por el pueblo estadounidense para tal responsabilidad.
Solemos pensar que, ante una crisis nuclear, los líderes tendrían tiempo para sentarse, debatir y analizar la situación con calma. Pero es un error. Annie Jacobsen es tajante al respecto: los márgenes de tiempo son desesperadamente cortos. No hablamos de horas ni de días; hablamos de minutos. Como explica la autora, un misil balístico intercontinental no tiene vuelta atrás. Una vez lanzado, no se puede desactivar, desviar ni ser llamado a base. Si el disparo proviene de Moscú, el misil impacta en 26 minutos; si viene de Corea del Norte, en 33. Por eso existe la doctrina de «lanzamiento bajo advertencia»: como no hay tiempo para esperar a ver qué pasa, la política obliga a responder de inmediato ante cualquier señal de ataque.
El proceso es una carrera contrarreloj. A los nueve minutos de detectarse el lanzamiento, al presidente le quedan apenas seis minutos para ordenar la respuesta antes del impacto final provocado por el enemigo, previsto para el minuto 33. No debe improvisar; las opciones están predeterminadas en el maletín militar que siempre acompaña al mandatario.

Lo aterrador es la magnitud de la respuesta: ante un ataque limitado de Corea del Norte, la doctrina estadounidense prevé lanzar 82 misiles de golpe para aniquilar todo el sistema de mando enemigo. Y es aquí donde la situación se vuelve crítica: al lanzar esos 82 misiles, Estados Unidos debe avisar urgentemente a Rusia y a China para que no crean que el ataque va contra ellos. Y en este punto la teoría colapsa frente a la realidad: no existe un teléfono mágico donde Putin contesta al instante. Jacobsen recalca que la comunicación entre potencias es preocupantemente deficiente; menciona, por ejemplo, cómo la administración Biden pasó años sin hablar con Putin. Un ejemplo palpable ocurrió cuando un misil, reportado erróneamente como una incursión rusa en territorio polaco, amenazó con activar el Artículo 5 de la OTAN. Durante 24 horas, el general Mark Milley fue incapaz de contactar con su contraparte rusa para aclarar el incidente. En un escenario donde cada minuto cuenta, esa falta de comunicación es, sencillamente, la receta perfecta para la catástrofe.
Cuando pensamos en una bomba nuclear, es inevitable recordar Hiroshima y Nagasaki, que fueron tragedias espantosas que dejaron decenas de miles de muertos; pero si nos quedamos solo con ese referente, no entenderemos el peligro real que enfrentamos hoy. Las armas han evolucionado hasta niveles de potencia que escapan a nuestra imaginación cotidiana.
Para su investigación, Jacobsen se apoyó en fuentes de primer nivel, como Richard Garwin. Lo que más le quitaba el sueño al físico no era una guerra de desgaste, sino el ataque «de la nada» —un lanzamiento nuclear sorpresa, sin que medie una crisis diplomática previa, sin amenazas directas y sin un periodo de tensión escalonada que permita a los líderes negociar o intentar una salida pacífica—. Su mayor temor era que un solo misil, con esa potencia termonuclear, borrara Washington D.C. del mapa. Ese acto solitario, por pequeño que parezca en comparación con un arsenal total, sería suficiente para desencadenar la cadena de eventos que, en cuestión de minutos, nos llevaría al fin del mundo. Esa es la diferencia abismal entre las bombas de 1945 y la capacidad destructiva que existe hoy.
Al considerar la posibilidad de un ataque repentino, surge una duda inevitable: ¿cuál sería el efecto real de una bomba de una megatonelada si impactara en una ciudad como Washington D.C.? ¿Estaríamos ante cifras comparables a las de Hiroshima y Nagasaki o ante una catástrofe de magnitud superior? Jacobsen detalla una realidad dantesca. Una detonación de esa magnitud causaría entre uno y dos millones de muertes instantáneas, una estimación que no contempla los efectos de la radiación ni el impacto en las áreas periféricas. Jacobsen describe un escenario en el que el calor extremo fundiría a las personas contra el pavimento; se verían escenas de víctimas derritiéndose sobre aceras en una masa viscosa y ardiente al recibir el impacto directo.
Estos detalles provienen de informes oficiales del departamento de Estado, el de Energía y el de Defensa. Durante décadas de pruebas en Nevada y las islas Marshall, el gobierno estadounidense documentó con precisión los daños causados por estas armas, utilizando incluso experimentos con animales para medir el impacto físico y la desintegración de los cuerpos vivos. Tras analizar estos registros durante años, la autora llega a una conclusión desoladora, recordando la advertencia de Nikita Jrushchov: en un escenario de guerra nuclear, los muertos no envidiarían a los vivos, pues la supervivencia sería una tortura mayor.

Si bien los misiles intercontinentales y los bombarderos son los medios más conocidos, el verdadero peligro reside en los submarinos, las auténticas «madrinas del apocalipsis». Son indetectables y pueden lanzar ojivas desde las profundidades oceánicas. Si un proyectil surge del mar, la capacidad de identificar quién lanza el misil desaparece: no hay forma de saber si el origen es ruso, chino o norcoreano. Esta imposibilidad de atribuir la autoría aboca al presidente a una disyuntiva extrema: o no se responde, o se responde contra todos.
En este escenario de vulnerabilidad extrema, el peligro se desplaza hacia infraestructuras críticas, como una central nuclear; por ejemplo, en California. Durante años, bajo el amparo de la denominada «regla número 42» —la creencia de que ninguna potencia atacaría una planta atómica por sus consecuencias incalculables— este supuesto fue descartado como una distopía lejana. Sin embargo, tras observar las acciones militares en torno a las centrales nucleares durante la guerra en Ucrania, esa presunta protección ha quedado anulada. Lo impensable, desgraciadamente, ha vuelto a ser posible.
Al examinar los protocolos de defensa, la autora descubre una limitación técnica que acarrea un riesgo letal en la respuesta: los misiles intercontinentales estadounidenses no pueden alcanzar Corea del Norte sin sobrevolar el espacio aéreo ruso. Al detectar esta trayectoria, los radares rusos interpretarían la maniobra como un ataque directo a Moscú, lo que provocaría la represalia de una potencia que, inicialmente ajena al ataque, confundida, se vería arrastrada al conflicto, desencadenando el apocalipsis ipso facto.
Ante la idea de que la proliferación nuclear ha sido contenida, la autora advierte sobre la fragilidad del equilibrio actual. Si durante décadas la disuasión funcionó bajo un esquema bipolar —en el que Estados Unidos y Rusia evitaban el conflicto por miedo a la destrucción mutua— la realidad contemporánea ha dejado obsoleto ese modelo. Hoy, el tablero se ha ampliado a nueve naciones armadas nuclearmente, algunas enfrentadas directamente, como India y Pakistán. En este escenario multipolar, la lógica de la contención tradicional pierde su eficacia, convirtiendo cualquier crisis regional en un peligro inminente de catástrofe involuntaria que el viejo sistema, diseñado para dos actores, es incapaz de gestionar.
El mito de la defensa es otra de las realidades que Jacobsen desmonta. Ante la escalada de tensiones, la esperanza de una protección eficaz se desvanece al confrontar los hechos: Estados Unidos cuenta con apenas 44 interceptores terrestres (GMD), un sistema diseñado para amenazas limitadas —como un ataque desde Corea del Norte— no para un intercambio nuclear a gran escala. Frente a miles de ojivas, la tecnología se resume en una metáfora reveladora que la autora repite tras consultar a expertos: es como intentar derribar una bala con otra bala. Con una probabilidad de éxito que ronda el 50%, el sistema no es una red de seguridad, sino una apuesta arriesgada.
El primer impacto nuclear es solo el preludio de una secuencia de efectos globales. En su relato, Jacobsen desgrana los 72 minutos que separan el inicio del ataque del comienzo de un invierno nuclear prolongado. El daño inmediato no proviene solo de la explosión, sino de tormentas de fuego capaces de incinerar cientos de kilómetros. Sin embargo, la consecuencia más grave es la emisión de 330 mil millones de partículas de hollín que, al ascender a la atmósfera, bloquean la luz solar.

Modelos computacionales actuales —que superan las proyecciones iniciales de los años ochenta— indican que este bloqueo duraría una década. El resultado es una hambruna global sin precedentes: tras la muerte de cientos de millones por el impacto directo, cerca de cinco mil millones perecerían por la falta de alimentos al resultar imposible cultivar. El colapso de la civilización es absoluto. La radiación y la desaparición de la capa de ozono empujarían a la humanidad a un estado de supervivencia primitiva. Los estudios citados por la autora sugieren que la agricultura solo podría volver a surgir, tras decenas de miles de años, en enclaves aislados como Australia, Nueva Zelanda o la Patagonia. La advertencia de Albert Einstein sobre el futuro tras una tercera Guerra Mundial parece hoy más vigente que nunca: “Yo no sé con qué armas se luchará la tercera guerra mundial, pero la cuarta guerra mundial se luchará con palos y piedras”.
El peligro actual no radica solo en la existencia de estas armas, sino en la preocupante falta de concienciación y movilización. Esta indiferencia colectiva, agravada por unos medios que han relegado el debate serio al olvido —sustituido por la frivolidad y la deshumanización caricaturesca del adversario— constituye, quizás, el mayor riesgo. Como señalan simulaciones estratégicas del Pentágono, el escenario es inexorable: sin importar quién inicie el conflicto, el resultado final es siempre el mismo: la aniquilación absoluta.
Por otro lado, Jacobsen señala un resquicio de esperanza en el pasado. En la década de 1980, Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov, alarmados tras ver los efectos de una guerra nuclear en la ficción, comprendieron que mantener 70.000 armas nucleares era una locura y lograron reducir el arsenal global a las 12.300 ojivas actuales. Fue una era en la que el miedo social presionó por el desarme, una causa que hoy parece desdibujada por la apatía. Esa pasividad a la que hemos sucumbido ha transformado la gestión del mando nuclear en una banalidad. Si la anécdota del botón de Trump nos resulta hoy un efímero gesto del espectáculo, con su vicepresidente reduciéndola a mero contenido viral, es porque la saturación mediática ha agotado nuestra capacidad de asombro. Hemos normalizado lo inadmisible y entregado el destino de la civilización a la arbitrariedad de un personaje esperpéntico.

