El concepto de ética admite diversos significados. Entre ellos destacan dos. Por un lado, designa la reflexión filosófica sobre la moral y la validez de las normas que orientan la conducta humana; por otro, alude al conjunto de valores que consideramos más elevados y que deberían inspirar nuestra forma de vivir. En ambos sentidos, la ética remite a modelos de conducta y a ideales de vida moral que una sociedad reconoce como deseables. Esta idea adquiere una especial densidad cuando hablamos de conciencia ética, es decir, de la capacidad de examinar críticamente las normas vigentes y de responder moralmente a la presencia del otro.

Una persona que cumple la ley, respeta las costumbres de su comunidad y actúa conforme a las normas socialmente aceptadas puede experimentar la satisfacción de obrar correctamente y ser considerada una buena ciudadana. Según la conocida teoría de L. Kohlberg sobre el desarrollo moral, esa persona se situaría en el nivel convencional, donde lo justo se identifica con aquello que la comunidad considera legítimo. En el nivel anterior, el preconvencional, la conducta se orienta fundamentalmente por el interés propio o por el cálculo de las consecuencias personales. En ambos casos, la persona permanece en una situación de heteronomía, pues el criterio de lo justo procede de instancias externas a la propia conciencia.

Por contra, una acción moral sería valiosa si ha surgido de normas que la propia conciencia se da a sí misma y reconoce como universalmente vinculantes, como plantea I.Kant mediante el imperativo categórico. Desde esta perspectiva, el juicio moral deja de depender de la aprobación social o del beneficio personal para fundamentarse en la dignidad de toda persona. Kohlberg identifica esta forma de razonar con el nivel posconvencional del desarrollo moral.

La propuesta de Kohlberg fue criticada por parte de su discípula C. Gilligan. Para Gilligan, la evolución moral no debía orientarse exclusivamente hacia una ética de la justicia, basada en principios abstractos y universales, sino que debía abrirse también hacia una ética del cuidado, centrada en la responsabilidad por el otro concreto, en la atención a su vulnerabilidad y en el vínculo que nos une a quienes sufren.

Esta forma de madurar moralmente, sostenía Gilligan, se realiza de manera indistinta entre personas de ambos sexos, aunque son las mujeres quienes, de hecho, evolucionan mayoritariamente según este modelo. La ética del cuidado no niega la justicia, pero la completa: no basta con reconocer al otro como sujeto de derechos; es preciso hacerse cargo de su sufrimiento y vulnerabilidad. Sin esta dimensión, la autonomía moral puede volverse fría e insuficiente para responder a la interpelación de quien, desde la exterioridad del sistema, reclama ser visto, escuchado y cuidado.

Así, para E. Dussel, la conciencia ética nace cuando el otro, situado en la exterioridad del sistema, interpela nuestra responsabilidad. No es el sistema quien define en último término lo justo, sino el rostro de quien queda excluido por él. La ética comienza cuando somos capaces de escuchar esa voz y de reconocer en ella una dignidad que ninguna legalidad puede negar. Es precisamente la presencia del extranjero, del excluido o del pobre la que pone a prueba la autenticidad de nuestros principios morales. Así, una comunidad revelaría su madurez moral por la manera en que responde al extranjero vulnerable.

En ocasiones, ese paso desde una conciencia moral convencional hacia una conciencia propiamente ética se produce gracias a acontecimientos que actúan como auténticos disruptores éticos. La memoria de una injusticia sufrida, el encuentro con quien padece la exclusión o la irrupción de experiencias que desbordan nuestros esquemas habituales pueden obligarnos a revisar críticamente aquello que hasta entonces estaba socialmente aceptado.

La conciencia ética nace precisamente de esa capacidad de dejarse interpelar por el otro. Escuchar esa voz exige, por supuesto, respetar la libertad del otro; pero exige también asumir una responsabilidad hacia él. No basta con reconocerlo como sujeto de derechos. Es preciso hacerse cargo de quien sufre, del pobre, de quien permanece situado fuera del sistema y, precisamente por ello, revela las limitaciones morales del propio sistema. Esa responsabilidad puede exigir cuestionar leyes, instituciones o costumbres cuando estas impiden el reconocimiento efectivo de la dignidad humana.

El espejo andaluz

Desde los años cuarenta del siglo pasado, cientos de miles de personas salieron de Andalucía para buscarse la vida en países centroeuropeos y en otros territorios del Estado. Más del 30% de la población emigró y en muchas comarcas y municipios la migración superó a la mitad de sus habitantes. Familias que vivían con apenas recursos, jornaleros o agricultores empobrecidos, jóvenes sin ninguna expectativa, vivieron la explotación económica y el choque cultural; pero también sufrieron la incomprensión y, a veces, el desprecio en los lugares ajenos a su tierra adonde fueron en busca de una oportunidad para vivir, para mantener a la familia. Esa experiencia no puede dejar de estar presente en la memoria de las actuales generaciones andaluzas; y menos aún cuando todavía siguen viviendo decenas de miles de familias andaluzas en los lugares donde pudieron ganarse la vida con su trabajo.

La situación se ha invertido. La emigración desde Andalucía es muy inferior a la población inmigrante que ahora viene huyendo de la pobreza, de la miseria y de la persecución desde otros países. Son cientos de miles de migrantes que vienen a trabajar, que vienen desesperados y que, incluso, llegan arriesgando y perdiendo la vida tratando de alcanzar nuestra frontera; y lo hacen, principalmente, desde África y desde Latinoamérica. Esta población es, en buena parte, población excluida que no ha podido ser subsumida por el capital en sus países de origen. En Andalucía —colonia interior y exterioridad de la totalidad europea— constituyen la exterioridad de la exterioridad.

Se esperaría una relación especular entre los sectores populares de Andalucía y la población migrante; se esperaría que ante la presencia del otro nuestra memoria actuase como un disruptor ético que sacudiera la conciencia de esa población andaluza que se encuentra en el nivel convencional y que tiene la conciencia moral de vivir en paz. Podría haberse esperado que esas personas diesen el paso a la autonomía moral y que esa sacudida se transformase en conciencia ética y vieran al otro como otro en su libertad; que esos sectores se reconocieran en el otro, en su dignidad e identidad negadas y, por tanto, se abrieran al diálogo profundo para poner en común saberes, dolores y proyectos, sin jerarquías. Y se esperaría, precisamente desde la ética del cuidado, que esa respuesta no fuese solo de justicia, sino de responsabilidad cálida y acogedora hacia quien sufre, porque la memoria de la propia vulnerabilidad tendría que activar el vínculo con la vulnerabilidad ajena.

Acabamos de conocer el pacto entre PP y Vox para gobernar Andalucía durante los próximos cuatro años. Entre otras desesperanzadoras medidas, las que tratan la migración son expresión normativa del racismo y la xenofobia. Pretenden cerrar Andalucía a la presencia de migrantes y manifiestan una determinada concepción de la comunidad política: la población migrante deja de ser considerada un sujeto de derechos para convertirse en un problema de seguridad o de identidad cultural. Desde esa lógica se justifican el rechazo al reparto de menores no acompañados, la exclusión de personas migrantes de numerosas prestaciones sociales, el endurecimiento de las políticas de control y la supresión de ayudas dirigidas a organizaciones que trabajan con ellas.

Con esas medidas se pretende reducir la condición humana del migrante, expoliarle su dignidad y mantenerlo en la barbarie, en la exclusión; continuar, en definitiva, en la exterioridad del sistema-mundo. Son medidas que atentan no solo contra la justicia, sino, también, contra la ética del cuidado: niegan la responsabilidad hacia el vulnerable, rompen el vínculo con quien sufre y castigan la compasión organizada.

El acuerdo PP-Vox se inscribe en la actual ola de ascenso de los fascismos trumpistas como una manifestación del pensamiento y la cultura que la modernidad eurocentrista —y, por tanto, el etnocentrismo y el supremacismo blanco inherente— se ha desplegado con violencia por el mundo desde hace cinco siglos. El racismo y la xenofobia son maneras en las que se manifiesta el intento de anulación del rostro del otro; y este encuentra mayor receptividad entre quienes orientan sus decisiones desde esquemas morales propios del nivel preconvencional. Al igual que sucedió el siglo pasado en los años veinte y treinta, este tipo de personas mostraron su apoyo a los fascismos que surgían impulsados por minorías nacional-estatalistas con aquiescencia del poder económico.

No fue difícil entonces que el pensamiento fascista penetrara en las personas que identificaban lo justo con lo que les interesaba, lo que les convenía. Hoy sucede lo mismo. Entre las personas de este nivel preconvencional se cuentan individuos con bajos ingresos económicos pero ávidos de alguna riqueza y poder, aun cuando no lo consigan; también personas que se caracterizan por dejarse conducir por sus impulsos e intereses inmediatos y que respetan las normas solo en atención a las posibles consecuencias. Las personas ubicadas en este nivel verán en el desprecio al otro una muestra de su superioridad. Y, conviene subrayarlo, el desprecio al otro es la negación más radical de la ética del cuidado: donde debiera haber vínculo y responsabilidad, se instala la indiferencia o la hostilidad.

Con todo, la extensión entre amplios sectores de la población andaluza del supremacismo etnocentrista y nacional-españolista no es definitiva. Cierto es que tiene el apoyo de los grupos sociales ubicados en los niveles preconvencional y convencional, pero la identidad cultural andaluza —«Por sí, por los pueblos, por la humanidad»— sigue teniendo un poso que se despierta cuando las alarmas funcionan (o han funcionado). La presencia del otro, su mirada, puede ser el espejo donde nos reencontremos como pueblo y alcancemos el grado de madurez moral para salir de la pesadilla del fascismo. Una madurez que, a la luz de Gilligan, no será plena si no se orienta también hacia una ética del cuidado, capaz de reconocer en el migrante no solo a un sujeto de derechos, sino a un semejante vulnerable que nos convoca a la responsabilidad y a la compasión.

La fraternidad republicana estuvo en el horizonte del andalucismo histórico y de Blas Infante, pero el acuerdo de gobierno PP-Vox pretende negar y excluir a parte de la población que vive y trabaja en Andalucía —la población migrante— y derogar la Ley andaluza de Memoria Histórica. Quieren, PP y Vox, romper el espejo. Y al hacerlo, que toda Andalucía renuncie no solo a la justicia, sino al cuidado, a la memoria y a la fraternidad.