La desaparición de una escultura de 38 toneladas de acero, obra del artista estadounidense Richard Serra, estando bajo custodia del museo Reina Sofía, dio lugar a un libro del escritor Juan Tallón titulado Obra maestra. Se narra cómo la enorme pieza de tantas toneladas se evaporó de un almacén donde había sido depositada años atrás. Su destino nunca se ha sabido. Quizás acabó en manos de chatarreros, que fueron cortando y vendiendo los trozos por aquí y por allá mezclados con chatarras en fundiciones de los alrededores de Madrid. O vaya usted a saber.
La búsqueda fue incesante. Indagaron la directora del museo, su equipo, policías, periodistas, letradas, jueces, artistas, marchantes de arte, geógrafos, críticos, taxistas, galeristas, escritores, funcionarios de distinto nivel, montadores de exposiciones, almacenistas. Un sinfín de personas que, desgraciadamente, no vieron recompensados sus desvelos. Una escultura imponente que concitó unanimidad en una cosa: todos querían que apareciese, era impensable que 38 toneladas de acero hubiesen desaparecido de la tutela oficial sin más ni más. Pero esa unanimidad no se vio recompensada.
Las recientes noticias publicadas sobre el hotel del Algarrobico, la enorme mole construida a pie de playa en este paraje de la costa almeriense, dentro del parque natural Cabo de Gata-Níjar, dan que pensar en la Obra maestra de Juan Tallón, pero al revés. En vez de búsqueda y comparecencia, todos quieren que desaparezca del paisaje, que sea demolido, pero no hay manera de lograrlo. Aunque sería más preciso decir casi todos, ya que algunos responsables locales están temerosos de que les toque pagar los platos rotos.
Vienen siendo años y años de denuncias y batalla legal y allí siguen las toneladas de hormigón afeando el litoral protegido. Andan enfrascados el Gobierno, la administración regional, el ayuntamiento, ecologistas, reporteros, turistas, abogados, jueces, artistas, ciudadanos de a pie, otro sinfín pero de distinto signo. No obstante, los dos casos comparten una característica común: se trata de estructuras de gran tamaño, pero lo que son las cosas: una, la escultura, destinada a la contemplación y la admiración artística y otra, el hotel, causante de rechazo por su desmedido impacto ambiental.
Después de más de 20 años, es ampliamente compartido el objetivo de acometer el derribo de las obras realizadas para restituir la naturaleza a su estado anterior. Pero hay que utilizar el adverbio casi porque, como decía, existe una voz disonante. Una votación reciente en el pleno municipal de Carboneras, término donde se enclava la construcción, no ha conseguido poner de acuerdo a los ediles sobre la anulación de la licencia que dio lugar al desaguisado urbanístico y ambiental, incumpliendo la orden judicial y alargando el final de la historia, si es que llega a producirse en el futuro. El Tribunal Superior ha vuelto a dar un plazo de 20 días para que la corporación anule, plazo que va transcurriendo.
La declaración del parque natural, llamado oficialmente Cabo de Gata-Níjar, se produjo por acuerdo del gobierno andaluz en 1987, con franjas terrestre y marítima. Pronto cumplirá 40 años. Se llevó a efecto para preservar las salinas existentes, las más occidentales de Andalucía, y las accidentadas sierras litorales de origen volcánico que se extienden a lo largo del cabo. Abarca terrenos de tres municipios: Almería, Níjar y Carboneras, si bien la comarca es conocida como Campo de Níjar, inmortalizada por el escritor Juan Goytisolo.
A partir de 1989 fue obligatorio que los parques naturales contasen con un plan de ordenación de recursos naturales y que su funcionamiento se rigiese por un plan rector de uso y gestión. Abordó la entonces Agencia de Medio Ambiente esta tarea, así como la de otros muchos parques naturales, con el criterio de zonificar las distintas áreas del parque -según su riqueza ecológica- mejorar la cartografía y establecer las condiciones de uso y gestión. Todo ello para que la protección pudiese funcionar y la ciudadanía conociese a qué atenerse al acceder a este nuevo territorio protegido, lo que se podía y no se podía hacer a partir de aquel momento, las posibilidades de disfrute de estos recursos naturales y las limitaciones imprescindibles.
Era el cabo de Gata una zona muy golosa para el turismo masivo y con numerosas autorizaciones mineras, actividad esta que se había desarrollado en la comarca desde mucho tiempo atrás. Además, la presión de la agricultura bajo plástico se extendía en una provincia que la había descubierto como fuente de crecimiento económico y empleo. Hubo, pues, que llevar a cabo una gestión firme para preservar el espacio protegido y hacer frente a las amenazas que podían dar al traste con los valiosos ecosistemas que albergaba. Así lo hicieron los gestores designados por la administración autonómica y así lo fueron entendiendo los municipios y colectivos de todo tipo, no sin reticencias. A ello fueron ayudando los debates que tenían lugar en la Junta Rectora, el órgano de participación social del parque natural.
Quien consulte hoy en un boletín oficial la cartografía de 1989 -si es que puede recibir tal nombre- con la que debieron trabajar estos gestores en aquellos primeros momentos quedará asombrado ante un mero croquis, dibujado en medio folio, comprensivo de miles de hectáreas. No siempre ha existido Google ni nada que se le parezca. Para incluir en el parque natural zonas colindantes de valor ecológico, plantearon los responsables de Medio Ambiente en Almería una ampliación de los límites, lo que llevó a añadir varios nuevos terrenos, uno de ellos El Algarrobico. El plan de ordenación los dibujó como zonas de protección, empleando una cartografía más precisa, por supuesto sin posibilidad de desarrollos urbanísticos, impropios de áreas protegidas. Ahí están los informes justificativos que sustentaron esa decisión y los mapas publicados en los boletines oficiales aquel 1994. Es lo que aprobó el gobierno andaluz ese año.
A partir de ahí, la historia de los más de 30 años transcurridos es muy conocida, habiendo sido contada y recapitulada por cronistas de diferentes medios informativos y asociaciones conservacionistas. Aunque son historias que van en sentido opuesto, coinciden con lo descrito en el libro de Juan Tallón en la acumulación de desaciertos administrativos, de decisiones discutibles que llevaron, en un caso, a la desaparición de la pesada escultura o, en el otro, a la edificación de la mole indeseable al lado del mar.
Pero no se ha escrito el libro que merece, esa Obra maestra pero al revés, que con más acierto podría ser titulada Obra funesta. Está esperando a su novelista, su ficción, ecológica por supuesto. No hay más que conocer todo lo ocurrido y los sugestivos ingredientes que concurren, aun sin haber llegado al necesario final, al derribo de la mole con la incertidumbre de cual será el desenlace y quienes lo verán. Alpinico o Alolivico serían buenas denominaciones para localizar la acción por aquello de que cualquier parecido con la realidad sea pura coincidencia. Como hizo aquel novelista que satirizó una conocida romería situándola en Alprado para disimular el monte.

