Llevaba tiempo pensándolo: quiero un pantalón blanco de lino. Miraba una y otra vez mi armario, viendo que había en él ropa suficiente para pasar no un verano, sino varios. Quería justificar la adquisición del dichoso pantalón blanco de lino. Sabía que era un capricho y quería justificarlo. Imposible, no había otra que olvidarme de mis opiniones sobre el consumo incontrolado, perjudicial para terceros. Al final me compré el pantalón blanco de lino y pensé que no era para tanto, había pagado un precio justo, o eso me decía a mí misma.

He aquí que hablando con un joven, inteligente y maduro con opiniones progresistas, sobre cómo a veces personas que se dicen de izquierdas llevan una vida no coherente con las ideas que expresan, el joven en  un momento de la conversación me dice: “Tú acabas de comprarte un pantalón de lino que ¿te hacía falta? No. Conocía perfectamente esta circunstancia. Seguimos hablando y me dice “vivimos en una burbuja de la que no podemos escapar”. Mientras, yo intentaba demostrar que soy coherente con mis ideas, aunque sin mucho convencimiento.

El resto del día estuve dándole vueltas a la conversación, de cómo nos es muy difícil escapar de las redes que nos envuelven, de cómo yo, en el fondo, era una falsa que solo quería aparentar progresismo sin verdaderas consecuencias en mi vida. Trataba de justificarme una y otra vez sin éxito, repasando mi forma de vida, el tiempo que dedico a causas que creo necesarias en favor de una sociedad más igualitaria, más justa, con un verdadero compromiso que afecte a mi vida. Escribir estas palabras es un intento burdo de justificación.

Estamos demasiado envueltas en una realidad que nos es impuesta. No hay otro camino que la vida dentro del capitalismo. El liberalismo ha perdido todo su origen liberador para convertirse en un monstruo que solo nos enseña un camino, tapando otros, esos que la imaginación nos indica a veces que pueden llegar a ser reales, mientras todo nos dice que no hay forma de escapar.

Hay tres formas de afrontar todo esto, creo. Una: la vida, el mundo, es así y así hay que aceptarlo, siempre teniendo una cierta responsabilidad ante lo que creemos que está mal, pero inevitable mientras intentamos algo para nuestra propia tranquilidad de conciencia Dos: todo es inútil, solo me salvo yo con esfuerzo, trabajo (casi esclavo) y levantándome a las seis de la mañana para ir al gimnasio, cuidar mi cuerpo y, de paso, comprar criptomonedas que me darán la oportunidad de tener un Lamborghini  que me dará la felicidad (no sé cómo, pero ahí está) Tres: seguir confiando en la ayuda mutua, tan necesaria nuestra especie, el amor y el saber que aquí o nos salvamos todos o no se salva ni dios.