(Este texto se divide en tres partes para facilitar su lectura y análisis).

Mientras el mundo avanza ciego hacia el tecnofascismo, la atención pública se diluye en el ruido mediático y la banalidad de las redes sociales, sin tomar conciencia de que cuanto más persevera en sus hábitos digitales, más fuerza le otorga a Palantir: uno de los pilares fundamentales de esta deriva y en cuyas filas encontramos importantes ideólogos de este fenómeno.

¿Qué es Palantir y quiénes están detrás de esta compañía?

Palantir es una de las empresas de software y análisis de big data más poderosas del mundo. Para entender cómo influye hoy la tecnología en la política y las guerras, es fundamental conocer a Palantir Technologies. Tradicionalmente, en las clases de Historia o Ciencias Sociales se enseña que el poder político y militar está exclusivamente en manos de los gobiernos, los presidentes o los generales. Sin embargo, esta primera información "debería" impactarnos. En ella se intuye que actores invisibles para el gran público —las corporaciones tecnológicas privadas— tienen tanto o más peso en las decisiones globales que los propios políticos. El poder ya no pertenece solo a quien tiene los votos o los tanques, sino a quien es dueño del código informático y de la información. A este impacto inicial se le añade una dosis de desasosiego cuando descubrimos un detalle que no es casual: sus fundadores tomaron el nombre de la empresa de las piedras visionarias de la novela El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien. Las "palantir" eran ojos mágicos que todo lo veían, artefactos utilizados para vigilar, dominar mentes y controlar ejércitos en la distancia.

¿A qué se dedica exactamente Palantir?

¿Qué tipo de armas fabrica? ¿Tanques? ¿Aviones o acaso drones? Me temo que ninguna de las tres cosas. Y ahí reside, precisamente, el núcleo de su poder. Palantir no funde acero, no ensambla motores ni fabrica misiles. Si alguien imagina un arma, en principio pensará en algo físico, destructivo y ruidoso. Pero esta compañía produce algo mucho más silencioso e intangible: el cerebro digital que dirige esas armas. Su producto es exclusivamente el software. Para entenderlo, imaginemos un campo de batalla actual. Hay satélites captando imágenes; drones vigilando desde el cielo; señales de teléfonos móviles cruzando el aire; datos fiscales —el rastro digital de cada céntimo que una persona gana, gasta o posee, una información que Palantir centraliza para, por ejemplo, asfixiar económicamente al enemigo, bloqueando sus cuentas o detectando la compra de componentes para armas antes incluso de que estas se fabriquen— e informes de inteligencia —los documentos secretos que guardan la policía, los militares o las agencias—.

Lo que puede hacer Palantir a través de su plataforma militar llamada "Gotham" es procesar esos millones de datos dispersos y ocultos que un ser humano común jamás detectaría, unirlos en tiempo real y dibujar un mapa predictivo de la situación. Es razonable preguntarse: ¿y esto qué ventaja da? Al analizar los patrones de comportamiento del enemigo (cómo se mueve, qué compra, con quién habla), el software no solo muestra lo que está pasando ahora, sino que, en milisegundos, calcula y predice lo que este va a hacer a continuación, sugiriendo la orden de ataque al instante. No necesitas enviar a miles de soldados a ciegas a un territorio peligroso. El software indica el lugar exacto, la coordenada milimétrica, donde un solo dron o un único misil causará el mayor daño posible. Salva las vidas de tus propias tropas, pero convierte tu capacidad de ataque en algo quirúrgico y devastador. El ejército que usa Palantir juega al ajedrez sabiendo de antemano el movimiento que va a hacer el rival.

El ojo que todo lo ve: vigilancia, control y dependencia

Para comprender la verdadera gravedad de estas propuestas es necesario observar cómo esta tecnología deshumaniza el mundo. La máxima expresión de esta deshumanización se encuentra en este ámbito militar, donde Palantir diseña sistemas en los que la identificación de objetivos letales y las decisiones sobre bombardeos dependen cada vez más de modelos matemáticos. En su visión, las decisiones vitales ya no pasan por el filtro de la empatía o la ética humana, sino que son ejecutadas por la fuerza ciega y automática de los datos. El departamento de guerra ha tenido que dar cuenta de que el software ya ha cometido crímenes. El 28 de febrero de 2026 era un sábado lectivo en Iran; la escuela Shajareh Tayyebehen la ciudad de Minab estaba llena de niños y, sobre todo, de niñas esperando a que sus padres los recogieran porque los bombardeos habían suspendido las clases. Tres misiles Tomahawk cayeron sobre esa escuela, dejando 175 muertos, la mayoría menores. Detrás de este crimen de guerra está su software y, detrás, la mano de los dirigentes de Palantir, que piden no criticar al Gobierno de Trump. También trabajan con el Ejército genocida israelí en Gaza.

El desasosiego se multiplica cuando descubrimos que esta tecnología no se queda en las fronteras ni en los campos de batalla lejanos. Palantir ha trasladado esa misma fría capacidad analítica al mundo civil, convirtiéndose en una herramienta clave para la vigilancia de la población y el control social. Tras sus deslumbrantes resultados económicos hay grandes sombras sobre las implicaciones éticas de su tecnología, muy especialmente en lo que respecta a la privacidad de los datos, algo que le ha generado numerosos problemas en Europa. El "ojo que todo lo ve" de Silicon Valley ya no solo vigila al adversario geopolítico; se ha convertido en un vigilante invisible dentro de las propias democracias occidentales, capaz de decidir quién es sospechoso en función de lo que dicta un código informático privado, reduciendo a las personas a simples puntos de datos en una pantalla para ser vigilados o perseguidos.

En las ciudades, el software ya no busca tanques enemigos, sino que cruza los historiales médicos, las redes sociales, las cámaras de tráfico y los registros de empleo de los ciudadanos. Bajo la promesa de mantener la seguridad, la policía utiliza estas plataformas para la "vigilancia predictiva": el algoritmo analiza qué barrios o qué perfiles de personas tienen más probabilidades de cometer un delito y envía patrullas allí antes de que ocurra nada. Esto, que suena a película de ciencia ficción, ha provocado enormes polémicas éticas por perpetuar el racismo. Bajo la actual administración de Donald Trump, las agencias de control migratorio de Estados Unidos (como el ICE) utilizan el software de Palantir para cruzar registros bancarios, datos telefónicos e historiales de empleo con un fin muy concreto: automatizar una cacería humana basada en sesgos racistas.

Tal y como documenta la prensa europea independiente, libre del temor a represalias, el algoritmo permite rastrear y detener de forma masiva a inmigrantes indocumentados en sus propios puestos de trabajo, propiciando la separación abrupta de miles de familias. Recientemente, Estados Unidos ha adjudicado por la vía urgente un contrato de aproximadamente treinta mil millones de dólares a Palantir para desarrollar un sistema de vigilancia masiva en tiempo real de la población migrante. Cada llamada, cada alquiler, cada visita al médico, cada fotografía compartida, cada matrícula captada por una cámara y cada desplazamiento registrado por un teléfono móvil pueden convertirse en piezas de un gigantesco puzle digital. El software cruza datos sanitarios, financieros, administrativos, biométricos y procedentes de las redes sociales para construir perfiles extraordinariamente precisos de millones de personas. Lo que antes exigía miles de funcionarios revisando archivos durante meses puede realizarse ahora en cuestión de segundos: localizar a un individuo, identificar a sus familiares, reconstruir sus relaciones personales y seguir sus movimientos a través de todo el país.

Según expertos en seguridad privada, esta infraestructura no se quedará solo en vigilar a los migrantes. Paul Graham, uno de los inversores más respetados de Silicon Valley, advirtió a los desarrolladores para que se mantuvieran alejados: "Si eres un programador de primer nivel, hay muchísimos otros lugares donde puedes trabajar antes que en la empresa que construye la infraestructura del Estado policial". En esta misma línea, Amnistía Internacional lleva años acusando a la empresa de participar en flagrantes violaciones de los derechos humanos.

Inversores y agencias de calificación, como MSCI, le han dado una puntuación de 2 sobre 10 en libertades civiles y derechos humanos; para que el propio mercado otorgue esa nota a un fondo de inversión, las preocupaciones éticas deben ser extraordinariamente graves. Para el algoritmo de Palantir, no existen vidas humanas ni dramas sociales, solo perfiles y coordenadas que deben ser purgados del sistema. Los capturados terminan hacinados en centros de detención privados —verdaderas cárceles donde incluso los niños permanecen aislados de sus progenitores en condiciones paupérrimas—, transformando este drama humano en un negocio millonario para los empresarios que gestionan dichos recintos.

(El próximo miércoles: Palantir, la infraestructura de la sumisión (II))