En muchas esquinas de nuestras ciudades y pueblos, donde antes había un bar o una oficina bancaria, han ido apareciendo gimnasios y clínicas de estética. En esos establecimientos, hombres y mujeres se empeñan en cultivar músculos y en tornear labios carnosos, pechos turgentes, narices perfectas o en suprimir ojeras y patas de gallo. Llama la atención la cantidad de horas que millones de personas pueden emplear en su empeño por "mejorar" su estado físico y, por contraste, el desinterés por su intelecto. Da la impresión de que al ser humano de este tiempo le interesan mucho más las curvas de sus bíceps que la musculatura de sus meninges. Hay más preocupación por el continente que por el contenido. ¿Vuelve el imperio de la fuerza frente a la razón? Coinciden en el tiempo esa proliferación de gimnasios y clínicas con la desaparición de los quioscos de prensa y la escasez de bibliotecas.
Uno tiene la sospecha de que las antiguas estanterías de libros que había en muchos hogares –el Círculo de Lectores, fundado en 1962 por la editorial Planeta, que llegó a tener 19 millones de socios en los años 90 del siglo pasado, desapareció en 2019– han sido sustituidas por mancuernas, barras, discos olímpicos, bandas elásticas, bicicletas estáticas y cintas de correr. Seguro que en millones de casas hay ahora más aparatos de musculación que libros. ¿Cuánto tiempo dedicamos los andaluces al cultivo del cuerpo y cuánto al cultivo de la mente. Cuánto al continente y cuánto al contenido. Cuánto tiempo a hacer y cuánto tiempo a pensar? Unas respuestas sincera a esas preguntas nos permitirían aventurar lo que cabrá esperar de las futuras generaciones.

Los andaluces dedicamos, de media, 165 minutos al día a ver la tele. O sea, casi tres horas diarias delante de una pantalla que antes era llamada la "caja tonta" y ahora podría se llamada la "caja de la desinformación y el odio". Un estudio de la universidad de Cádiz realizado por Carmen Ortega Villodres y Ángel Cazorla Martín dice que ocho de cada diez andaluces encuestados (79,3%) declaran que nunca han pertenecido a una asociación y, de los dos que sí han pertenecido, la mayoría ha sido a una organización deportiva. O sea, a un club de fútbol. El fútbol es la cultura universal. ¿Cuánto tiempo a practicar algún deporte? Según el Consejo Superior de Deportes, más de cinco horas a la semana. O sea, unos 45 minutos al día. Ahí van consumidas, de media, casi cuatro de las ocho horas diarias del ocio previsible, a las que habría que restar otras tantas hipnotizados por la pantalla del teléfono móvil.
Descrito de forma muy somera, ése es el panorama. Tampoco es necesario explayarse con una profusión de datos porque, quien más quien menos, todos conocemos el enorme interés que tenemos por el cultivo de la mente. La vida es demasiado corta –y con frecuencia ingrata– como para que encima nos castiguemos con aburridas lecturas y sesudas reflexiones. La mayoría piensa aquello dd a vivir, que son dos días. Tampoco se trata aquí de restarle importancia al cuidado del cuerpo, a la salud y a la estética. Ni de contraponer el cuerpo con la mente. Mens sana in corpore sano, dejó dicho el poeta romano Juvenal. El problema es, como ocurre en casi todo, de medida, de saber encontrar el equilibrio. Sobre todo porque seguir las modas de forma acrítica supone con frecuencia hacerle el juego a los intereses políticos y/o comerciales a unos cuantos que nos prefieren sedados.
Lo preocupante es que, como indican las leyes de la evolución, el órgano que no se ejercita se atrofia y que la deriva que lleva esto –unido al uso abusivo de la inteligencia artificial- podría engendrar un ser humano provisto de mucho cuerpo y escaso de cerebro. Sobre todo, un ser humano ignorante y, como consecuencia de ello, manipulable, dócil y egoísta. Algo de todo eso se atisba en el horizonte cercano. Un ser humano deshumanizado.


