Sevilla, Málaga, Granada… Todas las ciudades son equiparables a un huevo frito. Y no lo digo por el calor que está haciendo esta semana, que también. Lo digo porque en ellas sus habitantes quieren comer y vivir en la yema, pero solo una minoría lo consigue. La inmensa mayoría se tiene que conformar con nadar en la albúmina de la clara luchando por acercarse lo más posible al manjar de la yema, la parte que concentra la práctica totalidad de las vitaminas liposolubles (A, D, E y K), colina (esencial para el cerebro) y minerales como el hierro y el zinc. Cierto es que en la yema también se lucha a brazo partido por el control de la parte del león, pero las refriegas más cruentas se dan en la clara.
Componen la yema los barrios ricos del centro y la clara, los barrios periféricos. En estos últimos barrios, la lucha más despiadada es entre los penúltimos y los últimos que llegaron. Las ciudades son, ya lo sabemos, conglomerados de viviendas y el acúmulo de sus habitantes se hace por aluvión, unas veces en fenómenos lentos y otras veces acelerados por la pobreza de regiones cercanas o países lejanos. Obviamente, los barrios periféricos son los peor equipados de servicios, viviendas, transportes, limpieza… La escasez de servicios es el origen del rechazo que sufren los recién llegados. Los últimos y los penúltimos compiten por las migajas, por la clara, mientras en la yema nadan en la abundancia. Sus habitantes de la periferia tragan la albúmina, mientras en el centro tienen a su disposición las mejores vitaminas.
Unos y otros están en la misma ciudad, pero ¿podemos decir realmente que viven en el mismo espacio físico y en el mismo tiempo histórico, comparten los mismos intereses, sueños y aspiraciones? Haciendo un esfuerzo de generosidad podríamos aceptar que todos viajamos en el mismo barco. Pero mientras unos nacen, crecen, se reproducen y mueren en una suite de la proa, junto al puente de mando, otros lo hacen en la sentina de popa, respirando el humo y tragando la grasa de la sala de máquinas. Allí donde se acumulan el agua de las fugas y filtraciones, los fluidos que expulsa el motor y la condensación del vapor hediondo. A través del tubo acústico, de arriba llegan mensajes que hablan de remar todos en la misma dirección, que las clases sociales -lo mismo que las ideologías- ya no existen, que lo importante es que el barco siga navegando con el mismo rumbo. El huevo frito es lo que importa, nos dicen de nuevo, sea la yema o la clara la que te ha tocado en suerte.

El planeta Tierra es un inmenso huevo frito y no lo digo por el calentamiento global, que también, sino porque todo el mundo quiere disfrutar de las riquezas que se acumulan en determinadas zonas privilegiadas. El resto tiene que conformarse con malvivir en los arrabales, en la clara. A eso se ha dado en llamar ahora “prioridad nacional”. A los jóvenes, durante el franquismo se les decía “cuando seas padre comerás huevos”. Los africanos, a África, y los latinoamericanos a Latinoamérica. Que se queden en la clara del planeta y, si consiguen llegar aquí, que traguen más clara. Si acaso, que trabajen, pero sin las vitaminas de la yema. Que trabajen, vale, pero que al salir del tajo desaparezcan, que se vuelvan invisibles y que abandonen sus costumbres. (Por cierto, los emigrantes andaluces sembramos media Europa de peñas flamencas y de casas “regionales” de Andalucía, a veces para desesperación de muchos habitantes de Catalunya, Francia, Alemania, Suiza… que también decían -como ahora la gente de VOX- que poníamos en peligro su identidad nacional).
Los problemas que tienen los que promueven la “prioridad nacional”, desde esta semana instalados también en el palacio de San Telmo, son que al campo no se le pueden poner puertas y que la mano de obra barata de los inmigrantes la reciben los empresarios como agua de mayo. Hacen falta. Tratar de parar la inmigración es lo mismo que intentar coger agua con las manos. O con un canasto de mimbre. Esta semana hemos sabido que 1,2 millones de extranjeros residentes en España han solicitado su regularización administrativa. Eso supone que la futura cotización a la Seguridad Social alcanzará cifras de contribuyentes nunca soñadas. Los que somos partidarios de esa regularización estamos de enhorabuena. Los xenófobos no tienen otra salida que asumir lo irremediable porque, de lo contrario, todos sufriremos las consecuencias de marginación y de la violencia que siempre ha engendrado el rechazo del otro y el enfrentamiento con el excluido.


