Cae la lluvia con fuerza sobre Bafatá, en Guinea Bissau. Nunca vi llover de esta manera, de niño cuando había una tormenta de verano me gustaba que el agua me empapase la cabeza, la sensación de frescor y libertad, el olor a tierra mojada. Me crié en un barrio de calles embarradas en un país pobre que aún existe, pero solo en mis recuerdos. La gente que formaba su paisaje humano ya desapareció. El tiempo corre sin detenerse devorando lo que construye, los años son como el agua, arrastran todo a su paso. Aún me creo joven hasta que me miro en el espejo y me pregunto cuánto queda de mí en ese reflejo, lo vivido convive con el presente. Fabricamos recuerdos estancos, lugares inmutables para poder seguir siendo nosotros mismos.

Hace veinte años vine a esta tierra africana y fotografié todo lo que pude, alucinando como si hubiera llegado a otro planeta. Todos estos años he recreado una y otra vez mis recuerdos nítidos, invariables y estáticos como en las fotografías que tomé, situando cada árbol, cada casa, cada sonido en un mapa mental. Mis vivencias en Guinea han seguido la ley del obturador capaz de congelarlo todo, en ellos como en mis imágenes, nada se deteriora, nadie envejece. Ahora he vuelto a este rincón del mundo con la sien plateada y la frente marchita, como en el tango de Gardel, pero no hay luces que a lo lejos vayan marcando mi retorno. Durante todos estos años he echado de menos Bafatá, su barrio colonial portugués, bajar por la calle adoquinada hasta el inmenso río Geba, ver a los pescadores en cuclillas sobre sus estrechas piraguas. Pero ya nada es como lo recuerdo, quizá nunca lo fue.

Egoístamente me hubiera gustado que nada hubiese cambiado, que las elegantes viviendas decadentes no estuviesen casi derruidas, que el centro de la ciudad no se hubiese trasladado a la parte alta donde reinan los tejados de hojalata y las motos lo inundan todo de ruido y humo. Ahora hay menos personas con la vestimenta tradicional y más con camisetas de fútbol. Adaptándose para sobrevivir, África se diluye hasta convertirse en un reflejo distorsionado, en una parodia de Europa. Supongo que esta es otra de esas leyes de vida que hicieron que España se americanizase y pasara del aguardiente a los cubatas, de los garbanzos a las hamburguesas, de la boina a la gorra de baseball, de ir al río a bañarse, a irse de crucero por el Mediterráneo.

Antes de volver pensaba que me sentiría más integrado que en mi viaje anterior, pero nada más lejos. Soy E.T. en busca de un teléfono para llamar a mi casa. Soy el blanco de todas las miradas en el mal sentido de la palabra. Cuando volví de mi viaje tenía amigos, seres queridos a los que contarles mis experiencias como si fuera Marco Polo. El tiempo se los llevó de la misma manera que me tiñó el pelo de blanco.  A la vuelta tardé mucho tiempo en aterrizar, me quedé mentalmente colgado en un continente detenido. La frondosidad, las miradas, las manecitas negras de los niños que agarraban mis pálidos dedos, la luz mañanera sobre las chozas redondas con tejado de paja a primera hora de la mañana y el bosque tropical reflejado en el meandro del río Geba me dejaron atrapado. He echado mucho de menos todas esas sensaciones, pero las gentes, las ciudades, los pueblos y los rincones no me han extrañado a mí, porque nunca fueron conscientes de mi existencia.

Echamos de menos los lugares como si hubiera una obligación recíproca y ellos también tuvieran que echarnos de menos a nosotros.  Pero para la tierra no somos muy diferentes de los insectos, reptiles, pájaros y batracios que abundan por aquí. Somos despreciablemente efímeros y sin embargo, acostumbrados a dominarlo todo, creemos dominar también el tiempo. La región de Bafatá y sus tabancas (aldeas) siguen cambiando, aunque permanezcan invariables en el disco duro de mi memoria. Algunos de los niños que fotografié hoy son hombres, a otros se los llevó la enfermedad o murieron en el camino que lleva a Europa. De ellos sólo quedan las fotos que les hice, felices y vitales. Las niñas ahora son mujeres cargadas de hijos, resignadas a tener que llorar su pérdida cualquier día. Eso no ha cambiado en veinte años.

Soy un extranjero, un guiri descolorido, un extraterrestre con ideas preconcebidas que no deja de fascinarse ante un mundo en el que como decían los antiguos griegos, todo fluye, todo cambia. Queremos que las experiencias felices se repitan, por eso la realidad siempre nos decepciona. Llueve, me gustaría volver a sentir la cabeza mojada bajo una tormenta de verano como cuando era un niño. Pero como Félix Grande escribió y Joaquín Sabina popularizó, «al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver».  Llueve en África, llueve sobre mis recuerdos.