Una noticia reciente anuncia la apertura al público de una obra de ingeniería que tiene 110 metros de largo y se eleva 50 metros. Se sitúa en el conocido Caminito del Rey, que no es más -ni menos- que un equipamiento de uso público existente en un Paraje Natural llamado Desfiladero de los Gaitanes. Este espacio protegido fue declarado por una ley del Parlamento Andaluz en 1989; se acerca, pues, a cumplir los cuarenta años de protección oficial. En su interior se encuentra dicho Caminito del Rey, una infraestructura lineal concebida originariamente para que pudieran desplazarse los trabajadores que operaban las centrales hidroeléctricas construidas en la zona, inaugurado en 1921, precisamente por el rey Alfonso XIII.

Con el paso del tiempo y la falta de conservación, el camino original se fue degradando hasta quedar fuera de uso por los evidentes peligros que suponía su mal estado. Quiso la Junta de Andalucía proceder a su restauración en los años 90, en base a un estudio elaborado por el conocido ingeniero José Antonio Fernández Ordoñez, pero su alto coste dejó el asunto aparcado. Hoy este coste nos parecería ridículo. Sería ya en el presente siglo cuando la Diputación Provincial de Málaga abordó la construcción de un nuevo Caminito, siguiendo el trazado del original, del que se conservan algunos tramos. El éxito ciudadano ha sido monumental; son unas 330.000 personas las que anualmente recorren el desfiladero y contemplan sus bellezas naturales, pegados a las paredes de la roca, cubiertos con cascos y sin temor al vértigo que puede provocar la profundidad de la hendidura.

Se ha popularizado el nombre Caminito del Rey para designar al conjunto de la zona, no solo a las pasarelas y al sendero que dan continuidad. Una parte por el todo. Pero es que, aunque resulta bastante menos conocido, el espacio natural protegido se denomina legalmente Desfiladero de los Gaitanes, formidable cañón abierto sobre las rocas calizas por el río Guadalhorce, en su discurrir hacia el mar Mediterráneo, cuyas paredes alcanzan los 300 metros de altura. Río de los silenciosos, según el término árabe del que proviene.

¿Y que es un Paraje Natural? Pues un tipo de espacio protegido, propio de la normativa andaluza de conservación de la naturaleza, donde existen singulares valores naturales y cuya finalidad es la conservación de estos valores, asociados a las plantas, los animales, la geología o la belleza del paisaje. Aunque no todo es idílico: la Junta de Andalucía abrió los parajes en 2018 a la caza, con escasas restricciones. No son tan poco extensos como las Reservas Naturales -aunque pueden contener delicados ecosistemas o especies, como en éstas- ni tan grandes y populares como los Parques Naturales, que es la figura de protección más apreciada y conocida por la ciudadanía y de mayor alcance mediático. Su tamaño es intermedio. Ni unas pocas decenas de hectáreas de una Reserva ni las miles y miles de un Parque Natural. Por otro lado, basta una minúscula para convertir un Paraje protegido en un paraje de los muchos que hay en el medio natural sin necesidad de albergar especiales valores, lo que da lugar a más de una confusión. En el desfiladero malagueño, su imponente geomorfología, el retador paisaje o el vuelo de grandes rapaces son algunas de sus más destacadas características, objeto de la protección oficial.

La isla de Alborán y sus fondos marinos, el desierto de Tabernas -cuyos áridos paisajes bien podrían ser Parque Nacional- el Torcal de Antequera -que forma parte de un lugar Patrimonio de la Humanidad, si bien de carácter cultural- los Reales de Sierra Bermeja -poblados de pinsapos, verdaderas reliquias botánicas- o la imponente cascada de la Cimbarra son espacios naturales quizás más conocidos que el desfiladero, pero que ostentan igualmente la categoría de Paraje Natural.

¿Hacen falta pesadas infraestructuras, atracciones temáticas o construcciones para disfrutar de la interesante naturaleza de Parajes Naturales como estos? Diría que no. El placer de caminar largamente por cualquiera de ellos se une al disfrute de bellas arboledas, la contemplación de formas geológicas atractivas y caprichosas, la observación de la fauna de cada lugar, la respiración de aire puro, las visiones del paisaje, la belleza remansada de las lagunas, el delicado olor de tantas y tantas flores, el fulgor nocturno de los cielos estrellados… Todo ello sin contar las grandes cantidades de CO2 cuya emisión podría haberse evitado durante la construcción e instalación de elementos como los mencionados, en estos tiempos de cambio climático

Así que, aún a pesar de ir a contracorriente de las autoridades que lo promueven y de las personas que se sentirán atraídas por el vértigo de cruzarlo, no se comprende la necesidad de colocar, donde no lo había antes, un puente colgante de tantísimas toneladas y altura, en un Paraje Natural ya de por sí muy concurrido gracias al equipamiento existente, el afamado Caminito. Parece que a espacios naturales como este quisieran cambiarle la P de protegidos por una T de turísticos, o si me apuran, por unas TM, de turismo masivo.

Da la impresión de que más que una naturaleza de la que todos disfrutemos, dotada de equipamientos accesibles y de bajo impacto, se busca monetizar los valores naturales, acercar el modelo de espacios protegidos a lo que ya sabemos que no funciona en las ciudades: masificación, turismo excesivo, inevitables restricciones de acceso, pérdida de valores naturales y culturales, interrupción de los servicios ambientales que aportan los ecosistemas…, o sea, un sinfín de problemas. No se va a la naturaleza a encontrarse con esto, sino más bien lo contrario: calma, tranquilidad, canto de las aves, disfrute de lo que nos rodea.

Final: veremos si las costuras aguantan cuando se muestre como éxito que el Paraje Natural Desfiladero de los Gaitanes ha recibido 400.000, 500.000, 600.000 visitantes al año, el doble de los actuales. Quizás nos digan que la solución sea otro puente.