Han llegado a nuestra ciudad dos nuevas caras leoninas, recibidas con brazos abiertos, vítores y guirnaldas, son los más modernos y actualizados, dos leones turistificados. Se han instalado en la fachada de la torre catedral, desde allí observan con sus gafas polarizadas las oleadas de turistas que los reciben con flashes e instantáneas. Sorprende el poco eco que ha tenido la llegada de dos leones veraniegos a la catedral de Granada. Más allá de un vídeo viral y un par de alusiones en algunos periódicos de la ciudad, que recogen la noticia y abrazan la llegada de estos leones catedralicios dispuestos a hacer sombra hasta al mismísimo León XIV.
Dado el rumbo histriónico y leonino que está tomando la ciudad con su apuesta por ser la capital de la cultura europea 2031, no es de extrañar que vengan a visitarla, además de oleadas de grupos turísticos, toda una fauna exótica preparada para aguantar las fuertes olas de calor y la insolación de la ciudad nazarita. La ciudad de Granada, al igual que muchas otras, hace años que tomó el rumbo de convertirse en un escaparate turístico, una atracción más de la feria global donde todas las ciudades ofrecen lo mismo para que todos sus visitantes obtengan lo mismo. No vaya a ser que el visitante se sienta extraño y fuera de lugar, mejor que evite el esfuerzo de conocer y disfrutar de otros deleites y costumbres que no le son propios.
Podría decirse que es como viajar viendo un documental desde tu casa, sorprendiéndote lo justo y necesario, comiendo como en cualquier establecimiento de comida industrial. Todo debe ser posteable en redes. Sin embargo, la cultura, el arte y el patrimonio, además de entretener, deben proporcionar un discurso, una reflexión, un algo que te remueva por dentro, debe conectarte con los pueblos, con el pasado, con la emoción y el sentir, abriendo la ventana de la memoria.
La última restauración de la Catedral de Granada, concretamente la aparición de los nuevos leones gafados, no aporta nada al discurso histórico artístico de la obra magna, más bien lo desvincula. No conecta con el pueblo de Granada, con su pasado, ni transmite ninguna emoción más allá de la risa. Lo que sí hace es alejarla de la lectura del edificio, de su evolución constructiva, su aporte estilístico y su valor artístico y cultural. Ahora no interesa conocer la historia, ni siquiera reconocerla, interesa el entretenimiento efímero. A modo de atracción turística, se ha preferido vender la ciudad como un reclamo superficial, donde no interesa contar el legado y su diverso pasado. Tal es así, que en otras publicaciones se promociona positivamente la restauración por asemejarse al astronauta y la fachada de Salamanca.
¿De verdad los y las profesionales, así como la ciudadanía, prefieren esta huella efímera a la construcción de una memoria colectiva? Las gafas impuestas a los leones se justifican en la utilidad para distinguir las reconstrucciones actuales de las piezas restauradas. Pero en realidad alejan el pasado del presente creando un discurso vacío y comercial, como es el caso de los nuevos inquilinos de la catedral de Granada. De otro lado, hay multitud de ejemplos en el centro histórico, en el Albaicín y en la Alhambra, en los que una restauración se adapta a un conjunto artístico respetando el discurso, permitiendo discernir lo original de lo añadido, enriqueciéndose, complementándose y aunando pasado y presente, legado y modernidad.
¿Qué prefieren los ciudadanos y ciudadanas de Granada? Una ciudad globalizada y homogénea donde la Catedral se convierta en un juego interactivo, donde el paisaje sea una plataforma de saltos, recorridos y objetivos a encontrar, fotos para instagram y premios fugaces. Donde cada nivel del juego te permita alejarte más y más de su pasado y su historia. ¿O una ciudad que rebosa una cultura propia, que respeta sus pasados y sus memorias, que permite el disfrute, el entretenimiento pero mejor aún el saber y difusión de nuestro rico y diverso legado, de la identidad de nuestro territorio?
(Foto de portada: Ideal de Granada)

