El Papa ha venido a España, ya lo sabemos, lo sé. Lo que no tengo muy claro es qué significa su visita. Como jefe de Estado, ha hablado en el Congreso de los Diputados, donde le han aplaudido políticos y políticas que llevan en sus programas lo contrario de lo que el Papa predica. Otras y otros le besan la mano, creo que como Santo Padre, siendo ellas y ellos nada ejemplares como cristianos y católicos, o al menos nada tienen que ver con el evangelio que unos judíos escribieron sobre la vida y milagros de otro judío que vivió en lo que hoy es una tierra arrasada, víctima de un genocidio que ocurre ante nuestros ojos impasibles.
Cuánta hipocresía, cuánta pérdida de tiempo y dinero, dinero público de los creyentes y no creyentes. Tal vez esto último, lo del dinero de todas y todos, esté justificado por aquello de que es un jefe de Estado. Soy consciente de nuestra cultura cristiana, católica, yo misma siento recogimiento a pesar de haber dejado hace tiempo de ser creyente, al entrar en una catedral. Me emociono en semana santa y canto colectivamente a la Virgen como madre y mujer. Son cosas inexplicables, al menos para mí.
Lo que tampoco tiene explicación humana es este entusiasmo por el representante, por el jefe, de una iglesia, respetable como todas, pero con una historia nada respetable. Representante supremo al que todos escuchan con lágrimas en los ojos o embelesados, con cara de haber sido tocados por la gracia del dios católico. Aplauden y acto seguido olvidan lo que dice este señor y siguen destrozando el planeta, despreciando al emigrante, al pobre, al que no guarda lo que ellos y ellas consideran la normalidad. Aquello que Jesús expulsando a lo mercaderes del templo fue una anécdota, un momento de enajenación del hijo de dios que luego se olvidó. Lo importante es ser importante y estar en primera fila en la misa de Cibeles o en al Madrid Arena para conseguir indulgencias.

