Los antiguos atenienses inventaron un sistema político muy raro en el que no cabían los caudillos, los filósofos eran escuchados y los dioses no tenían poder ejecutivo. El gobierno no se votaba, salía elegido por sorteo de entre los ciudadanos, que eran el 20% de la sociedad. Para ser un ciudadano había que esforzarse, no desentenderse de la política y participar de la vida pública. Los que se dedicaban exclusivamente a sus asuntos privados ignorando la política eran denominados idiotes. No era un sistema perfecto, aun así hubo muchos que pensaron que duraría siempre. Sin embargo, la democracia griega fue una anécdota temporal.

Nuestro sistema actual permite que todas y todos participemos, incluidos los que quieren acabar con el estado del bienestar, las comunidades autónomas y al fin con la democracia. Quieren sustituir el estado de derecho por la ley de la selva, esa que les permite ser depredadores. Pueden participar de “la fiesta de la democracia”  hasta los que afirman que “se acabó la fiesta”.

Todos deciden: los que siguen la actualidad, los que saben cómo va la cosa, los que han oído campanas pero no saben dónde y los que no se enteran de nada pero tienen una opinión inquebrantable que están dispuestos a defender como si fuese suya, tan simple como el mecanismo de un abrebotellas. Las redes se han encargado de pescar idiotes y ponerlos al servicio de los dioses del Olimpo actual. Sus líderes, tan despiadados como admirados, manipulan a millones de incautos para robarles hasta lo que no tienen, el sentido común.

Pero afortunadamente estamos salvados de la estupidez que nos acecha. Hay un nutrido grupo de ciudadanos comprometidos con su tiempo y con la cruda realidad dispuestos a cambiar este estado de cosas. Están sobradamente formados e informados, tienen mentes críticas, positivas y constructivas. Discuten brillantemente, desenmarañando filosóficamente las madejas de la política y la filosofía, respondiendo a las grandes cuestiones sobre quiénes somos, a dónde vamos y de dónde venimos. Cuánta erudición, qué capacidad de análisis, cuánta energía, cuánta razón tienen cuando analizan la cuestiones que afectan al pan nuestro de cada día.

Estos activistas llegaron a la conclusión de que para transformar la realidad tenían que convertirse en políticos profesionales. Cuánta ilusión son capaces de transmitirle a una sociedad escéptica y doliente, cansada de oír siempre la misma copla que les dice que cuando hay crisis, pierde el pobre y gana el rico, pero cuando la situación es boyante, gana el rico y pierde el pobre. La gente sueña con un mundo sin buitres leonados ni plantas carnívoras y se despierta en uno lleno de lirones caretos y sauces llorones.

El fascismo internacional sobrevuela nuestras cabezas, pero tranquilos tenemos quien nos defienda. Qué suerte contar con la izquierda auténtica, compilada, renovada, organizada, unificada, la que no se vende ni transige. Seria y responsable, sabe distinguir al adversario con mirarle a los ojos. Saben perfectamente que el enemigo a batir no son los romanos de brazo en alto, sino el F.U.I.S.E.D (Frente Unido Izquierdista Solidario de las Españas Diversas) y la  I.S.D.E.U.F. (Izquierda, Solidaria y Diversa de las Españas Unidas que va de Frente), sin olvidar a la U.D.I.S.E.E (Unión Diversa de las Izquierdas Solidarias de las Españas de Enfrente).

En este país faltan guarderías para políticos malhumorados recién salidos de Barrio Sésamo. Habría que construir una enorme piscina de bolas con una gran pantalla para ver “Pepa Pig” y “Bob Esponja”. Así como a la derecha no le cuesta nada echarse al monte por la senda del autoritarismo y el facherío, la izquierda cae en el niñatismo mientras busca con ahínco la esencia ideológica. Creyendo en mundos oníricos, por alcanzar la utopía, acaban persiguiendo una quimera. Han olvidado que la política es el arte de lo posible y que las transformaciones sociales no se consiguen si no se detenta el poder.

Algunos son tan puros que prefieren estar en la oposición de por vida. Indignarse, decir a todo que no, hacer declaraciones con la cara desencajada, dibujar líneas rojas infranqueables. Sentirse sustancia, médula y meollo de la verdad revelada e incontestable. Vivir en el grupo mixto del Congreso, agitar la calle para que el pueblo presione a los políticos, como si ellos no lo fueran. Luchar por “nosotres” y “vosotres” olvidando que las clases siguen en lucha. Que sigue habiendo un arriba y un abajo.

Hay mucha gente comprometida, heredera de los que sí cambiaron las cosas, gente trabajadora a la que le presentan una sopa de letras de sobre, que huele a glutamato. Al pueblo no le interesa saber si los políticos son o no “amigüitos” o se desprecian, ni quien la tiene más grande, sólo quiere soluciones. Tenemos la certeza de que viene el lobo, no podemos ser corderos, tenemos que votar para impedirlo, pero no nos lo ponen fácil. El voto si no es útil, sólo puede ser inútil.

Se empeñan en tomarnos por idiotes.