Me crie en un barrio de aluvión robado a la tierra fértil. Fue construido por albañiles que gracias al desarrollismo treparon hasta convertirse en promotores inmobiliarios, pasaron de ir al tajo en mobilette a tener choófer uniformado. En su ansia por forrarse, se les olvidó hacer plazas. El ayuntamiento no planificó nada, el desorden urbanístico estaba servido, los funcionarios corruptos sí planificaron un lindo futuro, pero sólo para ellos y sus descendientes. Cada vez que oigo que en el franquismo no había corrupción se me ponen los pelos como escarpias. Crecí añorando plazas, jugando en calles con muy poco tráfico llenas de barro en invierno, polvo en verano y aceras estrechas.
Me encanta Plaza Nueva en Granada presidida por la Torre de la Vela y ese frío que baja desde el río Darro. La impresionante (media) plaza de España de Sevilla, roja de ladrillo y brillante de cerámica. Grand Casemates Square a la sombra de la roca de Gibraltar dando la bienvenida en inglés. La luminosa plaza de San Antonio con olor a sal atrapada en la piedra ostionera de Cádiz. En la Plaza Mayor de Salamanca dicen que se ve pasar la silueta encorvada de Unamuno en las noches nebulosas. “¡Quien tenga honra que me siga!”, dijo María Pita animando a la defensa de La Coruña sin saber que en aquel lugar le construirían una plaza. La Jemaa el-Fna de Marrakech, la del Comércio de Lisboa, la de La Concorde de París, la de San Pedro en el Vaticano.
Las plazas son tan necesarias como lo es la charla animada y también la sosegada, vital o intranscendente. La ciudad cuadriculada va muy bien para regular el tráfico, para dividirla en distritos postales, pero no para el encuentro, no para construir sociedades. Necesitamos las plazas tanto como los bares, ambos son templos del palique y dan origen a la opinión pública. Una plaza es un cruce de caminos, un punto de encuentro, es el foro romano aunque a veces se parezca más al Coliseo.
Los caminos radiales se cruzan en una plaza con forma de abanico. Si no fuese por el ruido del ajetreo incesante de todas las Españas que allí se trenzan, las piedras podrían contarnos su historia. Escucharíamos la voz del general Murat dando la orden a los mamelucos de cargar contra el pueblo de Madrid el 2 de mayo de 1812. Veríamos al fantasma de Goya (antes de “perder la cabeza”) tomando nota en silencio. Las piedras nos gritarían ¡viva la república! como en el 31 y ¡no pasarán! como en el 36. También la pregunta indignada ante un gobierno mentiroso ¿Quién ha sido? ¿Quién mató a tantos inocentes en Atocha el 11-M? Aunque ya sabían que no había sido ETA ni la Orquesta Mondragón. No hay pan para tanto chorizo, se hartaban de recordar en el 15-M.
El corazón de Madrid ha vuelto a latir, llevaba mucho tiempo sin hacerlo y los corazones de todas las ciudades también lo han hecho, como si fuesen uno, como si toda España viviese en una sola plaza. Todas las plazas se llenaron de indignación, Las Setas y la Constitución, El Palillero, La Plaza de Catalunya, El Obradoiro y El Violón. Todos a una como en Fuenteovejuna, sabemos quiénes son los canallas, gente si alma que desahuciaría a su abuela por cobrar una comisión. Una legión de estómagos saciados busca y rebusca argumentos indefendibles que siempre son los mismos. Manosean la palabra libertad para defender privilegios mezquinos.
Un ejército de bufones denigra a ciudadanos convertidos en activistas a la fuerza, que saben que si la política no la hacemos nosotros vendrán otros a hacérnosla. Por eso ocupan las plazas, por eso recorren las calles. La carcunda los ataca sin descanso por tierra, mar y redes estercolero. Los llaman perroflautas, sucios, vagos, muertos de hambre, peligrosos. Las hordas de cerebro rapado acuden con la valentía que les caracteriza a provocar, esperando una chispa que haga saltar todo por los aires, pero este viejo pueblo sabe que “con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones”.
Las plazas son tuyas y mías, de todos, no sólo de los hosteleros, ni de los militares que las tomaron, ni de los funcionarios de carrera, ni de los toreros mediocres, ni de los coches todoterreno, ni de abastos. Nos las están robando y no son los subsaharianos del top manta, ni los abuelitos que dan de comer a las palomas, ni los niños que juegan a la pelota, ni las verbenas en las fiestas estivales. Las plazas públicas nos las roban los tahúres que nada fabrican, los siervos pregoneros del dinero, los políticos que todo lo venden y nosotros mismos con nuestro silencio. Ahora las plazas están en pie, ahora hay que gritar, pero sobre todo hay que votar.
“La plaza por ser la Plaza
Tiene una mitad de oro
Y la otra mitad de plata”. (José Bergamin)

