No es infrecuente que respetables medios de comunicación dediquen secciones a la ecología, el clima o el medio ambiente donde un día cualquiera se pueden encontrar una noticia sobre una especie amenazada -el lince, por ejemplo- otra sobre la protesta ciudadana por vertidos al litoral y una tercera sobre perros abandonados por sus dueños. He aquí una moderna miscelánea que mezcla el amor a la naturaleza, la preocupación por la contaminación y el respeto hacia los animales que nos hacen compañía. Conservacionismo, ecologismo y animalismo. ¿Tres caras de una misma moneda? Vamos a explicarnos un poco.

Remontándonos a los comienzos del siglo XX aparece la figura de Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, impulsor de la creación del primer parque nacional español, el de la Montaña de Covadonga, en 1918. Si hay santuarios para el arte, ¿no ha de haberlos para la naturaleza?, se preguntaba. Constataba que proteger los bosques era también garantizar el agua. Un amante de la naturaleza, un conservacionista, que apreciaba la geología, la vida silvestre y las bellezas del paisaje. Talante conservador, pero consciente de lo que los recursos naturales proporcionan y la necesidad de evitar su destrucción.

También eran conservacionistas quienes crearon la SEO, Sociedad Española de Ornitología, fundada en 1954, con el objetivo de promover la conservación y el estudio de las aves y sus hábitats. ADENA, la Asociación de Defensa de la Naturaleza, nace en 1968 como rama española del Fondo Mundial WWF, a raíz de la adquisición de terrenos en Doñana. Félix Rodríguez de la Fuente, conocido divulgador televisivo, fue vicepresidente los primeros años, momento de fuerte difusión y popularidad.

No había muerto aún Franco cuando tuvo lugar, los primeros días de octubre de 1975, la Convención Nacional de Asociaciones de Amigos de la Naturaleza, que reunió en Oviedo a los grupos de amantes del medio natural para hablar de los temas que les preocupaban. En las conclusiones había quejas por “la falta de facilidades y, en ocasiones, la obstaculización por parte de la Administración” de la labor de estas entidades y solicitaban proteger el Delta del Ebro, la Albufera de Valencia, los bosques autóctonos -hayedos, alcornocales, robledales- y especies como el urogallo cantábrico y las tortugas marinas. Todo ello expresado con mesura, sin salir de un perímetro delimitado por el interés en la preservación de las riquezas naturales y el aprecio por la flora y fauna silvestres.

El amor a la naturaleza, la admiración por el paisaje, el senderismo o el disfrute por la observación de las aves tienen sus raíces en estas inquietudes que mencionamos, habiéndose extendido de manera transversal por amplias capas de población. Quizás esto explique que hoy, a pesar de la  polarización que se da en la sociedad española, hay un amplio acuerdo social sobre la necesidad de conservar el planeta y la existencia del cambio climático; sólo un reducido porcentaje de encuestados opta por el negacionismo duro siendo, a pesar de las apariencias, bastante residual.

Pasamos al ecologismo y su característica contestataria, inconformista. Fue Manuel Castells quien, en un librito titulado Movimientos sociales urbanos, de 1973, dio noticia por aquí de lo que entonces se llamaba el movimiento de acción ecológica, que se extendía en Estados Unidos, a partir de la gigantesca manifestación del 22 de abril de 1970, día  de la Tierra. Y se preguntaba si el amor a la naturaleza era una forma más de integración en lo establecido o si con la preservación del medio ambiente llegaba una nueva reivindicación con potencial revolucionario. Constataba que este movimiento tenía una base social de jóvenes y de sectores de la clase media blanca que, hasta entonces, habían estado al margen de otros movimientos de la sociedad americana.

De 1974 es el manifiesto de AEORMA, la Asociación Española de Ordenación del Territorio y Medio Ambiente, primera entidad de perfil claramente contestatario. En esta declaración se llamaba la atención sobre la degradación urbana en las grandes ciudades, la contaminación industrial, la existencia de centrales nucleares o los vertidos a los ríos. Nuevos problemas derivados del crecimiento económico y que sintonizaban con lo que venía del otro lado del Atlántico. Se imponía la denuncia y la necesidad de profundas transformaciones, acordes con las aspiraciones democráticas que se extendían por el país. Sin olvidar los problemas de los parques nacionales, el agotamiento de la pesca o la pérdida de fauna, que también se mencionaban.

Poco después surgieron, por un lado, grupos de profesionales concienciados -los biólogos de ALBE, los geógrafos y arquitectos del GATO, licenciados varios de AEPDEN, ANDALUS o AGADEN, estos dos últimos aquí  en Andalucía- y por otro, las reuniones de vecinos afectados por fábricas contaminantes, polución urbana o instalaciones nucleares. Todos ellos denunciando su situación y ganando espacio en el debate público. Había surgido el ecologismo, con su voluntad correctora y transformadora de una realidad económica que amenazaba la salud pública y la integridad de lo que, más tarde, se llamarían servicios ambientales de los ecosistemas: el aire limpio, el agua de calidad, la producción de alimentos, los bosques, el esparcimiento,…

Fue el asunto nuclear el primero que concretó la necesidad de agrupar esfuerzos y elevar el volumen de las reivindicaciones, bajo el eslogan Nuclear no, gracias. Se constituyó la Coordinadora Antinuclear, poniendo de manifiesto el disparate que suponía querer instalar centrales nucleares en el Cabo Cope de Murcia, la playa de Bolonia o El Asperillo, junto a Doñana.

Junio de 1977 vio surgir la Federación del Movimiento Ecologista en reuniones celebradas en el bosque de Valsaín y, meses después, Cercedilla. Fue la puesta de largo de este movimiento social, aunque normalizada la democracia, todo se diluyó, hasta tal punto que hay quien cree que el ecologismo surgió en nuestro país una década más tarde, bien entrados los años 80, pasado el subidón pacifista del referéndum sobre la pertenencia a la OTAN. Lo cierto es que acuñado el término ecologista, este perviviría a lo largo de los años para designar a los defensores del medio ambiente y activos luchadores contra el cambio climático, englobando también a los conservacionistas, al menos a los más concienciados defensores de la naturaleza.

A día de hoy -damos un gran salto en el tiempo- si nos referimos a las más destacadas ONGs medioambientales, la trayectoria de la organización Ecologistas en Acción justifica que se la considere la heredera de ese ecologismo de primera generación, con su amplia presencia en el territorio -no hay problema ambiental que se les escape- y su capacidad de denuncia y litigación. WWF, antes ADENA, y la SEO ejemplifican las preocupaciones conservacionistas, los amantes de la naturaleza, cuya sensibilidad les ha llevado a un visión más integral de los problemas ambientales y del cambio climático, sintiéndose cómodos bajo la rúbrica del ecologismo. Y Greenpeace, maestros del impacto comunicativo, con sus atrevidas campañas y puestas en escena, como la reciente en Sevilla contra los vertidos mineros al Guadalquivir.

Y nos queda el animalismo, que los medios mezclan -impropiamente- con la conservación de la naturaleza y el ecologismo, cuando se trata de una corriente de opinión muy diversa que incluye el amor por las mascotas y el rechazo a su abandono, el fin de la tauromaquia y los festejos con animales o el rechazo al uso de pieles o cuero. Aunque estas corrientes comparten algunos postulados, hay asuntos por los que chocan. Por ejemplo, la proliferación de gatos domésticos, -carnívoros por instinto- quienes devoran pájaros y pequeña fauna salvaje, cosa poco compatible con la conservación de la biodiversidad.